EL LABERINTO DEL BOSQUE
También está la recta de Kemmel, una subida eterna donde los motores despliegan toda su potencia; el ruido de los monoplazas rebota en las paredes de los árboles, creando un efecto Doppler que eriza la piel de los mecánicos en el muro.
Mientras que Pouhon es una doble curva a izquierda, ultrarrápida y técnica. Aquí es donde se mide el coraje.
El auto va al límite de la adherencia, rozando el desastre en cada centímetro de piano. Para la chicane final está Bus Stop, la meta final frenada seca, paso por los pianos y de vuelta al gas.
En Spa, el aire siempre es húmedo y huele a pino quemado y caucho; la neblina suele quedarse atrapada en los valles, dándole al circuito un aspecto fantasmal por las mañanas.
Para los pilotos es un reto sensorial puro; no pueden visualizar las curvas que vienen, tienen que sentirlas en el volante y en la base de su columna vertebral.
Es un lugar donde la tecnología de Dante y el coraje de sus pilotos se fusionan y los pondrá a prueba.
La llegada al paddock de Spa fue como entrar a un nido de avispas. Tras su desaparición en Brujas, la prensa internacional no ha parado de seguirlos.
El motor home de Imperi se abre y Dante baja primero; así, con su imponente porte, protegía a Vanessa Filippis abriendo paso entre los micrófonos, manteniendo su rostro impasible mientras el flash rebotaba en sus gafas oscuras.
Los rumores sobre la legalidad del motor y la relación entre ellos estaban en su punto más alto, pero ellos no dijeron una palabra. El silencio era su mejor defensa hasta ahora.
El cielo de Spa estaba gris ceniza, amenazando lluvia. Al sonar el semáforo, los 2 monoplazas de la Escudería Imperi rugieron. Dante, desde el muro, activó el canal privado de los cascos.
[RADIO DANTE] —Halcón, la humedad está subiendo en Raidillon. No visualices la curva, siente el peso en la columna. Entra a fondo —ordenó la voz de Dante, profunda y firme en sus oídos.
Vanessa apretó los dientes. Al llegar a Eau Rouge, el auto se comprimió contra el suelo.
A 310 km/h el sonido de la resonancia no era un motor, era un grito ultrasónico que cortaba la niebla.
A mitad de carrera, Silver Arrow estaba pegado al alerón de Joshua, amenazando el doblete de Imperi.
Fue entonces cuando Dante ejecutó el truco ensayado en secreto.
[RADIO DANTE] —Pichón, posición Delta. Halcón, abre la frecuencia —ordenó Dante.
Joshua se movió ligeramente hacia el lado, permitiendo que Vanessa se colocara justo detrás de él, pero no para adelantarlo; sincronizaron sus motores para que las ondas de sonido de ambos chocaran en un punto exacto detrás del auto de Vanessa. Esto creó una turbulencia sónica masiva.
Sterling, que intentaba usar el DRS para rebasarlos, sintió que su auto empezaba a vibrar violentamente, como si el asfalto estuviera rompiendo; sus sensores de flujo de aire se volvieron locos por la vibración del sonido, obligándolo a levantar el pie del acelerador para no perder el control.
Su compañero había quedado atrás, muy atrás; imposible que pudiera ayudarlo en ese momento, estaba solo.
[RADIO JOSHUA] —Lo tenemos. Sterling se frena —informó Joshua por la radio.
Vanessa aprovechó el espacio y, con una maniobra en la parada de Bus Stop, mantuvo la posición; habían usado el sonido como un arma invisible. Cruzaron la meta Vanessa P1, Joshua P2.
Al bajar de los monoplazas, empapados en sudor y con los oídos zumbando por el esfuerzo, Vanessa buscó a Dante. Él se acercó y, mientras fingió revisar el casco de ella para evitar las cámaras, le susurró
—Lo hiciste perfecto; el bosque guardó nuestro secreto… por ahora —le dijo él al oído.
Vanessa sonrió, pero al mirar el garaje de Silver Arrow, vio a Viktor Draken anotando algo en una libreta. La victoria era dulce, pero el cerco de conspiración se estaba acercando.
Dante no permitió que se quedara en Bélgica ni un minuto más de lo necesario. El avión privado de la escudería los llevó directamente al sur, cruzando los Alpes hasta aterrizar en la paz absoluta del Lago Como.
En la noche, Joshua bajó a la cocina a buscar un vaso de agua, caminando en el silencio para no despertar a nadie; sin embargo, se detuvo en el salón del pasillo al ver la silueta de Dante y Vanessa en la terraza.
Desde su posición, Joshua pudo ver algo que las cámaras nunca captaban Dante, el hombre que todos consideraban un calculador sin alma, estaba sentado en un banco de madera con Vanessa entre sus piernas.
Ella, agotada por la carrera, se notaba tranquila en su pecho.
Dante no estaba trabajando; simplemente le acariciaba el pelo con ternura infinita, susurrándole palabras que el viento se llevaba, mientras la envolvía con la manta de lana para protegerla del frío.
Joshua sonrió para sí mismo y dio media vuelta, regresando a su habitación sin hacer ruido.
Al día siguiente, mientras caminaban hacia el helicóptero que los llevaría al próximo circuito, Joshua se acercó al ingeniero y, por primera vez, no le habló al jefe, sino a Dante.
—Anoche miré por los ventanales de la terraza; sin querer bajé por agua en la noche —confesó Joshua.
Dante se puso tenso un segundo, sorprendido de ser descubierto, pero luego asintió con un gesto casi imperceptible de respeto. En ese momento, la lealtad de Joshua dejó de ser un contrato para convertirse en una hermandad.
El vuelo privado de la Escudería Imperi hacia Italia era un oasis de silencio metálico en medio de la tormenta que se avecinaba.
Dentro de la cabina, el zumbido de las turbinas era lo único que amortiguaba el peso de lo que estaba por venir.
Vanessa estaba sentada frente a la tabla de datos, sus dedos recorriendo la pantalla, cuando sintió la presencia de Joshua a su lado.
Él no estaba mirando los monitores; estaba mirando hacia la ventana, hacia las nubes que empezaban a difuminarse.
—Sabes que no soy un fisgón, ¿verdad? —dijo Joshua en voz baja, casi en un susurro que apenas se escuchó sobre el motor.
Vanessa se tensó imperceptiblemente; sabía a qué se refería. La cabaña del lago.
—Te vi en la terraza, V —continuó Joshua, volviéndose hacia ella con una mirada de mucha ternura—. Te vi con Dante y, lejos de juzgarte, lo que vi fue a dos personas que, por una vez, no tenían que esconderse.
Vanessa dejó la tablet en la mesa. —Es complicado, Josh. En este mundo el amor es una distracción y no está bien visto —respondió ella con la voz quebrada por una honestidad que nunca mostraba sobre sus sentimientos.
Joshua sonrió con tristeza y, tras mirar a los otros miembros del equipo que hablaban al fondo del avión, se acercó un poco más a ella.
—Si alguien sabe de cosas prohibidas, soy yo —dijo él; luego sacó de su bolsillo su teléfono y le mostró una fotografía—. Su nombre es Lukas. Es mi novio; llevamos 5 años juntos fingiendo ser solo amigos.
Vanessa lo miró sorprendida. Joshua siempre ha sido Pichón, el chico que guarda las espaldas de todos, pero nunca había dejado ver sus propias grietas.
Él es mi mundo, V. Y es peligroso; si no eres un modelo de perfección masculina o lo que se espera de nosotros, te destruyen —Joshua suspiró, apretando los puños.
—Fue a Austria. Estaba en las gradas. Era la 1.
ª vez que me vio correr como piloto de F1 en casa, y lo único que quería es que se sintiera orgulloso de mí y poder abrazarlo; si logramos ganar el campeonato, podré irme a vivir con él y también podría sacar a mi hermana de ese internado. Ella solo me tiene a mí y a Lukas.
Vanessa extendió su mano y la colocó sobre la de Joshua. En ese instante no eran pilotos, eran dos personas atrapadas en una jaula de oro construida por la Escudería Imperi y los reflectores de la F1.
—Ya lo vio, Joshua —la confianza se sintió con una firmeza que nació de lo más profundo de su ser—. Pase lo que pase, él no tiene que esconderse y tú tampoco —le aseguró ella.
El avión comenzó el descenso, el cielo era de un azul cristalino que prometía una carrera épica.
Joshua sintió en su rostro una emoción en forma de lágrima que asomó por sus lindos ojos azules.
El pacto estaba sellado Dante tendría que lidiar con dos pilotos que estaban corriendo por algo que, esta vez, iba más allá de los trofeos.