LA DANZA DE LAS ESES EN SUZUKA
Suzuka es una catedral de asfalto. El ambiente es único; los fans japoneses son los más respetuosos y apasionados del mundo, llenando las gradas con sombreros en forma de alerón y banderas.
Ya en la pista, el rugido de los motores despertó a las aves que posaban en las vallas; el público enloqueció.
[RADIO DANTE] —Halcón, salida limpia —ordenó él desde el muro.
[RADIO JOSHUA] —Halcón, el Silver Arrow viene rápido. No gastes batería defendiendo —le advirtió su compañero.
Joshua sabía qué hacer. En la horquilla (hairpin), esa curva lenta con forma de alfiler, obligó al Silver Arrow a frenar más de la cuenta, permitiendo a Vanessa abrir una brecha de 4 segundos la exhibición perfecta de lealtad técnica.
Sus rivales eran incapaces de descifrar el muro estratégico que los 2 amigos construyeron.
Vanessa iba en vuelta rápida tras la estela de un rezagado al llegar a la 130R. De repente, el auto de adelante agotó su batería. Sin previo aviso, el bólido rival pasó de 310 km/h a 240 km/h en un suspiro, convirtiéndose en una pared de fibra de carbono por efecto del clipping.
Vanessa no pudo ver la desaceleración; solo sintió el impacto del aire turbulento golpeando su casco.
Su arco reflejo la hizo dar un volantazo desesperado a 300 km/h, esquivando el choque por milímetros.
Pero el piloto que venía detrás de ella no tuvo esa suerte.
El impacto fue un estruendo seco que sacudió el asfalto de Suzuka.
Bandera roja.
En el garaje, durante la interrupción por bandera roja, Dante estaba furioso. La FIA ponía en riesgo a sus pilotos con un reglamento sordo. Se acercó al monoplaza de Vanessa mientras los comisarios miraban hacia otro lado, conectó su tablet al puerto de datos del volante.
—Vanessa, el reglamento es un suicidio. No puedes adivinar cuándo el de adelante se va a quedar sin potencia —susurró Dante, trabajando frenéticamente en el código—.
He instalado un parche en tu sensor de Proximidad.
Y en el de Joshua, si el coche que tienen delante entra en modo recarga, la mano izquierda va a vibrar en el volante.
Vanessa lo miró a través de la visera.
—¿Es legal, Dante? —preguntó ella preocupada.
—Es supervivencia, Halcón. No es telemetría de rendimiento, es un aviso de colisión. Tu cerebro no necesita «ver» la luz de freno del rival; tu mano va a sentir su falta de energía antes de que él mismo lo sepa —le explicó él.
Tras el reinicio, la carrera se convirtió en una demostración de control.
[RADIO DANTE] —Halcón, cuida la salida de la Hairpin. No le des todo el torque de golpe o vas a cocinar los neumáticos traseros. Mantén el ritmo; Joshua te cubre la entrada.
Vanessa cruzó la meta en P1, pegada a un Joshua en P2. Al cruzar la línea, Joshua levantó el dedo índice hacia la cámara del cockpit, señalando el monoplaza de Vanessa una victoria compartida.
Mientras el sol se escondía, la famosa noria de Suzuka se encendía tras el podio. Vanessa y Joshua subieron juntos, iluminados por la luz dorada del atardecer japonés. Objetivo cumplido, pensó Dante; el experimento de los pilotos amigos funcionaba mejor que los algoritmos.
Al bajar, el ritual no perdonó pesaje oficial, podio y baño de hielo. Lejos de la vista de todos, Vanessa y Joshua se sumergieron en la crioterapia entre masajes y risas cómplices. La adrenalina cayó en seco.
—Si pudiera, hoy bebería un Prosecco —rio Vanessa—. Que no me escuche Dante, pero tengo una botella de contrabando.
Eres una bandida —susurró Joshua—. Si Dante te descubre...Dante entró de forma abrupta y el silencio se hizo incómodo.
—¿Qué descubra qué? —preguntó él con suspicacia.
Ambos se miraron sin decir nada; la risa era parte de su complicidad.
—Bien, supongo que ya están listos. ¡Afuera ahora, a descansar! Dante sonaba molesto, pero con ganas de reír.
Cuando el equipo salió de la zona de hospitality, Dante se quedó solo con Vanessa. Miró hacia todos lados y la abrazó. Sus brazos le devolvieron el calor que necesitaba tras el hielo.
—¿Me estás escondiendo algo? —preguntó él mientras besaba su cuello.
—No, jefe. Nada —respondió ella.
—¿Segura?
—Muy segura —sentenció Vanessa.
—Nos vamos al hotel. Necesitas descansar. Y yo también —concluyó Dante.