HOLA, MIAMI
El chárter privado que traía al equipo completo tocó pista en Miami bajo un calor que se sentía sólido y asfixiante.
Apenas se abrió la puerta de la cabina, el aire pesado y cargado de humedad se coló en el avión.
El equipo, estresado por las semanas vividas y el largo viaje desde Japón, bajaba con los hombros cargados de cansancio.
—¡HOLA, MIAAAAMI! —exclamó ella con los brazos abiertos.
Fue un soplo de aire fresco el momento en que recordaron que, a pesar de la presión, seguían siendo un gran equipo. Dante, observándola desde atrás, se sentía cautivado por esa chispa única. Ella era la única capaz de desafiar su seriedad.
Antes de que los motores rujan, el ambiente se siente tóxico.
Vanessa siente que algo pasa, pero Dante le pide que se concentre solo en la carrera.
De pronto, como si el infierno hablara, el demonio en persona aparece en el garaje Imperi.
Max Vargas vestía con el mono negro y plata de Silver Arrow; se mueve con una confianza insultante, saludando a su antiguo equipo, que, sorprendido, apenas responde.
Al ver a Vanessa, se acerca, rompiendo cualquier distancia profesional. Sin mediar palabra, le planta un beso en la mejilla, un beso húmedo que dura más de lo necesario; un gesto que se siente como una marca de propiedad.
Dante, al ver este gesto, iba a salir raudo a ayudar a Vanessa, pero sintió una mano en el pecho.
—No ahora, jefe, hay mucha prensa.
Salazar estaba ahí con la mirada, calmándolo.
—Ella se sabe defender.
Dante solo tuvo que observar la escena desde lejos, apretando los puños y la mandíbula. Pero Salazar tenía razón no podían contra la publicidad amarillista. Mientras Vargas mostraba su uniforme a Vanessa con aire de modelo, mofándose y haciendo gestos casi obscenos hacia ella.
—Mírame, linda, me veo mejor de negro.
Vanessa se iba a dar la vuelta cuando él, rápidamente, la afirmó del brazo.
—Voy a disfrutar cuando descubras que no eres prescindible, avecilla.
Vargas rio esa risa que se podía escuchar desde lejos, macabra, que descoloca. Vanessa se quedó gélida; no por el beso, lo que la sacó de sí misma eran los datos que Vargas tenía sobre ellos.
Si Silver Arrow le dio un asiento a estas alturas de la competencia, no fue gratis. Vargas caminó hacia su equipo saludando a todo el mundo como si fuera una estrella.
La llegada al Faena Hotel fue caótica. Los 30 °C de Miami no ayudaban. Dante dio una orden al ingeniero logístico
—Reunión en el salón de conferencias. Sabes qué hacer. Sé que están cansados, pero necesitamos afinar algunos puntos; luego tendrán días libres —sentenció Dante.
El ambiente en el salón era de agotamiento. Dante golpeó la pantalla de proyección con el puntero láser, señalando la configuración de carga aerodinámica para Miami. Con la llegada de Vargas a Silver Arrow, las estrategias rivales obligaban a reajustar todo.
Vanessa, reducirás el ala trasera a un 5 % para la clasificación. Velocidad punta en la recta, aunque pierdas apoyo en las zonas técnicas —sentenció Dante con ese tono de mando que solía silenciar a cualquiera.
Vanessa, sentada en una de las sillas de cuero que rodeaban la enorme mesa de caoba, no se levantó, pero su presencia se hizo notar. Soltó el bolígrafo sobre la mesa con un chasquido seco.
—No, ingeniero —respondió con voz firme—. Si ajusto el ala como pides, el coche será incontrolable. No voy a sacrificar mi integridad física por una cifra de tus simuladores.
Dante dio un paso hacia ella, apoyando las manos sobre la mesa e invadiendo su espacio personal. El resto del equipo contenía el aliento; nadie desafiaba al CEO de Imperi.
—Las simulaciones son estrategia matemática y no pueden estar equivocadas —replicó él, con los ojos brillantes de tensión.
—Soy yo la que está al volante. Hazme caso o ¿prefieres que mañana me dé contra el muro por tener tú la razón? —lo encaró ella.
El silencio se volvió absoluto. Dante apretó la mandíbula, pero no estalló. En lugar de eso, se quedó inmóvil observándola con una mezcla de frustración y un respeto profundo por lo que ella decía.
—Está bien. Fijaré nuevos márgenes de aerodinámica. Pueden retirarse, disfruten —Dante miró a Vanessa fijamente—. Tú te quedas.
Joshua salió tratando de ocultar una sonrisa. Cuando por fin estuvieron solos, Dante tomó un sorbo de agua, se sentó frente a ella y, en un rápido impulso, la atrajo hacia sí con silla y todo.
—Me encantas, ¿sabes? Aunque me desafíes. Creo que eso es lo que más me gusta de ti —confesó él.
El beso fue intenso y bienvenido. Vanessa se apartó 1 segundo y lo miró con picardía.
—¡A la habitación ahora! —dijo ella, imitándolo.
Él sonrió. Ya no había necesidad de aclarar nada el trabajo había terminado por hoy.
El circuito alrededor del Hard Rock Stadium era una bestia traicionera.
No era solo la velocidad; era el efecto túnel bajo los pasos elevados.
Vanessa sentía cómo sus pupilas se dilataban y contraían violentamente al pasar de la luz cegadora del sol de Florida a la penumbra profunda de los puentes un parpadeo a 300 km/h que ponía a prueba los reflejos neurológicos.
El asfalto, una mezcla de limolita y caliza, era extremadamente abrasivo; los pilotos sentían a través de la columna vertebral cómo los neumáticos comenzaban a granularse.
El graining generaba una vibración en las manos como un martilleo rítmico que adormecía los dedos, indicando que la goma se despedazaba bajo el calor húmedo.
Vanessa experimentaba cómo las fuerzas G laterales golpeaban su cuello; cada giro era como si alguien empujara su cabeza con una fuerza de 20 kilos hacia el lado contrario.
Sentía el sabor metálico del esfuerzo en la base de la lengua y el aire caliente que entraba por el casco, que a esa velocidad quemaba la piel.
[RADIO HALCON] —Ingeniero, el diferencial está bloqueando demasiado en la salida de la 14. Siento la parte trasera pesada, como si el monoplaza quisiera rotar sobre su propio eje.
[RADIO DANTE] —Ajusta el brake bias (reparto de frenada) 2 puntos hacia atrás. Cuidado con los pianos de la 15; están calientes. Si los muerdes mucho, el monoplaza saltará como un resorte.
Vanessa podía sentir el calor del motor tras su espalda. Ganar en Miami no era cuestión de aerodinámica, sino de quién aguantaba más tiempo sin que sus sentidos se derritieran bajo el casco.
[RADIO DANTE] —Box, box, box. Halcón, entramos en esta. Pichón, tú te quedas fuera 1 vuelta más para cubrir el undercut de Vargas. Necesito que limpies el aire para ella.
[RADIO JOSHUA] —Recibido, jefe. Mantengo el ritmo.
Vanessa encarriló a los boxes. El limitador de velocidad se activó con un pitido agudo.
Entró en el cajón de Imperi con precisión milimétrica.
Vio a los mecánicos como una mancha roja y negra; sintió el impacto de los pistones hidráulicos elevando el monoplaza y el zumbido de las pistolas neumáticas.
En 2,2 segundos, el auto volvió al suelo con un golpe seco.
—¡Go, go, go! —gritó su ingeniero.
Ella salió disparada, pero Vargas ya estaba ahí, saliendo de su propia parada e intentando emparejarse en la salida del pit—lane.
[RADIO DANTE] —Halcón, Joshua está saliendo de la curva 3; vas a tenerlo justo delante. Tiene gomas frescas, no lo frenes.
[RADIO JOSHUA] —V, te veo por el espejo. Voy a abrirme en la frenada de la 11; pégate a mi estela y usa mi DRS para alejarte de ese idiota de Vargas. Vamos a hacerle el sándwich.
[RADIO HALCON] —Gracias, Josh. Estoy en tu caja de cambios, eres mi héroe —contestó ella.
Ver el alerón trasero de un compañero es como ver tierra firme tras un naufragio. Joshua se sacrificó tomando una línea defensiva que obligó a Vargas a frenar, mientras Vanessa recuperaba la P1. Fue una maniobra de equipo perfecta, nacida de la confianza absoluta.
Vanessa cruzó la meta en P1, seguida de Joshua en P2 y Vargas en P3. En el pesaje, el médico de la FIA fue tajante «Estás en el peso justo; si la próxima carrera bajas 1 kilo, estás fuera».
En el podio, bajo el cielo eléctrico de Miami, el ambiente se pudrió. Max Vargas, con una mueca de desprecio, descorchó la champaña con saña. No buscó el aire, buscó los ojos de Vanessa. El chorro impactó directo en su rostro, mezclando el alcohol con el sudor salino de 57 vueltas de infarto.
—¡Maldición! —siseó ella, llevándose las manos a la cara. El ardor era insoportable, una ceguera blanca que la obligó a agacharse.
Vargas soltó una carcajada captada por los micrófonos. Dante, al ver la escena, rompió el cordón de seguridad, tomó a Vanessa en brazos y la sacó de allí.
Horas después, en la suite del Faena, el silencio era un bálsamo. Dante limpiaba con delicadeza los párpados enrojecidos de Vanessa con una toalla húmeda. Ella abrió los ojos; aunque inyectados en sangre, brillaban por el doblete en Miami.
Dante la abrazó con fuerza, protegiéndola de todos los muros y de todos los Vargas del mundo.
—Descansa, estás agotada. Dejaré la luz apagada; voy a trabajar en algo y vuelvo pronto. Si necesitas algo, llámame —dijo Dante un poco preocupado, pero sabía que mañana ella ya estaría mejor.
CANADA EL LÍMITE DEL CARBONO
Montreal era un tablero de ajedrez a 300 km/h, pero para Vanessa la verdadera batalla estaba bajo su piel. Dante se había dado cuenta de que ella estaba al límite de su capacidad física; la deshidratación en Miami había pasado factura.
—Los sensores biométricos de tu casco indican que tu tiempo de reacción ha caído 0,05 segundos en las últimas vueltas. Vamos a ajustar tu régimen de recuperación —dijo Dante, preocupado—. Deberemos alimentarte mejor; el médico del equipo ya está trabajando en eso junto a una terapeuta.
Vanessa lo observó sorprendida.
—¿Tengo que subir de peso? —preguntó ella.
—Sí, cariño. Para mí eres perfecta así, pero no puedo decirle eso a la FIA. Ganarás masa muscular; seguirás hermosa, pero debes comer. Y sin reclamos, por favor —sentenció él.
Vanessa puso los ojos en blanco.
—Sí, señor. A su orden, señor —respondió ella—. ¿Y Joshua también está delgado? —¿Por qué él no tiene que comer más? —gritó mientras Dante caminaba hacia el garaje.
Joshua rio detrás de ella.
—V, cómo voy a disfrutar viendo cómo te torturan haciendo pesas —él salió corriendo mientras Vanessa lo perseguía—. ¡Si te alcanzo, te golpeo!
El circuito Gilles Villeneuve es un trazado de stop-and-go frenar abruptamente para entrar en curvas cerradas y salir disparado en rectas cortas. Son 70 vueltas de castigo mecánico.
Al final de la última chicane se alza el «Muro de los Campeones»; un yunque de hormigón que atrae a los pilotos como un imán. Si tocas el piano interior muy fuerte, el monoplaza salta y te escupe contra el cemento.
El día marcaba unos cálidos 25 °C, pero el clima en la Île Notre-Dame es impredecible; el sol puede ser reemplazado por un aguacero torrencial en 10 minutos.
La humedad del río San Lorenzo afecta la densidad del aire y la carga aerodinámica.
Al ser tan exigente con los frenos, los mecánicos abren las tomas de aire al máximo para refrigerar, aunque eso ensucie la eficiencia del chasis.
Vanessa miraba el río; el aire olía a agua y goma quemada. Dante, revisando la telemetría, y le envió un mensaje «¿Todo bien, cariño?». Ella se giró para mirarlo.
Sí, estoy en mis días de mujer —dijo ella con naturalidad.
Dante miró el celular, desconcertado por un tema que nunca había gestionado con sus pilotos masculinos.
—Ven. Tengo algo para ti —la llevó al box médico con el doctor del equipo—. Te daremos algo para la inflamación, medicamentos permitidos por el reglamento de la FIA.
—¿Por qué no me dijiste? —preguntó Dante una vez a solas.
—Dante, sabes cómo funciona el cuerpo de una mujer. Lo que pasa es que no están acostumbrados a lidiar con esto en el paddock —respondió ella.
—Pondré más atención, lo marcaré en mi agenda personal para... Vanessa le puso la mano en la boca, silenciándolo con ternura.
—No, Dante. No soy un problema sangrando; yo puedo solucionarlo —sentenció ella.
Se sentía aliviada y lista. Sin embargo, el circuito no solo mide la velocidad, sino la capacidad de mantener la mente fría al pasar a centímetros del hormigón. Y hoy era un mal día para que alguien intentara alguna jugada sucia.
Hoy Vanessa siente que el monoplaza es un animal indomable. Cada vez que frena para L’Épingle, la horquilla de Montreal, el dolor sordo en su vientre le lanza una punzada que la obliga a apretar los dientes. Su estilo es errático, demasiado agresivo para la precisión que exige este circuito.
[RADIO DANTE] —Halcón, mantén la temperatura de frenos en el margen de 950 grados. Estás bloqueando demasiado en la entrada a la chicane.
[RADIO HALCON] —¡COMO SI NO LO SUPIERA! —gritó ella con una aspereza que hizo que el equipo en el muro intercambiara miradas y risas contenidas.
[RADIO DANTE] —Halcón, calma. Toma la curva 4 con más tranquilidad; si gestionas bien, los pasas en la recta.
Dante trataba de darle la paz que requería, aunque estaba sorprendido por sus respuestas; parecía que un demonio se hubiera apoderado de ella.
[RADIO HALCON] —Deja de darme telemetría cada 3 vueltas. Y Joshua, ¡deja de reírte! Asegúrate de que nadie se meta por el interior.
Desvió el coche bruscamente para evitar un bache. Mientras tanto, Vargas, desesperado en la P16, empezó a zigzaguear buscando un hueco. En la vuelta 45 intentó una maniobra sucia en la entrada de la última chicane, tratando de empujar a Vanessa contra el Muro de los Campeones.
[RADIO DANTE] —¡Tiene el morro metido, Halcón! ¡Cierra la trayectoria ahora! —un frío le recorrió la espalda al ver la maniobra en el monitor.
[RADIO HALCON] —Ya veo al idiota. ¡DANTE, NO ME GRITES!
Vanessa corrigió la trayectoria con un golpe de volante tan seco que el monoplaza quedó a milímetros del cemento; el roce de la fibra de carbono contra el hormigón sonó como un disparo en el garaje. Joshua, viendo la agresión de Vargas, tomó la iniciativa.
[RADIO JOSHUA] —Ingeniero, voy por Vargas. Lo mandaré a la zona sucia.
Vanessa se colocó inmediatamente en la trazada perfecta, demostrando que su capacidad técnica seguía siendo de otro nivel a pesar del momento.
Vargas, frustrado por el bloqueo de Joshua y la velocidad del Imperi, empezó a perder la cordura, dañando sus neumáticos por el sobrecalentamiento. Mientras Silver Arrow y Rosso Corse seguían a Joshua, acechándolo como pirañas.
[RADIO DANTE] —Halcón, vuelta 68. Tienes la P1, esta vez con suavidad. Joshua, mantén la P2.
Vanessa pasó frente a las gradas cuando la bandera a cuadros ondeó cruzó en P1, Joshua en P2 y el Rosso Corse en P3.
Vargas, estancado en el cajón 16, fue captado por las cámaras haciendo un gesto obsceno contra la barrera antes de bajarse furioso.
El público comenzó a abuchearlo masivamente, lo que solo sirvió de levadura para su envidia y el odio contra la Escudería Imperi.