EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #8
—Soy el dueño y puedo dejarte fuera de la escudería si quiero. Debes dejar de lado tus caprichos. Concéntrate —le ordenó el patriarca.
—¡Ella no es un capricho y no la vas a tocar! —gritó Dante tirando el teléfono en el sofá.
Cuando Dante entró en la cocina, encontró a Vanessa mirando por la ventana en calma. Ella se tocó el collar de alas; el metal ahora parecía quemar.
—Escuché todo —dijo ella girándose—. Tu padre tiene razón en algo, Dante tú eres el dueño y yo solo soy la tuerca que aprietas. Si nos quedamos juntos, esto va a salir mal, y me vas a odiar.
Las lágrimas brotaron de sus ojos como lluvia. La voz se le quebró por el nudo en la garganta. Dejó la taza en el mesón y salió corriendo a buscar sus cosas. Dante trató de detenerla.
—Vanessa, esto es una estupidez. Es el capricho de mi padre, no el mío. Él no tiene moral para prohibirme nada, ¿no lo entiendes? —le gritó él desde el pasillo.
Vanessa dio un paso hacia atrás.
—No me toques… Necesito pensar, ordenar mis pensamientos. Deja que me vaya —respondió ella con firmeza.
—Te llevaré a la Academia —insistió Dante.
—¡No! Pediré un taxi… Necesito espacio, por favor —sentenció Vanessa.
Él no contestó; solo movió la cabeza y se dio media vuelta. Fue la decisión más dura de su vida amorosa.
Ella entendía que amar a Dante no era solo disfrutar de sus besos, sino proteger el imperio que él había construido.
Mientras iba en el taxi, pensaba en la nota que dejó en la mesita de noche «En la distancia te amaré».
Solo eso era suficiente para que él entendiera que, a pesar de todo, ella lo amaba.
No pudo decirlo en voz alta para que él lo escuchara.
Al llegar la mañana en la Academia, su cuerpo estaba adolorido aún, pero el alma endurecida como un diamante.
Se puso su ropa de entrenamiento. Dejó la camisa de Dante doblada perfectamente sobre la cama y se colocó el collar de alas por dentro de la camiseta, sintiendo el frío del metal contra su esternón.
Llegó a los boxes cuando el sol apenas empezaba a teñir de naranja el asfalto.
Caminó sola, con la espalda recta y la mirada gélida.
Se hizo un silencio al verla pasar. Ya no era la chica herida que se llevaron en la ambulancia; caminaba con dignidad, esperando su propio fusilamiento. Pero no fue así las personas empezaron a rodearla. dándole abrazos y cálidas bienvenidas. Ella se asombró ante el gesto de cariño.
—He vuelto —dijo Vanessa, dejando sus cosas sobre la mesa.
Justo entonces, Dante entró en la sala buscándola desesperado.
La encontró analizando datos con un grupo de ingenieros junior.
Al verla, sus ojos buscaron una explicación, un rastro de la mujer que estaba en su cama la noche anterior.
Vanessa levantó la vista y le sostuvo la mirada por un segundo eterno —un segundo donde le gritó que lo hacía por él— y luego volvió a la pantalla.
—Buenos días, ingeniero —dijo ella con voz firme—. Los datos del sector 3 no son los que esperaba. ¿Podemos revisarlos?
Dante se quedó paralizado. Sintió que ella le estaba devolviendo su imperio a cambio de su corazón. Ella sentía que estaba sola en la pista para permitirle a él seguir siendo el rey desde el muro de hielo.
Cuando terminó la clase, Dante la interceptó en un rincón del garaje donde las cámaras no llegaban.
—¡¿Qué estás haciendo?! —su voz era un rugido contenido.
Ella no retrocedió. Se ajustó el cuello del mono con una frialdad profesional que le dolió más que un golpe.
—Tu padre fue muy claro. Ahora, si me disculpa, tengo que ganarme el puesto —sentenció ella.
Dante la vio alejarse con un nudo en la garganta.
Esa tarde, Vanessa salió a la pista con una furia ciega.
No conducía, cazaba. Pulverizó el récord del circuito por 0,5 segundos, dejando a todos, incluido al padre de Dante, que observaba desde el VIP, en un silencio sepulcral.
Ella no buscaba aprobación; necesitaba libertad.
Los meses pasaron entre clases, miradas de tristeza y lágrimas nocturnas extrañando a Dante.
El padre de Dante organizó una noche de gala en la academia.
Vanessa debía participar obligada aun sin ganas de socializar.
Se puso su único vestido algo de seda líquida en color plata mercurio, con la espalda descubierta y un cuello halter que dejaba ver sutilmente el collar de alas.
El diseño se ceñía a sus curvas como una segunda piel. Caminó con la seguridad de una reina.
Dante, por su parte, estaba impecable con un esmoquin de terciopelo azul medianoche. En su muñeca, oculta bajo el puño de la camisa, la pulsera del halcón le rozaba la piel.
Cuando sus ojos se encontraron, el tiempo se detuvo.
Dante quedó maravillado; ella parecía Afrodita.
Pero la burbuja se rompió cuando Victorio Imperi, el patriarca, entró con una mujer despampanante del brazo Alessandra Vichy, heredera de la fábrica de neumáticos más grande del país y patrocinadora de la Escudería.
—Dante, hijo. Mira a quién he invitado desde Milán para hacerte compañía. Alessandra preguntó por ti todo el verano —anunció Victorio.
—¡Dante! —dijo ella en voz alta, lanzándose a sus brazos con una mano posesiva en su cuello.
Dante reía, cómplice por compromiso, pero se mantenía tenso.
Vanessa observaba la escena desde el otro extremo del salón sin quitarles la vista, y con celos mal disimulados.
Pero ya cansada del juego, decidió buscar refugio en la noche de su habitación, el padre de Dante la interceptó a mitad de camino.
—¡Mira qué tenemos aquí! Uno de nuestros pilotos. Ven, querida, vamos a brindar —exclamó él.
Casi la arrastró junto a Dante y Alessandra—. ¡Vamos a brindar! —.
—Victorio es así —dijo Alessandra—. Siempre es el alma de la fiesta.
—Quiero felicitar a todos los de esta escudería, a nuestros pilotos hombres de elite ¡un brindis por ustedes y que gane el mejor! —gritó Victorio.
Jamás se dirigió a ella; solo a los hombres. La había llevado a ese lugar para que viera lo pequeña que se veía al lado de una mujer como Alessandra. Es un castigo , pensó Vanessa. Cuando ya se disponía a marchar, Alessandrale planteó las preguntas de rigor
—¿Trabajas aquí? —preguntó ella con una sonrisa fingida.
Vanessa solo observó dónde poder golpearla en esa cara tan bella sin dejarle un morado.
—Soy piloto —respondió ella, resuelta a irse.
—Espera... ¿Tú eres la chica de Asolo? ¡Quién lo diría! Mira a dónde has llegado. Perdón, ¡es que no te ves como un piloto!
—Sí —contestó Vanessa, aburrida—, venimos en diferentes envases.
Alessandra rio de forma histriónica y, al hacerlo, golpeó una copa que cayó estrepitosamente. Dante retrocedió y, al intentar secar el líquido de la mesa, se subió las mangas de la chaqueta, dejando ver su pulsera de halcón.
—Dante, ¿qué es esta cosa? Arruina tu imagen, amorcito. Deberías cortar eso —dijo ella señalando la pulsera con el dedo.
—Alessandra, querida, esto no es tu problema.
A esas alturas, Vanessa ya caminaba hacia su habitación. Se había sacado los zapatos y llevaba el vestido recogido a mitad de muslo para avanzar más rápido. En el silencio de su cuarto se quitó la ropa y se quedó solo con el collar de alas.
El silencio era un alivio. Podía llorar por fin; estaba exhausta de proteger a un hombre que parecía pertenecer a otro mundo.
La clase teórica del lunes fue una tortura. Vanessa no lo miró ni una vez, fija en los gráficos de telemetría. Al terminar, intentó salir rápido, pero Dante fue más veloz. En el pasillo desierto de los hangares, la tomó del brazo y la guio hacia su auto personal.
—¡Dante, suéltame! Alguien puede vernos... —protestó ella con su rebeldía encendida.
—Que miren hasta que se les sequen los ojos —respondió él abriéndole la puerta—. ¡Súbete o te subo!
No era una petición. Dante condujo como si estuviera en una sesión de clasificación, alejándose de las expectativas de Londres.
Llegaron al antiguo Observatorio de Greenwich, en lo alto de un acantilado sobre el Támesis. La llevó hacia la cúpula superior; no había lujos, solo una mesa pequeña con una botella de Prosecco y unos croissants de almendras sobre platos de cartón.
—¡Dante! —Vanessa quedó de una pieza.
—Sabía que te gustaría esto la inmensidad del cielo, calor de hogar. Sé que te sientes sola y lo peor, decepcionada de mí —dijo él abriéndose la chaqueta—.
Mi abuelo ayudó en la construcción de este sitio; aquí vengo cuando el mundo me cansa. Vanessa se acercó al cristal. Su postura seguía defensiva, pero sus hombros empezaron a bajar.
—Tu padre puede ser muy cruel. ¡Y esa mujer, Alessandra! Te tocaba con dominio… ¿Tuviste algo con ella? —preguntó ella con recelo.
—No me importa ella; nunca estuvo en mi camino. Mi padre cree lo que escucha, pero no entiendo por qué ahora se preocupa por mi bienestar si la moral nunca fue parte de su vida —respondió Dante.
Dante le dio la vuelta para que lo mirara.
En esa penumbra, sus miradas se anclaron y el muro de Vanessa se desmoronó.
Le dio un beso tímido que sabía a sal, a perdón.
Pactaron su acuerdo en ese silencio, estaban allí para sentirse libres.
Se quedaron sentados sobre mantas viejas en el suelo de madera.
A través del cristal, las estrellas se veían nítidas.
—Allí —señaló Dante, guiando la mano de ella hacia el cielo—. Esa es la constelación del Águila y esa estrella, la más brillante, es Altaír. Los antiguos decían que era el halcón que volaba más alto para entregar mensajes a los dioses.
Vanessa sonrió, recostando la cabeza en su hombro.
—Entonces Altaír es mi estrella, pero necesita a alguien en la tierra que sepa leer su trayectoria o se perdería en el vacío —murmuró ella.
Dante apretó su mano. —Tranquila, yo nunca te perdería de vista. Ni en el cielo ni en la pista —respondió Dante.
Vieron cómo el azul oscuro de la noche se intensificaba y las primeras gotas de nieve empezaron a caer. Era señal de que debían volver.