La heredera del halcón EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #7
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EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #7

En plena recta, a 240 km/h, el pedal del freno colapsó contra el suelo del cockpit.

El impacto no fue un golpe; fue una deceleración súbita de 40 fuerzas G.

Vanessa sintió cómo sus órganos internos se desplazaban hacia adelante, chocando contra la pared torácica mientras los arneses de seis puntos se enterraban en sus clavículas con la intención de partirlas.

El sonido del metal fracturándose fue una vibración de alta frecuencia que le recorrió los dientes y la base del cráneo.

Sus pulmones se vaciaron al instante por la compresión, dejando un sabor metálico a sangre y combustible en la garganta.

La retina no pudo procesar el giro del horizonte; el cerebro, saturado por el trauma mecánico, desconectó los nervios ópticos justo cuando el pitido agudo de la conmoción cerebral anuló la radio.

Antes de que el sistema nervioso se apagara por completo, solo quedó la presión hidrostática en sus oídos y un frío absoluto

[RADIO DANTE]—¡Vanessa, sal de ahí! ¡Corta encendido, ahora! —la voz de Dante llegó rota, luchando contra la estática de una unidad de control que colapsaba—. ¡Vanessa, responde! ¡VANESSA! El coche ya no hablaba.

Dante soltó los cascos y corrió por el asfalto de la academia, con el corazón martilleando contra sus costillas.

No había gradas llenas ni miles de espectadores, solo el silencio sepulcral de la pista de pruebas roto por las sirenas de emergencia.

El equipo médico llegó antes que él, pero entre el polvo y el olor a neumático quemado, Dante pudo ver lo único que importaba la célula de supervivencia estaba intacta.

—¡A la clínica, ahora! —gritó Dante mientras su equipo intervenía la telemetría.

No hubo que buscar mucho el código digital tenía la firma del autor. Dante rugió frente a uno de los mecánicos, pero la evidencia en las pantallas delató a Vargas.

—¡ VARGAS, ENTREGA TU ACREDITACIÓN AHORA! ¡FUERA ¡— grito Dante con furia —. Y reza para que ella despierte, o esto pasará a manos de la justicia. ¡Vete!

Ella despertó dos horas después en la clínica. Lo primero que vio fue el techo blanco y, luego, la mano de Dante apretando la suya con fuerza.

—Auchs —murmuró ella.

Dante tenía los ojos cansados y rojos. El miedo aún vibraba en su voz.

—¿Estás bien? —susurró—. El casco absorbió el golpe, es una conmoción. Solo estarás algo adolorida—explicó Dante.

—Quiero agua —dijo ella, acariciando el rostro de él. Ella Tenía rasguños y un corte en la frente, nada que el reposo no alivie . Pensó él.

—Necesita 72 horas de observación, tienes mucha suerte señorita, solo estarás adolorida, tendrás un poco de rigidez en el cuello, los hematomas por el cinturón y el HANS serán normales, el ojo dolerá un poco y pasara por todos los colores, pero solo será algo estético, tienes algunas quemaduras por fricción, nada que alguna crema tópica no alivie, hay que cuidar los vendajes de las muñecas, no hay fracturas—indicó el médico—. ¿Quién se hará cargo?

—Yo —dijo Dante con firmeza—. Mi residencia está a diez minutos. Estará bajo mi supervisión personal.

—Muy bien, reposo absoluto, en 6 días más, podrá empezar con fisioterapia, en unos 10 a 12 días podrá volver a su vida normal de forma paulatina —. aclaro el doctor remarcando la frase.

La villa de Dante se convirtió así en una clínica privada.

Él la cargó en brazos hasta la habitación principal, ignorando sus protestas.

La sentó en la cama con una delicadeza que contrastaba con el hombre inescrutable de la pista.

La señora Ema los observaba con ternura mientras preparaba sopa y café.

—¿Me veo muy mal? —preguntó Vanessa señalando el vendaje.

—No. Te ves hermosa, como siempre. —Dante sonrió y le dio un beso en la mano—. Te voy a preparar tu café favorito, siempre que te quedes quieta.

Dante no se fue. En lugar de eso, se sentó en el borde de la cama y le retiró un mechón de pelo con una lentitud que Vanessa nunca le había visto.

Ella cerró los ojos, disfrutando de la presión de sus dedos; en su mente no había imágenes del accidente, solo la textura del calor de Dante contra su piel fría.

—Pensé que te perdía —confesó él en un susurro, y por primera vez, su voz no sonó a órdenes ni a telemetría, sino a un hombre que acababa de recuperar su tesoro más preciado.

Vanessa buscó su mano y la guio hasta su pecho, justo encima del latido de su corazón, allí donde los arneses habían dejado su marca. —Sigo aquí, Dante. Siento tu mano, y es lo único que necesito para volver.

Él se acomodó a su lado, con un cuidado extremo, como si ella fuera una pieza de aerodinámica frágil que pudiera romperse con el viento. Se acostaron juntos en la cama y el cansancio los venció

Los días pasaron entre fisioterapias y los cuidados de la Sra. Ema Dante iba a trabajar por las mañanas y volvía a casa a la hora de almuerzo, Vanessa estaba en la biblioteca durante una video llamada con sus padres explicando lo sucedido, cuando Dante entró en la habitación con una bandeja.

—Traigo comida, postre y tus medicamentos, Además, Ema te está preparando una tina caliente —dijo él con naturalidad.

Vanessa lo miró con cara de ¡date cuenta ¡dejando a Clara y Matt , al otro lado de la pantalla, asombrados por los cuidados que el proporcionaba a su hija.

—Hola, buenas noches. yo la estoy cuidando. Está en mi casa —dijo él, saludando cordialmente e invitándolos a visitarla cuando quisieran. Como lo mas natural del mundo.

Con el paso de los días, los moretones desaparecieron gracias a la pomada de árnica que según Dante la encontró en el último lugar del mundo solo para ella.

Una tarde de nubes bajas sobre Hampstead, Vanessa se detuvo frente al ventanal.

La luz gris de Londres se filtraba a través de la camisa de Dante, volviendo la tela casi traslúcida sobre su piel.

Él se acercó en silencio, como una sombra que reclama su espacio, hasta que su calor la envolvió por completo.

—Todavía hueles a lluvia y a peligro —le murmuró contra la nuca, un roce de labios que fue más una advertencia que un saludo.

Vanessa cerró los ojos, dejando que el contraste entre el aire frío que venía del vidrio y el pecho de Dante la mareara por un instante.

—El peligro ya pasó, Dante —respondió ella en un suspiro. Se giró con una lentitud calculada, sintiendo cada botón de la camisa rozar su cuerpo, hasta quedar atrapada entre el cristal gélido y la fuerza de él.

Dante no esperó. La alzó con esa facilidad dominante que la dejaba siempre sin aliento, y ella se ancló a su cintura como si fuera lo único sólido en un mundo que empezaba a girar.

En el roce de los cuerpos, la pulsera del halcón y el collar de alas chocaron con un tintineo metálico, una danza de plata y sombras bajo la luz mortecina.

Fue una rendición total, el momento exacto en que la resistencia se convirtió en necesidad.

Más tarde, ella descansaba con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón.

—¿En qué piensas? —susurró él.

—En que es extraño cómo ha cambiado mi vida. En la pista todo es ruido y prisa. Pero aquí... parece que el tiempo se ha rendido —comentó ella.

—El tiempo siempre se detiene ante lo real, V. Todo lo demás es solo interferencia —sentenció Dante.

—Vargas no se quedará de brazos cruzados —dijo ella incorporándose—. Cuando volvamos, seremos el objetivo de todos.

Vargas ya no está en la Academia —respondió Dante apartando un mechón de su cabello—.

He pasado años construyendo mi reputación y manteniendo mi empresa, solo para tener el poder de proteger lo que me importa.

Y ahora mismo, lo único que me importa es que llegues a esa parrilla de F1 y les demuestres de qué estás hecha.

Ella sonrió, con una confianza nueva forjada en esa cama.

—No voy a decepcionarte, pero mañana me enseñas los gráficos de tu tablet de telemetría para saber qué ves cuando me ves… ¡O algo así!… Pensé que se escucharía mejor cuando te preguntara —añadió Vanessa hundiendo la cara en sus manos, un poco avergonzada.

Él también rio.

—Me gusta mucho tu manera de pensar… ¿Tus pensamientos nunca se quedan para ti? —preguntó él divertido.

—No, ese es mi superpoder. Todo lo que pienso lo digo, no lo puedo evitar. Y si no lo digo, mi mente crea bucles y me atormenta todo el día. Y por las noches. Es agotador y problemático parte de mi afantasía, todo debe ser real, físico y táctil —explicó ella.

—Me gustan los problemas, me gustas tú y me gustan tus pensamientos —dijo él dándole un beso—. Vamos a dormir, hay que madrugar.

En la cafetería de la Academia el murmullo era constante. Ya nadie hablaba de las vueltas rápidas, sino de la villa de Dante.

—¿Se la llevó a su casa? Eso es favoritismo descarado —comentaba uno de los ingenieros junior—. Si ella vuelve, tendrá que ser el triple de rápida para que no digan que él le ha regalado los reglajes.

—Vargas tenía razón en algo —murmuró otro—. El ingeniero Dante perdió la objetividad. Un ingeniero enamorado de su piloto mujer es un cliché básico.

—Ingeniero o no, enamorado o no, recuerden que es el CEO y dueño de la escudería —exclamó el piloto veterano Salazar con voz aburrida—. Él puede echarlos a todos hoy mismo por ser unas viejas chismosas.

Vanessa estaba en la cocina preparándose un té cuando escuchó el teléfono de Dante vibrar con insistencia violenta en el salón. Él lo tomó, pero no se alejó lo suficiente. Ella se quedó inmóvil, escuchando a través de la puerta abierta.

—Papá, ya te lo dije. Está bajo mi supervisión porque es la mejor inversión de la escudería —la voz de Dante sonaba tensa, defensiva. Del otro lado, la voz del patriarca Imperi retumbaba como un trueno.

—¡No me mientas, Dante! Todo el mundo en el paddock habla de que tienes algo con tu piloto. ¡Los Imperi no nos mezclamos con personas de otras clases sociales! No estamos para más escándalos —sentenció su padre.

Dante soltó una risa fingida y burlesca.

—¿Tú dándome consejos sobre moral? —preguntó él con sarcasmo.