La heredera del halcón EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #6
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EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #6

—Sí, tú eres el halcón y necesitas espacio para volar —susurró Dante, colocándole un collar de alas de plata.

Sus dedos rozaron la nuca de ella, enviando una descarga eléctrica que los hizo detenerse en medio del bullicio.

Estas alas parecen una promesa , pensó él.

Esa tarde, caminaron entre puestos de flores y joyería artesanal.

—¿Un café? —preguntó Dante—. Luego nos vamos.

Ella hizo una mueca de tristeza que él aprovechó para tocar sus labios.

—No hagas eso, no me tientes —advirtió él con voz ronca.

Ella sonrió con malicia y él, en un arrebato, la tomó en brazos y la cargó sobre sus hombros.

—¡Dante, ¡qué haces! ¡Bájame, la gente nos mira! —estalló Vanessa en risas.

Él reía también. Al bajarla, su pelo cubría su cara; él la ayudó a ordenarse el cabello y aprovechó para acariciarle el rostro.

Ella se acercó de puntillas y le dio un beso sorpresa.

Dante la miró asombrado; sus ojos se volvieron oscuros con un brillo infinito.

No se pudo contener la tomó de la cintura, la atrajo hacia sí y la besó.

Fue un beso apasionado, lujurioso, exquisito; su nuevo sabor favorito. Entraron a la cafetería con los labios aún ardientes y el cuerpo tenso.

El lunes por la mañana, el aire de la Academia se sentía más pesado que de costumbre.

El olor a combustible reemplazó al aroma de café y madera.

Ella caminaba por el pasillo principal con el uniforme perfectamente ajustado, pero bajo la camiseta, el collar de Dante se sentía como un secreto contra su piel.

Dante ya estaba en el centro de control. Cuando ella entró, él levantó la vista. Sus ojos se encontraron 1 segundo, pero no hubo sonrisas. Él volvió a su máscara de hielo.

—Llegas tarde, piloto —dijo Dante con voz neutra—. Prepárense todos. Hoy no hay simuladores; hoy bajamos a la pista real.

Max Vargas, estaba apoyado en la pared, cuando soltó una risa seca.

—Mira quién volvió de su retiro espiritual —masculló acercándose agresivo—. Bella, preciosa, te daré ventaja hoy si me das un beso.

El corazón de ella dio un vuelco. Estúpido Max Vargas, pensó Vanessa. Un rumor allí podía ser más destructivo que un choque. Vanessa se puso el casco y, antes de cerrar la visera, recordó la letra de Pink “Where there is desire, there is gonna be a flame”.

Dante la miraba a través del cristal; sabía que estaba enojada con Vargas. Conectó la radio.

—[RADIO HALCON] —Lista para salida —dijo ella con voz firme.

—[RADIO DANTE] —Recibido —la voz de Dante sonó profesional, pero con un matiz que solo ella detectó.

—[RADIO DANTE] —Activarán el Modo X después de la vuelta 1.

Vargas arrancó su motor haciendo una mueca; ella le lanzó un beso irónico y arrancó. En la pista, el Halcón plateado devoraba el circuito. Tenía el control total hasta la última vuelta.

—[RADIO DANTE] —Halcón, los sensores de temperatura están subiendo.

Ella no quiso escuchar. Solo un poco más, pensó. Pero de fondo escuchó a Dante, enojado

—[RADIO DANTE] —¡Aborta el empuje! —la voz en la radio era cortante, desprovista de calidez.

—[RADIO HALCON] —¡Puedo terminar, Ingeniero! ¡Tengo ventaja! —gritó ella viendo la meta a metros.

—[RADIO DANTE] —Es una orden. Baja el ritmo ahora —sentenció él. La voz de Dante sonó imperiosa.

Ella apretó el volante con rabia. Al reducir, Vargas la pasó como una exhalación, ganando por apenas unos segundos. Cuando ella entró al pit lane, la humillación... El ardor en el pecho no cedía.

Al bajarse del monoplaza, Dante ya la estaba esperando frente a todo el equipo con los brazos cruzados y una expresión gélida.

—¿Qué parte de la orden no entendiste? —le espetó delante de todos—. Si no puedes cuidar la máquina, no mereces el asiento. Eres una piloto, no una suicida. Mañana quiero un informe de telemetría sobre por qué ignoraste mi primera advertencia. Puedes retirarte.

Ella no respondió. Le sostuvo la mirada, herida por la firmeza del reto, y caminó hacia los dormitorios bajo las burlas de Vargas, quien se mofaba simulando ser una gallina. Horas después, el silencio en la Academia era absoluto.

El frío hacía pensar que pronto la nieve cubriría la ciudad.

Vanessa estaba sentada en el borde de su cama, aplicando crema en sus manos.

Entonces, un toque suave en la puerta, casi tímido.

Al abrir, Dante entró rápidamente y cerró tras de sí.

El hielo en su mirada había desaparecido; en su lugar había una angustia contenida.

Sin decir palabra, la rodeó con sus brazos.

—Tenías que perder hoy para que nadie sospeche —susurró él, su voz apenas un aliento.

Ella lo apartó para ver su cara.

—¿De qué hablas, Dante? ¿Sospechar qué?

—El mundo siempre va a intentar romperte. Como Vargas —él tomó de su rostro una lágrima que ella no sabía que se había escapado.

—En la pista soy tu jefe —Dante pegó su frente a la de ella—. Aquí, a solas contigo, solo soy Dante y admiro mucho lo que haces. Yo solo quiero cuidar tu alma.

Ella estaba furiosa y triste a la vez. En el abrazo se sintió protegida, pero su orgullo de piloto y mujer la hizo dar un paso atrás.

—Dante, la máquina es prioridad, pero no te confundas no necesito que vengas a secarme las lágrimas. Pero tienes razón, ingeniero.

—¿Sabes por qué lo hice? —respondió él apoyándose contra la pared—. Si ganas siempre, te conviertes en un blanco. Si pierdes bajo mis órdenes, pasa desapercibida.

—Sé defenderme, Dante. No necesito un guardia.

Dante la tomó por la cintura con la intensidad de quien sabe que tiene a una leona enfrente.

—Lo sé —la atrajo hacia sí y buscó sus labios con un beso apasionado, pero luego se contuvo—. Me voy —dijo dándole una palmada juguetona—. Es para que no se te olvide.

—¿Para qué no se me olvide qué? —lo encaró ella con aire brioso mientras él se alejaba riendo.

La mañana siguiente comenzó con un anuncio que cambió las reglas. En el auditorio, bajo luces gélidas, Dante se presentó como el estratega de acero.

—Para la simulación de resistencia de esta semana, trabajaremos en binomios. No solo importa quién es el más rápido, sino quién sobrevive a la presión del equipo contrario. Vargas, serás el líder del equipo A. Filippis, liderarás el equipo B.

Dante la estaba lanzando a los leones. Necesitaba que demostrara que podía liderar sin él. Al salir, Vargas interceptó a 2 pilotos jóvenes en el garaje secundario.

—Dante la está protegiendo —susurró Vargas—. En la práctica de mañana, sáquenla de la pista. Un accidente de telemetría. Si ella cae, Dante cae con ella por negligencia.

Sellaron el plan pagando a un informático para sabotear los sensores. horas después, en clase de aerodinámica, Dante se detuvo junto a la mesa de Vanessa.

—La resistencia de un cuerpo no solo depende de su forma, sino de su capacidad para aguantar la fricción sin romperse —dijo él, mientras sus dedos rozaban el borde de la mesa de ella.

Ella anotó en su cuaderno «Estoy lista». Él sonrió.

El entrenamiento por equipos fue una carnicería. Los pilotos de Vanessa bloqueaban sus trayectorias y daban datos falsos

[Radio Dante] —Halcón, estás perdiendo tres décimas en el sector dos. Concéntrate.

Ella apretó el volante. Entendió el juego él la presionaba para no levantar sospechas, pero también la probaba.

Vanessa ignoró las indicaciones traidoras, escuchó el motor y realizó un adelantamiento por fuera en la curva más peligrosa, recuperando el liderato.

Vargas, furioso, golpeó la mesa en su box.

En la noche, el clic electrónico de su puerta la hizo reaccionar.

—¿Te han dicho que entrar en una habitación privada es acoso? —preguntó ella mientras Dante cerraba la puerta.

—Me gritaste frente a todos. «¡Concéntrate!» —le reclamó Vanessa, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Me hiciste quedar como una tonta, como si no supiera qué hacer en una curva —.

Dante soltó un suspiro pesado, de esos que nacen del agotamiento de llevar una máscara todo el día. Sin previo aviso, la tomó por la cintura con fuerza y la pegó a él, eliminando cualquier rastro de aire entre ambos. Sus ojos grises, antes de hielo, ahora ardían con una intensidad que la dejó muda.

—Mañana seré más rápida, ingeniero —respondió ella en un susurro, cerrando los ojos para dejarse llevar por el calor de sus manos— pero en ese minuto eran solo ellos —.

Dante hundió el rostro en el cuello de ella, inhalando su aroma por un segundo que pareció eterno, antes de recuperar el control de forma violenta. Se separó bruscamente, como si el contacto físico lo hubiera quemado.

—Me voy. Descansa, Filippis —susurró él con una voz ronca que delataba su falta de voluntad, antes de salir de la habitación sin mirar atrás —.

Dante salió rápidamente de la habitación, cerró la puerta y la dejó sola con el deseo ardiendo en la piel . Malvado , se dijo ella para sí misma.

El circuito de la Academia estaba envuelto en una niebla gris. Hoy era una prueba de relevos el Equipo A contra el Equipo B.

Vargas, desesperado por recuperar el control, había saboteado la unidad de control del monoplaza de ella.

Vanessa lo notó antes de que la telemetría enviara la primera alerta.

No fue una imagen, fue una disonancia en la frecuencia del motor.

La vibración que siempre subía por su columna se volvió errática, un latido metálico que no correspondía a la velocidad.

Intentó reducir, pero el pedal se sintió fofo, carente de esa presión hidráulica que ella traducía como seguridad.

El código morse del asfalto, que antes era fluido, se convirtió en un ruido blanco ensordecedor.

{RADIO HALCON]—¡Dante, no tengo pedal! —gritó ella, y su propia voz le sonó extraña, ahogada por el pánico—. ¡Se ha ido, la presión se ha ido! —.

A través del auricular, la respiración de Dante se detuvo. Por un segundo, el ingeniero jefe de la Escudería Imperi fue solo un hombre aterrado.