52. Lo que el agua se queda
Lo que el agua se queda
El agua del vado en octubre te quita el aire de un golpe.
En noviembre, de noche, crecida por la tormenta, te lo arranca y no te lo devuelve.
Caímos las dos juntas, enredadas, y la corriente nos cogió antes de que tocáramos fondo y nos arrastró lejos de la orilla en un instante, dando vueltas, sin arriba ni abajo, en una negrura helada que rugía.
Perdí la linterna. Perdí el atizador. Perdí, por un momento, hasta la noción de cuál de las dos era yo.
Lo único que no perdí fue a Morag, porque Morag no me soltaba.
Me había encontrado en el agua, en aquel caos, y se me había agarrado con las dos manos, una en el pelo y otra en el hombro, y empujaba hacia abajo con todo su peso, buscando el fondo, buscando ahogarme como había ahogado a Senga, a Isobel, a Eilidh, a todos.
No la veía. El agua estaba negra y yo tenía los ojos llenos de río.
Pero la sentía: aquella fuerza vieja y paciente que llevaba toda la noche empujándome hacia la muerte, ahora encima de mí, decidida a terminar el trabajo.
Tragué agua. Me hundí. Sentí el frío entrar por la nariz y por la boca, el pánico animal de los pulmones pidiendo lo que no había, la tentación, casi dulce, de dejar de pelear.
Y en aquel fondo negro, con el aire acabándose y la mano de Morag clavada en mi pelo, pensé que a lo mejor era verdad.
Que a lo mejor el vado me tenía reservada desde siempre, como a los míos, y que toda mi pelea no había servido más que para retrasar lo inevitable un par de meses.
Y fue ahí abajo, en lo más hondo, donde volví a verla.
No con los ojos, que no veían nada. De otra manera.
A Eilidh, a la primera, arrodillada en el fondo del vado como llevaba siglo y medio, sin prisa.
Y esta vez no había mortaja entre sus manos.
Tenía las manos vacías, tendidas hacia mí.
No me hablaba —los muertos no hablan, o no con palabras—, pero entendí lo que quería de mí con la misma claridad con que se entiende una orden: que no.
Que aquella vez no. Que la cuenta no se cerraba conmigo.
Que una de mi sangre, por una vez, iba a salir de aquel vado por su propio pie.
Y encontré, no sé de dónde, lo que me quedaba.
Dejé de tirar hacia arriba, que era lo que Morag esperaba y para lo que tenía toda su fuerza puesta, y tiré hacia abajo, hacia ella, hacia el fondo, que es lo último que se le ocurre a quien se ahoga.
La cogí del chal, de ese chal oscuro que la había hecho una sombra toda la noche, y tiré de las dos hacia el fondo, y por un segundo Morag, que tenía el control mientras yo luchaba por subir, lo perdió, porque nadie domina a quien deja de hacer lo que se espera de él.
Soltó el pelo. Solo eso. Solo un instante. Y fue suficiente.
Me solté de ella con todo lo que me quedaba, le di una patada contra el fondo para impulsarme, y subí.
Saqué la cabeza al aire negro de la tormenta, tragué una bocanada que me supo a vida, y la corriente, que mientras peleábamos nos había llevado río abajo, me estampó contra una de las piedras grandes del recodo, a la que me agarré como quien se agarra a la orilla del mundo.
Y desde allí, pegada a la piedra, con medio cuerpo fuera del agua, vi pasar a Morag.
La corriente la llevaba. La misma corriente que ella había usado durante cuarenta años como herramienta, que había alimentado con los míos uno a uno, se la llevaba ahora a ella, río abajo, hacia el remanso hondo donde el agua da vueltas sobre sí misma, ese del que decían en el pueblo que no devuelve lo que se traga.
Pasó a un metro de mí. Por un instante la vi de frente —ella en el agua, yo en la piedra—, y alargué el brazo.
No sé por qué. No me lo he sabido explicar nunca.
Después de todo lo que había hecho, después de que llevara toda la noche intentando matarme, le tendí la mano.
Tal vez porque no quería ser lo que ella era.
Tal vez porque una de las dos tenía que romper la cadena de gente ahogada en aquel vado, y me tocaba a mí.
Morag me miró la mano tendida. Y no la cogió.
No sé si no pudo o no quiso. Quiero pensar que no quiso, que prefirió que se la llevara su río antes que deberle la vida a una Lennox.
Lo último que vi de ella fue su cara, tranquila otra vez, recompuesta, mirándome sin odio y sin miedo, antes de que el remanso se la tragara y el agua se cerrara encima como se cierra sobre una piedra.
No sé cuánto tiempo me quedé agarrada a aquella roca, temblando, con el río tirando de mí y las fuerzas yéndoseme, incapaz de soltarme para nadar hacia una orilla que no veía.
Lo que me sacó del agua fue una mano. Una de verdad, viva, helada, que me agarró de la muñeca desde la orilla y tiró.
Calder. Había conseguido salir del vado más arriba, había bajado por la ribera siguiendo mi linterna mientras flotaba río abajo, y me encontró aferrada a aquella piedra a punto de no poder más.
Me sacó al barro, a la lluvia, a la tierra firme, y nos quedamos los dos tirados en la orilla, calados, rotos, vivos, agarrados el uno al otro mientras la tormenta empezaba, despacio, a aflojar.
Y el vado, por una vez en siglo y medio, se quedó aquella noche con el verdugo en el fondo y dejó a uno de los míos vivo en la orilla. La cuenta, después de ciento cincuenta años, se había saldado al revés.