La Heredera de la Niebla 51. La cara del agua
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51. La cara del agua

La cara del agua

—Mírelo —dijo Morag, sin levantar la voz, señalando con la barbilla hacia la corriente, donde Calder peleaba por no soltarse del caballo—.

No va a salir de ahí. El vado se lo lleva, igual que se llevó a la otra.

Y usted no va a poder ayudarlo, porque usted va a tener su propio problema en el agua dentro de un momento.

Dio un paso hacia mí. Despacio, sin prisa, con esa parsimonia de oficio antiguo que ponía en todo, hasta en matar.

Yo retrocedí, y al retroceder noté bajo los pies el cambio de la tierra firme a la piedra resbaladiza de la orilla, y el agua helada lamiéndome los tobillos, y entendí lo que estaba haciendo: me estaba metiendo en el río ella sola, sin tocarme, a base de empujarme con el cuerpo hacia atrás, paso a paso, hacia donde la corriente hiciera el resto.

Era lo que llevaba haciendo siglo y medio.

Ni un empujón que dejara marca. Solo una mujer asustada que retrocede hasta donde ya no hay suelo.

El agua me llegaba a las rodillas, y tiraba. Un paso más hacia atrás y el fondo se acababa. Levanté la linterna, más por aferrarme a algo que por ver, y la luz cayó sobre el agua negra a mi espalda. Y allí, en el agua, a un paso de mí, estaba ella.

No una silueta lejana. No un reflejo. No el atisbo de antes, borrado por el miedo.

Ella, entera, a la luz de mi linterna, tan cerca que podría haberla tocado.

Arrodillada en el agua que a mí me arrastraba y a ella la sostenía, con el pelo largo pegado a la cara, levantó la cabeza y me miró. Y le vi la cara.

Era mi cara. No igual, no exacta; más vieja, más triste, gastada por siglo y medio de agua.

Pero era la mía, la del retrato del torreón, la del escudo de la cuchara.

La cara de mi sangre. Era Eilidh. La primera.

La que ahogaron hace ciento cincuenta años para empezar la cuenta que Morag quería cerrar conmigo aquella noche.

Y en ese momento, con el agua en la cintura y la muerte a un paso, entendí por fin lo que llevaba desde octubre sin querer entender.

Que aquella mujer no había venido nunca a por mí.

Que cada vez que la había visto no me anunciaba mi muerte.

Me señalaba algo: mira aquí, mira lo que pasó, mira de quién eres, mira lo que te van a hacer si no lo ves a tiempo.

Me había llevado al vado el primer día para que viera dónde empezaba todo.

Me había enseñado las muertes para que entendiera que no eran maldición.

Me había puesto delante mi propia mortaja con el escudo de los míos para que supiera quién era antes de que fuera tarde.

La primera de mi sangre, tendiéndome la mano a través de siglo y medio de agua, para que yo fuera la que por fin no se ahogara.

Morag no la veía. Estaba a tres pasos, con los ojos clavados en mí, esperando a que el agua me llegara al cuello, y no veía a la mujer arrodillada entre las dos, porque Morag no era de la sangre y a la lavandera del vado solo la ve quien tiene sangre que perder.

Llevaba su familia siglo y medio ahogando a los míos en aquel vado, y en todo ese siglo y medio ninguno de ellos había llegado a ver lo que yo veía: que el agua nunca había estado vacía.

Que cada uno de los que tiraron a ella seguía allí.

Y que aquella noche estaban todos de mi parte.

Y dejé de tener miedo. El peligro seguía entero —el agua tiraba, Morag avanzaba, Calder peleaba por su vida a diez metros—, pero algo se me había soltado por dentro, y era el miedo.

Porque ya no estaba sola. Detrás de mí, en el agua, estaba toda mi sangre.

Y delante tenía a una vieja con un chal que llevaba cuarenta años matando a gente que le tenía miedo, y que acababa de cometer conmigo el único error que no se permitía nunca: dejar que la última de la cuenta dejara de tenérselo.

Morag dio el último paso, el que tenía que acabar conmigo, alargando las manos hacia mis hombros para darme el empujón definitivo, el que parecería un resbalón.

Y yo, en vez de retroceder hacia el agua como había hecho hasta entonces, como ella esperaba que hiciera, di un paso hacia ella.

Hacia la orilla. Hacia el suelo firme. Y le metí en el camino, con todas mis fuerzas, lo único que llevaba encima que servía para algo: el atizador de hierro de mi chimenea.

Le acerté en el brazo, en el que alargaba hacia mí, y el golpe sonó seco por encima de la tormenta, hierro contra hueso.

Morag soltó un grito —el primer sonido descompuesto que le oí en toda mi vida— y se dobló, y por un instante dejó de ser la sombra serena que me había estado empujando a la muerte y fue solo una mujer mayor a la que acababan de romperle algo.

Pero solo un instante. Porque Morag llevaba cuarenta años en aquel oficio, y yo no había peleado por mi vida jamás.

Se rehízo más rápido de lo que yo esperaba, se abalanzó sobre mí con una fuerza que no parecía de su edad, y las dos caímos.

A la piedra, al barro, y de la piedra al agua.

Al agua negra que llevaba siglo y medio esperándome.