50. Bajar al agua
Bajar al agua
No me dormí. Me quedé sentada en el borde de la cama, vestida, con el atizador en el regazo y la espalda contra la pared, oyendo la tormenta crecer y la casa crujir, contando las horas por las campanadas del reloj del vestíbulo, que llegaban amortiguadas por el fragor del viento.
Las dos. Las tres. A eso de las cuatro, cuando la noche estaba más negra y la tormenta más alta, lo oí.
El ruido venía de fuera, lejos, por la parte del vado: los perros, primero, ladrando como locos en las cuadras, y luego, por debajo del viento, otra cosa que tardé un instante en reconocer porque no encajaba con la hora ni con la noche.
Un caballo. Un caballo relinchando, asustado, allá abajo, en la oscuridad, por donde el camino bajaba al agua.
Calder. Tenía que ser Calder. Nadie en su sano juicio cruzaba aquel valle a las cuatro de la madrugada con la que estaba cayendo, salvo un hombre que volvía a la carrera a una casa donde había dejado algo que se le moría de miedo perder.
Había vuelto. Y había vuelto justo a la peor hora, al peor sitio, con el vado convertido en una trampa de agua negra.
Lo supe en el acto, con esa claridad fría que dan ciertos momentos: si Calder intentaba cruzar el vado aquella noche, el vado se lo llevaba.
Y supe también que bajar yo sola, a oscuras, hasta la orilla de ese vado, en plena tormenta, era meterme con mis propios pies en el sitio exacto donde Morag llevaba siglo y medio ahogando a los míos.
Era hacerle el trabajo. Lo supe, y bajé igual.
Porque entre quedarme a salvo viendo cómo el río se tragaba al hombre que quería y bajar a sacarlo aunque me costara la vida, no había, para mí, ninguna elección que hacer.
Cogí la linterna, agarré el atizador —que de poco me iba a servir contra lo que me esperaba— y salí a la tormenta.
El agua me caló antes de cruzar el patio.
El viento empujaba de lado, con ráfagas que cortaban la respiración, y el camino que bajaba al vado se había vuelto un barrizal por el que resbalé más de una vez, salvándome del golpe con el brazo de la linterna en alto, decidida a que aquella luz no se apagara.
La linterna. La misma que Calder me había hecho prometer que no soltaría nunca, la primera semana, cuando aquello me pareció la manía de un hombre raro. Bajé con ella encendida hacia la peor noche de mi vida, y resultó ser lo único que me libró de bajar a ciegas.
Llegué al vado y lo vi. A la luz de la linterna y de los relámpagos, en mitad de la corriente, estaba el caballo de Calder, hundido hasta el pecho, luchando contra el agua, y Calder agarrado a él, medio caído de la silla, intentando alcanzar la orilla por la que yo bajaba mientras el río tiraba de los dos hacia abajo con esa fuerza ciega que no se discute.
—¡Calder! —grité, y el viento se me llevó el nombre.
Y mientras corría los últimos pasos hacia el agua, con la linterna por delante y sin aire en el pecho, una voz tranquila, demasiado tranquila para aquella noche, habló justo detrás de mí.
—No corra tanto, señorita.
Morag. Había bajado detrás de mí, sin linterna, sin prisa, conociéndose el camino de memoria, envuelta en un chal oscuro que la hacía una sombra más entre las sombras.
Estaba justo entre el agua y yo. Y entendí, demasiado tarde, que no había hecho falta que me engañara con ningún recado.
Le había bastado con esperar a que yo misma bajara, por mi propio pie y por mi propia voluntad, hasta el sitio donde me quería.
Y allí estábamos los tres, por fin, en el sitio al que todo había estado llevándonos desde el día que bajé de aquel coche: Calder peleando con el río que se lo quería tragar, Morag entre el agua y yo con la calma del que ya ha ganado, y yo en medio, calada hasta los huesos, con una linterna en una mano y un atizador en la otra y sin la menor idea de cómo iba a salir viva de aquello.
La tormenta rugía. El vado bajaba negro.
Y en algún punto de aquella orilla, donde la espuma se rompía contra las piedras, me pareció ver —pero estaba oscuro, y tenía el miedo nublándome los ojos— una figura arrodillada en el agua, lavando, que esta vez no me dio ningún miedo.
Porque a aquellas alturas yo ya no necesitaba que nadie me lavara la mortaja para saber que la muerte estaba en aquel vado, conmigo, aquella noche.
La tenía delante. Se llamaba Morag Faulds.