La Heredera de la Niebla 49. Guerra de nervios
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49. Guerra de nervios

Guerra de nervios

Los días que siguieron a la marcha de Effie fueron los más largos de mi vida, y lo fueron precisamente porque no pasaba nada.

En aquel no pasar nada estaba toda la amenaza.

Morag y yo nos movíamos por la casa como dos animales que se han olido y esperan, cada una pendiente de la otra, cada una calculando.

Yo no comía nada que ella hubiera tocado sin que yo lo viera.

No bebía agua que no hubiera sacado yo misma del pozo.

Dormía con la silla atrancada y el atizador de la chimenea debajo de la almohada, a ratos cortos, vestida, con un ojo en la puerta.

Ella, mientras tanto, buscaba. No disimulaba ya ni eso.

Un día subí de la cocina y me encontré mi cuarto del revés: el colchón fuera de la cama, los cajones abiertos, mis libros por el suelo, el forro de mi baúl despegado.

Lo había registrado entero, sin molestarse en dejarlo como estaba, casi con ganas de que yo lo viera.

Buscaba el recetario. Y no lo encontraba, porque el recetario iba camino de Cladich cosido en el forro de un abrigo.

Tardó dos días en aceptar que no estaba en la casa.

Me di cuenta del momento exacto en que lo aceptó, porque algo cambió en ella.

Hasta entonces me había buscado las vueltas con una especie de cortesía rabiosa, como quien todavía cree que puede arreglar las cosas si encuentra lo que busca.

Cuando comprendió que el papel había salido del valle, que ya no podía quemarlo, que la prueba de siglo y medio de su trabajo andaba suelta camino de quien no debía, dejó de buscar.

Y dejó también de fingir que le importaba lo que yo pensara de ella.

Y ahí fue cuando entendí que había cometido un error de cálculo.

Yo había sacado el recetario de la casa para protegerlo.

Y lo había protegido, sí: a aquellas alturas Morag ya no podía destruirlo.

Pero al sacarlo había soltado, sin darme cuenta, lo único que me mantenía con vida.

Mientras el recetario estuvo en la casa, Morag me necesitaba viva para encontrarlo.

Ahora que estaba fuera de su alcance, ya no me necesitaba para nada.

Peor: ahora yo era un cabo suelto. La única persona que podía señalarla con el dedo, con nombre y apellido, delante de un juez.

Aquella noche Morag me subió la cena ella misma, cosa que no hacía nunca, y se quedó en la puerta de mi cuarto mirándome, con la bandeja en las manos, sin entrar.

—No se moleste —dije, sin tocar la bandeja—. No tengo hambre.

—Como quiera. —La dejó en el suelo, en el umbral, sin pasar a la habitación, como quien le deja la comida a un perro que muerde—. Tiene usted mala cara, señorita. No duerme. No come. Así no se puede aguantar mucho tiempo.

—Volveré a dormir bien cuando vuelva el amo —dije.

Algo le brilló en los ojos.

—El amo. Claro. —Sonrió—. El tiempo está muy malo en el norte estos días, señorita. Los caminos se cortan. Los vados se llevan a los jinetes con prisa. Yo que usted no contaría tanto con el amo.

Cuando se fue, no toqué la cena. La tiré por la ventana, al patio, por si acaso.

Y me senté en la cama, con el atizador en la mano, a hacer lo único que podía hacer: esperar.

Esperar a Calder, que a lo mejor venía y a lo mejor no.

Esperar a que Effie llegara a Cladich y el recetario empezara a hacer su trabajo lejos de allí.

Esperar a que Morag eligiera su momento, porque iba a elegirlo, y estar despierta cuando lo hiciera.

No pensaba ahogarme en aquel vado con la mansedumbre con que se habían ahogado los míos.

Si Morag quería a la última Lennox, iba a tener que venir a por ella.

Yo no era Eilidh, ni Isobel, ni Senga. Yo sabía lo que venía.

La tormenta llegó esa noche. La oí venir desde lejos, monte abajo, y para medianoche golpeaba ya las ventanas con una rabia que parecía personal, con el viento metiéndose por las rendijas y el río, allá abajo, rugiendo de una manera que no le había oído nunca.

Crecía. El vado, que llevaba días bravo, se estaba volviendo intransitable, y con cada hora que pasaba se cerraba un poco más la única puerta por la que podía entrar mi ayuda.

Y sin embargo, sin saber por qué, aquella noche el río me daba menos miedo que la casa.

Porque el río, al menos, mataba sin fingir que te apreciaba.

Y yo sabía que, en algún lugar de aquellos pasillos a oscuras, con su palmatoria y su paciencia de siglo, Morag Faulds había decidido por fin que esta era la noche.