La Heredera de la Niebla 48. Cuarenta millas
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48. Cuarenta millas

Cuarenta millas

Calder

Llevo dos días fuera de Dunmarach y los dos los he pasado deseando no haber salido.

El procurador es un hombre cuidadoso, de los que no se mojan hasta estar seguros de que el agua cubre.

Me ha hecho repetir tres veces la historia, me ha mirado los pocos papeles que pude salvar de la quema con cara de no creérselos, y al final, despacio, ha empezado a creérselos.

Tengo su palabra de que, en cuanto tenga delante la prueba que falta —el nombre, el dichoso nombre que Mara le está sacando a la tinta de Isobel—, mueve la maquinaria.

Denuncia el fraude. Abre la sucesión. Pone en marcha algo que ni Morag con todas sus llaves puede ya parar.

Tendría que estar contento. He conseguido lo que vine a conseguir. Y sin embargo llevo desde anoche con una piedra en el estómago que no me deja respirar, y sé exactamente cómo se llama esa piedra. Se llama haberla dejado sola.

Ya lo hice una vez. Metí a Isobel en esto, le conté mis sospechas, le encendí en la cabeza las mismas preguntas que ahora arden en la de Mara, y después me fui a Edimburgo tres semanas por unos asuntos que ahora no recuerdo ni cuáles eran.

Volví a tiempo de pagarle al sepulturero.

Me juré que no volvería a apartar la mirada.

Me lo juré delante de su tumba. Y a la primera de cambio he cogido un caballo y he puesto cuarenta millas entre Mara y yo justo cuando esa casa ha empezado a enseñar los dientes.

Salgo mañana al alba. No. Salgo esta noche. No puedo quedarme aquí una hora más sabiéndola bajo el mismo techo que Morag Faulds, con esa mujer rondándola y conmigo a dos días de distancia.

Es lo más absurdo que me ha pasado en la vida.

Me he enamorado de la única mujer del mundo a la que mi apellido le ha hecho más daño.

De la dueña legítima de la cama en la que duermo, de la mesa en la que como, del nombre que llevo.

Cada cosa que poseo se la debo a que su familia desapareciera.

Y aun así, si me dijera ahora mismo que para tenerla tengo que salir de Dunmarach con lo puesto y no volver a llamarme Maitland en mi vida, lo haría sin pensarlo dos veces. Lo haría con alivio.

Pero para eso tiene que estar viva. Y hay algo en este silencio de la noche, en lo despacio que pasan las horas, en el modo en que el mozo de la posada ha torcido el gesto cuando le he dicho que salía hacia el norte con el tiempo que se avecina, que me dice que no me queda tanto margen como creo.

He visto morir a una mujer en aquel vado por confiarse. No pienso ver morir a otra.

Le pido al posadero que me ensille el caballo.

Me mira como a un loco —y puede que lo sea, salir de noche, con lluvia, hacia un vado que a estas horas baja bravo—, pero me lo ensilla.

Mientras espero en el zaguán, con el abrigo ya puesto y el agua repiqueteando en los cristales, pienso en ella.

En que la dejé con una promesa a medias y un nombre a medio encontrar.

En que no le dije, porque no me salió, lo único que de verdad importaba decirle.

Y me juro, por segunda vez en dos años y rezando por que esta no llegue tarde como la primera, que voy a cruzar esas cuarenta millas, voy a entrar en esa casa y voy a sacarla de allí aunque sea lo último que haga.

Y que, en cuanto la tenga delante, esta vez sí se lo digo.