La Heredera de la Niebla 47. El cerco
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47. El cerco

El cerco

Calder se fue a Inveraray un jueves, con la palabra tachada por fin entera y un nombre que ya era el mío: a registrar lo que había desenterrado, a poner mi reclamación en manos de un procurador y de un sheriff, a hacer de una vez algo limpio con todo aquel fango viejo.

Cuarenta millas de ida. Volvería en tres días, cuatro con la lluvia.

Antes de subir al coche me cogió la cara con las dos manos y me dijo que no me separara de Effie y que no comiera nada que no hubiéramos preparado nosotras.

No hizo falta que me dijera de quién cuidarme.

Eso ya lo sabíamos las dos, Morag y yo, desde la tarde en que se le cayó la cara delante de mí y no se molestó en volver a recogerla.

Esperó a que el coche desapareciera por el camino del vado para empezar a cerrar el cerco. No con amenazas. Morag no amenazaba nunca; Morag organizaba, con la misma eficiencia callada con que llevaba cuarenta años organizando aquella casa y siglo y medio su familia el exterminio de la mía.

Lo primero fue Iain. A media mañana me contó, con su calma de siempre, que lo había mandado a Cladich a por unos encargos y que tardaría unos días en volver. El único hombre de la casa. El único que tenía caballo propio y se sabía los caminos de memoria. De pronto, en la otra punta del valle.

Bajé yo misma a la cuadra con cualquier pretexto.

La única yegua que quedaba tenía una pata vendada.

Morag me explicó, sin que se lo preguntara, que se había lastimado con una piedra suelta del patio.

Una piedra muy oportuna, en una semana muy oportuna.

No quedaba en Dunmarach nada con cuatro patas que pudiera sacarme de allí.

Y estaba la lluvia. Llevaba tres días cayendo sin tregua, y el vado, la única salida del valle a pie o en carro, había crecido hasta volverse intransitable.

Lo comprobé yo, con el chal calado hasta los huesos, plantada al borde de aquella agua parda y revuelta que me separaba de las cuarenta millas, de Calder, del mundo entero.

«El agua se cobra lo suyo», le gustaba decir a Morag.

El agua, de momento, se limitaba a cerrarme la puerta.

Así que hice cuentas, que es lo que mejor sé hacer.

Calder, a cuatro días. Iain, fuera. La yegua, coja.

El vado, crecido. La casa, de Morag hasta la última llave del último armario.

Effie y yo, solas, dentro, con la mujer cuya familia llevaba siglo y medio ahogando a la mía y haciéndolo pasar por desgracias.

Ya no era una sospecha. Era aritmética. Y la aritmética no me daba ningún resultado que me dejara dormir.

No por eso me quedé quieta. Lo primero fue Effie.

Le dije que no se apartara de mi lado ni para dormir, que solo comiéramos lo que cocináramos nosotras con nuestras propias manos, que no bajara sola ni a por un cubo de agua.

Se lo dije sin asustarla más de lo justo, aunque la cría llevaba ventaja: a fuerza de servir en aquella casa había aprendido a olerse el peligro mucho antes que a leer.

Escribí a Calder. Dos líneas, por si aparecía una manera de hacérselas llegar. Pero el único que iba y venía era Iain, y a Iain lo habían apartado a propósito, y la carta se me quedó en el bolsillo, doblada e inútil, un grito metido en un sobre sin nadie a quien dárselo.

Y dormí, las noches que dormí, con la cómoda atravesada contra la puerta y el atizador de la chimenea al alcance de la mano, contando las horas que faltaban para que bajara el agua o subiera Calder, lo que llegase primero.

Porque eso era el cerco de Morag, y por eso me daba más miedo que todos los pasos que le había oído en los pasillos.

No me perseguía. No le hacía falta. Había ido cerrando las salidas una por una, con paciencia de ama de llaves, y ahora solo tenía que sentarse a esperar a que la casa hiciera su trabajo: a que el agua subiera un palmo más, a que una noche fuera lo bastante larga, a que la última Lennox cometiera el error de bajar sola al sitio equivocado a la hora equivocada.

La trampa estaba echada. Solo quedaba que yo pusiera el pie.

Me quedé despierta hasta el alba con el hierro frío en la mano y la lluvia rayando el cristal, dándole vueltas a lo único que me sostenía.

Todas las mujeres de mi sangre que habían terminado en aquel vado habían bajado a él sin saber.

La heredera del retrato. Las que vinieron después, una por generación, arrancadas como mala hierba antes de que nadie llegara a saber que habían existido.

Ninguna vio venir el agua. Yo sí. Era poca cosa —saberlo— contra una casa entera cerrándose a mi alrededor.

Pero era exactamente lo que no había tenido ninguna de ellas. Y no pensaba desperdiciarlo.