La Heredera de la Niebla 46. Las dos solas
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46. Las dos solas

Las dos solas

No volví a bajar a la galería. Después de lo que nos habíamos dicho Morag y yo, la casa se había convertido en un tablero en el que cada paso que daba lo daba contando las casillas.

Tenía claro lo que me jugaba. Que Morag iría a por el recetario en cuanto pudiera, porque era lo único que la frenaba.

Y que, con Calder a un día y medio de camino en Inveraray, no había en aquella casa nadie que fuera a impedírselo.

La conclusión era sencilla y no me gustaba nada: el recetario no podía quedarse en la casa.

Mientras estuviera bajo el mismo techo que Morag, con sus llaves y su siglo de práctica en encontrar lo que la gente esconde, era cuestión de tiempo que diera con él.

Y el día que lo encontrara, yo dejaba de tener nada con que pararle los pies.

Tenía que sacarlo de allí. Tenía que ponerlo en manos de Calder, o del procurador, o de cualquiera lo bastante lejos del valle como para que el agua no llegara.

El problema era cómo. Yo no podía salir.

Lo comprobé esa misma tarde, con la excusa de tomar el aire: las cuadras estaban cerradas, e Iain, que las llevaba, había recibido de la señora Faulds instrucciones de que los caballos descansaban hasta que volviera el amo.

El vado, con las lluvias de la semana, bajaba crecido y turbio, de los que se cruzan con una soga y un mal recuerdo, no a pie y sola.

Y el único camino que no pasaba por el vado daba un rodeo de medio día por un monte que yo no conocía y que, a aquellas alturas del año, era una manera elegante de perderse para siempre.

Y luego, esa misma noche, Morag me sirvió en bandeja la única salida que me quedaba, sin darse cuenta de que me la servía.

Subió a decirme, con su cortesía de costumbre, que a la mañana siguiente mandaba a Effie unos días a casa de una tía suya en Cladich, que la cría estaba pálida y el aire de Dunmarach no le sentaba bien.

La excusa era mentira, claro. Lo que Morag quería era quitarme de al lado a la única persona de la casa que estaba de mi parte.

Pero, al hacerlo, me ofrecía sin saberlo un par de piernas jóvenes que salían del valle al amanecer, con permiso, sin levantar sospechas.

Esa noche fui al cuarto de Effie cuando la casa dormía. La desperté, le pedí que no encendiera la vela, y a oscuras, en voz muy baja, le pedí lo más difícil que le he pedido nunca a nadie.

Le di el recetario, envuelto en un hule y atado, y un papel doblado encima con dos líneas para Calder.

Le dije que lo escondiera bien, que no se lo enseñara a nadie, que no lo soltara ni para dormir.

Que en cuanto llegara a Cladich buscara la manera de hacérselo llegar al amo, que estaba en Inveraray, o al procurador del que él me había hablado.

Que de aquel paquete dependían cosas que ella no necesitaba saber, pero que eran importantes, más importantes que mi vida o que la suya.

Y que si alguien por el camino —cualquiera, me oyes, cualquiera— le preguntaba qué llevaba, dijera que ropa y un pan, y siguiera andando.

Effie me escuchó en la oscuridad sin interrumpir, con esos ojos suyos demasiado despiertos para la hora que era. Y cuando terminé, en vez de preguntar lo que cualquiera habría preguntado —por qué, de qué, qué peligro—, dijo solo:

—¿Es para hacerle justicia a los míos, señorita?

Me quedé sin saber qué contestar. Porque «los suyos» y «los míos», aunque ella todavía no lo supiera, eran exactamente la misma gente.

—Sí —dije al final—. Es para eso.

Y no le mentí ni en una sílaba.

Effie salió al amanecer, con su hatillo al hombro y el recetario cosido por dentro del forro del abrigo, donde lo habíamos metido las dos a la luz de la luna con una aguja y un hilo.

Morag la despidió en la puerta, le dio recuerdos para la tía y le repasó el abrigo con la vista, esa vista suya que lo registra todo.

Se me paró todo por dentro hasta que la vi cruzar el patio, salir por el portón y echar a andar camino del monte, pequeña y firme, con siglo y medio de mi familia cosido a la espalda sin saberlo.

Morag la siguió con la mirada hasta que dejó de verse.

Luego se volvió hacia mí, muy despacio, y me dedicó una de sus sonrisas de no haber roto un plato.

—Ya estamos más tranquilas, ¿verdad, señorita? Las dos solas.

Las dos solas. Tenía razón. Effie iba camino de Cladich, Calder estaba en Inveraray, Iain obedecía a quien le pagaba, el doctor Sproull firmaba lo que le pusieran y el vado bajaba crecido.

No quedaba en varias leguas a la redonda una sola persona que fuera a mover un dedo por mí.

Lo había apostado todo a un hatillo cosido a la espalda de una cría de dieciséis años y a que Calder volviera antes de que Morag se cansara de esperar.

No era una gran apuesta, pero era la única que me quedaba.

Y mientras subía a mi cuarto a atrancar otra vez la puerta, con la casa entera en silencio y los pasos de Morag sonando despacio en algún sitio por debajo de mí, entendí que la parte difícil no había hecho más que empezar: ahora tenía que seguir viva los días que tardara mi propia jugada en volver a buscarme.