45. Mala hierba
Mala hierba
Después de aquella noche en la cripta, la casa cambió de temperatura.
No de un día para otro, sino despacio, como cambia el tiempo antes de una tormenta: una presión nueva en el aire, un silencio más cargado, la sensación de que algo estaba a punto de romperse.
Calder había salido al amanecer hacia Inveraray, a ver a un procurador en cuya discreción confiaba, a empezar a mover por lo legal lo que yo había encontrado por lo forense.
Lo cual me dejaba, con todo lo que ya sabía pesándome dentro, sola en aquella casa con Morag Faulds.
La encontré a media mañana en la galería, quitándole el polvo a los retratos de los Maitland, uno por uno, con un paño y una parsimonia de oficio antiguo.
Llevaba toda la vida limpiando las caras de la familia que se había quedado con la mía, y lo hacía con un cuidado que de pronto, sabiendo lo que sabía, se me hizo obsceno.
Me paré a mirarla. No sé qué buscaba. Supongo que ya no era capaz de pasar por su lado y fingir.
Ella notó que la miraba.
—¿Se le ofrece algo, señorita? —dijo, sin volverse, con esa cortesía suya que ya no me engañaba.
—No —dije—. Solo la miraba trabajar.
Pasó el paño por la cara de un Maitland de hacía cien años, un tipo de gesto duro y ojos pequeños, y habló sin que yo le preguntara.
—Este es sir Andrew. El que levantó el ala nueva. —Otra cara—. Este, su hijo. —Otra—. Buena gente, los Maitland. Siempre han sabido cuidar de los suyos. Mi familia lleva sirviéndolos desde antes de que ninguna de las dos tuviera abuela.
—Cuidar de los suyos —repetí—. Sí. A costa de no dejar vivir a los míos.
Se hizo un silencio. Morag dejó de pasar el paño.
Se volvió despacio, con el trapo todavía en la mano, y me miró de una manera que no le había visto nunca: de frente, sin la pantalla de la servidumbre, de mujer a mujer, de cazadora a presa.
Y cuando habló, la voz era la misma de siempre, igual de tranquila, igual de cortés.
Solo que ya no se molestaba en disimular lo que había debajo.
—Conque ya lo sabe —dijo—. Me preguntaba cuánto tardaría. Tiene usted mejor ojo que la señora Isobel, se lo reconozco. A ella le costó más. Y mire cómo acabó.
—Usted la mató.
—Yo no maté a nadie, señorita. —Lo dijo sin pestañear—. El río se llevó a la señora Isobel, igual que se llevó a la pobre Senga, y al notario Crozier, y a tantos otros a lo largo de los años. En este valle el agua se cobra lo suyo. Pregúntele a quien quiera.
Y ahí estaba el horror de aquella mujer: que ni siquiera a solas, ni siquiera conmigo, que ya lo sabía todo, soltaba la palabra que la condenaba.
Llevaba su familia siglo y medio matando con esa misma frase en la boca.
El agua se cobra lo suyo. La maldición de Dunmarach.
Mala suerte. Un descuido junto al vado. Nunca un cuchillo, nunca una soga, nunca nada que un juez pudiera tocar.
Solo empujones en la oscuridad, escalones aflojados, una mano en la nuca el tiempo justo bajo el agua, y luego el doctor Sproull firmando que había sido el corazón, o el río, o la voluntad de Dios.
—¿Por qué? —pregunté, porque necesitaba oírlo—. ¿Qué le ha hecho mi familia a la suya para que lleven ciento cincuenta años matándonos?
Morag dobló el paño en cuatro, despacio, con las esquinas perfectas, como doblaba todo.
—Su familia no nos ha hecho nada, señorita.
No se trata de eso. —Volvió a colgar el paño del cinturón—.
Hay casas que duran y casas que no. Los Maitland duran porque alguien se encarga de que duren.
De que no aparezca cada veinte años un Lennox cualquiera con un papel viejo a reclamar lo que ya es de otros y a revolverlo todo.
Mi familia se ha encargado de eso. Generación tras generación.
Sin ruido, sin gloria, sin que nadie nos lo agradezca.
Es un trabajo, como otro cualquiera. Alguien tiene que hacerlo.
—Y a usted —dije—, ¿le gusta su trabajo?
Algo se le movió en la cara, por una vez. Algo más hondo y más frío que una sonrisa.
—Me gusta hacer las cosas bien —dijo—. Y llevo cuarenta años haciéndolas bien.
—Me sostuvo la mirada—. Usted es la última, señorita Solís.
O Lennox, o como quiera llamarse. La última de una mala hierba que mi familia lleva siglo y medio arrancando.
Y las malas hierbas, cuando se las deja, vuelven. Así que no. No voy a dejarla.
Tendría que haberme dado miedo. Me lo dio. Pero por debajo del miedo había otra cosa que no esperaba, y era rabia, una rabia limpia y antigua, de toda la sangre que aquella mujer había ido tirando al río como quien tira al montón las hojas muertas del jardín.
—Se equivoca usted en una cosa —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz—.
Isobel no dejó pruebas porque no le dio tiempo.
Yo sí. Lo que su familia lleva siglo y medio borrando ya está escrito, y está donde usted no va a encontrarlo, y si me pasa cualquier cosa —un escalón, un mal paso junto al agua, lo que sea— sale a la luz entero, con su nombre encima.
Así que ándese usted también con cuidado.
Morag me miró un rato largo, calculando, como calcula quien lleva toda la vida calculando.
—Es usted más lista que ella —concedió al fin—.
Lo tendré en cuenta. —Cogió el cubo y el plumero y se dio la vuelta para seguir con los retratos, con la misma calma con que se habla del tiempo—.
Pero le voy a decir una cosa, señorita, gratis, de mujer mayor a mujer joven.
Los papeles se queman. Las personas que los guardan, también.
Y el agua tiene mucha paciencia. Más que usted.
Y volvió a su trabajo, a quitarle el polvo a las caras de los muertos que la habían tenido a ella y a los suyos haciéndoles el trabajo sucio durante siglo y medio, tan tranquila, tan cortés, tan dueña de aquella casa como no lo había sido nunca el pobre Calder.
Yo subí a mi cuarto con las piernas temblando.
La partida había cambiado de tablero. Hasta aquella mañana, Morag y yo habíamos jugado a fingir, cada una con su careta puesta.
Ahora las caretas estaban en el suelo, las dos sabíamos exactamente lo que era la otra, y solo quedaba por ver quién llegaba antes: ella a un descuido mío junto al agua, o yo a meterla entre rejas con un cuaderno de recetas.
Y el agua, en aquel valle, llevaba siglo y medio llegando siempre la primera.