La Heredera de la Niebla 44. Bandos contrarios
79%

44. Bandos contrarios

Bandos contrarios

Calder estaba en la cripta, como casi todas las noches, inclinado sobre los pocos papeles que Morag no había llegado a quemar, con una vela consumiéndose a su lado. Levantó la cabeza cuando me oyó bajar, y algo en mi cara le hizo dejar la pluma.

—¿Qué ha pasado?

No supe cómo decirlo con rodeos, así que lo dije sin ellos. Puse el recetario abierto sobre la mesa, delante de él, con la palabra recuperada todavía húmeda de la luz que le había sacado, y hablé:

—Ya tengo el nombre que Isobel tachó. El apellido de la sangre que tu familia lleva siglo y medio borrando de este valle. —Respiré—. Es el mío, Calder. Mi padre era un Lennox. La heredera que llevas dos años buscando soy yo.

No se levantó de golpe. No me preguntó si estaba segura.

No puso ninguna de las caras que pone alguien al que acabas de dar una noticia imposible.

Cerró los ojos despacio, como quien recibe un golpe que llevaba mucho tiempo esperando, y cuando los volvió a abrir tenía en ellos algo que tardé un segundo en reconocer, porque no esperaba encontrarlo: alivio. Y, debajo del alivio, miedo.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Creo que lo supe desde el primer día.

Y me lo contó. Que el día que llegué a Dunmarach, cuando me vio bajar del coche con el pelo mojado de lluvia, se le fue el suelo de debajo, porque era el pelo del retrato.

El mismo color imposible, ni rojo ni castaño, que solo había visto en un sitio en toda su vida: en la cara pintada de la heredera que su familia había hecho desaparecer.

Que se dijo que era casualidad, que el mundo está lleno de mujeres pelirrojas, que se lo inventaba porque llevaba dos años buscando fantasmas.

Pero que cada semana que pasaba conmigo le costaba más creérselo.

Y que llegó un punto en que dejó de querer averiguarlo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque el día que lo confirmara —dijo, y le costaba sacar las palabras—, el día que tuviera delante la prueba de que tú eres quien eres, tenía que elegir entre la única vida que conocía y la única persona que me había hecho querer otra.

Y sabía que te iba a elegir a ti. Y me daba pánico.

—Apartó la cara—. Porque si tú eres la heredera, Mara, todo lo que soy es mentira.

La casa en la que nací es robada. El título que llevo es robado.

El apellido que me dieron está manchado de sangre desde antes de que yo naciera, de la sangre de tu gente, de tu abuela y de la abuela de tu abuela.

Yo me he pasado la vida durmiendo encima de esa sangre sin saberlo, comiendo de lo que les quitaron, viviendo de su desgracia.

No sé cómo se mira a los ojos a la mujer a la que tu propia familia ha intentado borrar del mundo. Llevo semanas sin saberlo.

Y ahí estábamos los dos, en aquella cripta, encima de los huesos de mi sangre, mirándonos por fin sin secretos y descubriendo que la verdad, una vez dicha, no nos hacía libres: nos ponía en bandos contrarios de una guerra que ninguno de los dos había empezado.

Yo lo quería. No me cabía duda de eso, y eso era justamente lo peor.

Porque querer a Calder Maitland era querer al hombre que tenía lo que era mío.

Era querer al único que salía ganando cada vez que el río se llevaba a uno de los míos.

Y por un momento —uno solo, feo y rápido, del que todavía me avergüenzo— lo miré y pensé: ¿y si todo esto es teatro?

¿Y si el laird arruinado que no quiere su título, el que me enciende el fuego y me ofrece devolvérmelo todo, es el cebo más limpio que ha puesto nunca esta casa para que la última Lennox baje ella solita y confiada hasta la orilla del agua?

Lo pensé. Y luego miré de verdad al hombre que tenía delante —los ojos hundidos de dos años sin dormir bien, las manos manchadas de la tinta de buscar una verdad que lo iba a arruinar, la cara de quien acaba de perder en una frase la única vida que conocía y no ha hecho ademán de echársela en cara a la mujer que se la quita—, y supe que no.

Que Calder no era el cazador. Que llevaba dos años cavando, él solo, la tumba de su propia casa, por una idea de justicia que no le iba a devolver nada.

Que un hombre que monta una trampa no se pasa las noches torturándose por una mujer muerta hace dos años. No, Calder no me mentía.

Pero saber que no me mentía no arreglaba lo otro.

Porque aunque Calder fuera el hombre más honrado de las Tierras Altas —y empezaba a creer que lo era—, seguía siendo verdad que su mundo y el mío no podían existir a la vez.

Que para que yo recuperara lo mío, él tenía que perderlo todo.

Que el día que se hiciera justicia con mi familia, el hombre al que quería se quedaba sin casa, sin nombre y sin tierra por una culpa que no era suya.

No había en aquella cripta un final feliz esperándonos.

Había, como mucho, una verdad compartida y una cuenta que no salía por ningún lado.

Calder rodeó la mesa, despacio, y se paró delante de mí. No me tocó. Creo que no se atrevía.

—Es tuyo —dijo—. Todo. La casa, la tierra, el nombre. Voy a ayudarte a probarlo aunque sea lo último que haga, y lo más probable es que lo sea. —Se le quebró la voz—. No te pido nada a cambio. No tengo derecho a pedirte nada. Solo te pido que no te mueras antes de que pueda devolvértelo.

No le contesté con palabras. No las tenía.

Lo que tenía era el recetario abierto sobre la mesa, con mi nombre verdadero asomando de la tinta de una muerta, y la certeza fría de que aquel papel, que era mi única prueba y mi única arma, era también mi sentencia de muerte firmada.

Porque hasta aquella noche yo había sido para Morag una amenaza posible, una forastera que husmeaba demasiado.

A partir de aquella noche, con el nombre encontrado, yo era exactamente lo que su familia llevaba siglo y medio matando: la última Lennox, viva, despierta y a punto de demostrarlo.

La poda llevaba ciento cincuenta años esperando para dar el último tijeretazo.

Y yo acababa de ponerme, con mi propio nombre en la mano, justo debajo.