La Heredera de la Niebla 40. La mortaja
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40. La mortaja

La mortaja

Salí antes de que clareara, con el frío metido en los huesos y la linterna apagada, para que nadie en la casa me viera cruzar el patio.

El sendero hasta el vado lo había hecho ya muchas veces, pero nunca a aquella hora ni con aquello en la cabeza.

La hierba estaba blanca de escarcha y el río se oía antes de verse, ese rumor bajo y continuo que en Dunmarach no calla nunca.

Llevaba en el bolsillo el calco del borrón, lo poco que había logrado sacarle a la palabra tachada de Isobel, para cotejarlo con la losa de Eilidh en cuanto cruzara al otro lado. Ese era el plan. El río tenía otros.

Llegué al vado con las primeras luces, esa claridad gris y sin sol en que las cosas todavía no tienen color. Y allí estaba ella.

No como la había visto en octubre, una silueta lejana al otro lado del agua que se deshacía en cuanto la miraba de frente.

Ni como la había entrevisto en el cristal de mi ventana, un reflejo de un segundo.

Esta vez estaba cerca. A diez pasos. Arrodillada en la piedra plana del vado, con el agua hasta los codos, lavando. Y esta vez no se deshizo.

Lavaba una tela larga y blanca, y la escurría, y la volvía a meter en el agua, con un gesto pausado y antiguo, el gesto de quien lleva haciendo lo mismo más tiempo del que tiene un nombre.

No me miró. Siguió a lo suyo, ajena a mí —o no ajena del todo, porque empecé a sospechar que yo era justamente lo que la había traído hasta allí.

Levantó la tela del agua, la sostuvo un momento en alto para escurrirla, y la vi entera.

La tela tenía una marca. Bordada en una esquina, descolorida por el agua y los años pero todavía legible en su forma, había un escudo.

Un escudo de armas que yo conocía. Que conocía mejor que mi propia letra, porque me había pasado la infancia entera mirándolo, dándole vueltas entre los dedos, intentando descifrar un dibujo que el uso había gastado hasta dejarlo casi liso.

El mismo escudo que llevaba grabado, borroso e ilegible, la cucharilla de bautizo que había sido de mi padre.

El único objeto del mundo que me ataba a un hombre sin nombre.

La lavandera del vado estaba lavando una mortaja con el escudo de mi sangre. Y yo era la última de esa sangre que quedaba viva. No me hacía falta saber más heráldica que la que sabía, ni más leyenda que la que me había contado Effie, para entender de quién era aquella tela. Era mía.

Lo que no encajaba —y tardé en darme cuenta, porque el espanto no deja sitio para pensar— era que aquella mujer no me amenazaba.

No se me echó encima. No me persiguió. Lavaba mi mortaja despacio, con cuidado, y cuando levantó la cara y me miró —y le vi los ojos, o el hueco gris donde el agua le había gastado los ojos—, no encontré en ellos el triunfo de quien viene a llevarse a alguien.

Encontré algo más parecido a la pena. No supe qué hacer con aquello.

No casaba con el espanto que me subía por las piernas.

Así que no hice nada: lo aparté, como se aparta lo que no se entiende para poder seguir respirando, y me quedé con lo único que sí entendía.

Que aquella tela era mía. Que el río me la estaba preparando.

Cuando volví a mirar al vado, no había nadie.

Solo el agua, gris, indiferente, lavándose a sí misma sobre las piedras.

Crucé. No sé de dónde saqué las piernas para hacerlo, pero crucé el vado donde acababa de ver lavada mi propia mortaja, porque al otro lado estaba la losa y la losa era la razón de haber salido.

No me sirvió de nada. La piedra de Eilidh seguía donde Calder me la había enseñado, pero el apellido que alguien había picado a cincelazos no estaba picado: estaba arrancado.

Habían cincelado tan hondo y tan a conciencia que donde debía ir un nombre había un cráter de piedra lisa, sin un trazo, sin el fantasma de una letra, sin nada que un ojo por bueno que fuera pudiera rescatar.

Quien borró a mi familia de aquel valle no dejó cabos sueltos en la piedra.

Me quedé un rato largo con los dedos metidos en aquel hueco frío, entendiendo que la losa no me iba a dar el nombre.

Solo me quedaba un sitio donde buscarlo.

Volví a la casa con el calco inútil en el bolsillo y, en su lugar, una certeza helada: que el final que acababa de ver lavado en aquella orilla era el que el valle me tenía reservado desde antes de que yo naciera.

El mismo de Eilidh. El mismo de Isobel. El mismo de todos los míos.

No sabía si lo que había visto era una sentencia o un aviso.

Pero sabía que, fuera lo que fuera, solo podía pelearlo de una manera: sacándole a aquel maldito recetario el nombre de mi padre antes de que el agua —o Morag, que para el caso eran ya la misma cosa— viniera a buscarme.

Porque la lavandera podía estar equivocada. El nombre, no.