39. El otro lado del vado
El otro lado del vado
Le conté a Calder lo de la escalera esa misma tarde, en la cripta, que era el único sitio de la casa donde podíamos hablar sin que las paredes nos oyeran.
Se quedó muy quieto mientras yo se lo contaba, con esa quietud suya que no es calma sino lo contrario, y cuando terminé tenía los nudillos blancos de apretar el borde de la mesa.
—Te dije que te fueras —dijo, y la voz le salió ronca—. En octubre te lo dije. Y en cuanto Ranald asomó, te lo volví a decir.
—Y yo te dije que no —contesté—. Las dos veces.
Se pasó la mano por la cara.
—A Isobel también la metí yo en esto. Le enseñé los papeles, le conté lo que sospechaba, le dije que entre los dos lo resolveríamos.
Y un día de invierno salió a dar un paseo que yo no le pedí que diera y no volvió.
Llevo dos años diciéndome que no fue culpa mía.
Casi me lo creo. Hasta que apareciste tú, y se me quitó de golpe lo poco que había llegado a creerme.
No le dije que se equivocaba, porque no se equivocaba. Le dije otra cosa, que era la única que servía:
—Entonces ayúdame a terminarlo deprisa. Porque irme no me va a salvar: a Isobel no la salvó quedarse, ni a Senga esconderse, ni a Lachlan Crozier nada.
A nadie en este valle lo ha salvado nunca no saber.
Solo hay una manera de salir viva de aquí, y es averiguar la verdad entera antes de que la verdad me averigüe a mí.
Y ahí estaba el muro contra el que llevábamos días dándonos.
Los dos sabíamos quién había aflojado aquel escalón, quién había prendido aquel baúl, quién llevaba siglo y medio ahogando gente en aquel vado sin que se le moviera un músculo de la cara.
Lo sabíamos. Pero saberlo no es probarlo.
Morag no dejaba nada escrito, no dejaba testigos, no dejaba un cardenal donde no pudiera haberlo puesto una caída.
Y el doctor Sproull firmaba lo que le pusieran delante sin levantar la sábana.
Acusarla sin pruebas no servía de nada; peor: era ponerle delante un nombre más que tachar.
Solo había una llave que abriera todas las puertas a la vez, y era el nombre.
Si yo conseguía demostrar quién era la sangre legítima de Dunmarach —ponerle un apellido a la rama arrancada, sacar de la tinta tachada de Isobel el nombre que alguien había querido borrar del mundo—, todo cambiaba de golpe.
El título de Calder se caía. El fraude quedaba a la vista.
Y siglo y medio de accidentes dejaba de ser mala suerte para convertirse en lo que era: la defensa de una herencia robada, asesinato tras asesinato.
Con un móvil. Con un culpable. Con un caso.
Aquel nombre era mi origen, era la condena de Effie y era la prueba del fraude.
Y era, sobre todo, la única arma que teníamos.
Calder se inclinó sobre la mesa, sobre los pocos papeles que nos quedaban, con una luz nueva en la cara.
—Si encontramos a esa heredera —dijo—, si existe, si queda alguien de esa sangre y podemos demostrarlo, yo se lo devuelvo todo. La casa, la tierra, el título, lo que sea. No quiero nada de esto. Nunca lo he querido. Lo único que quiero es dejar de dormir encima de una tumba.
Y yo, que tenía delante al hombre que me había quitado el sueño y me había encendido el fuego cada noche, al hombre por el que había cruzado todas las rayas que me había jurado no cruzar, lo tenía además ofreciéndome, sin saberlo, todo lo que era mío por sangre.
Le habría bastado mirarme un segundo de más.
Tengo el pelo del retrato. Tengo la cara de la losa picada.
La heredera que buscaba la tenía sentada enfrente, bebiéndose su whisky malo y callándose como una tumba.
Estuve a punto de decírselo. Tenía la frase entera en la boca: «Soy yo, Calder. La que buscas soy yo.»
No la dije. Y no me callé por dudar de él.
Me callé porque el día que aquel nombre saliera a la luz, yo dejaba de ser la mujer de la que se había enamorado para pasar a ser su sentencia: la prueba viva de que su familia era una mentira y de que él tendría que entregar la única vida que conocía.
No estaba lista para hacerle eso. Todavía no.
Me dije que se lo contaría cuando tuviera el nombre entero y la prueba en la mano, y no antes.
Me mentí, como se miente una para aplazar lo que no tiene aplazamiento.
Esa misma noche volví al borrón. Llevaba semanas con él, frotando con miga de pan, con luz rasante, con todas las tretas de mi oficio, y la palabra empezaba por fin a soltar su secreto a cuentagotas.
El nombre entero no, aún no. Pero sí lo bastante para saber que era un apellido, y para que se me fuera formando en la cabeza una sospecha que no me atrevía a creer.
Para confirmarla necesitaba cotejarla con algo, y solo había una cosa en todo el valle con la que cotejarla: la losa de Eilidh, la del cementerio, esa de la que alguien había picado el apellido a cincelazos pero de la que quizá, con el ojo bien puesto y la luz de costado, todavía pudiera arrancarse el fantasma de unas letras.
La losa estaba en el cementerio de la iglesia vieja.
Y la iglesia vieja estaba al otro lado del vado.
Decidí ir a la mañana siguiente, temprano, con la excusa de copiar epitafios para la documentación, que a nadie le extraña que una archivera ande entre tumbas.
Pero mientras me dormía, con el nombre rondándome y la losa esperándome al otro lado del agua, no se me iba de la cabeza una cuenta muy sencilla y muy fea.
Cada vez que yo había visto a la lavandera, alguien de mi sangre había aparecido ahogado en aquel vado.
Lachlan Crozier. Senga Tait. Y a la mañana siguiente, por mi propia voluntad, iba a plantarme yo sola, de madrugada, a la orilla de ese mismo vado, a buscar el nombre de los muertos en el único sitio del mundo donde los muertos de mi sangre tenían por costumbre que se les uniera alguien más.