33. El cuarto de Isobel
El cuarto de Isobel
Hay en toda casa grande una puerta que no se abre.
En Dunmarach había varias, porque media casa estaba clausurada por falta de gente y de motivos, pero todas aquellas estaban cerradas de la misma manera: con polvo, con olvido, con el desinterés de quien deja morir un cuarto porque ya no lo necesita.
Una no. Una estaba cerrada de otra manera. Sin polvo en el picaporte. Con llave.
La encontré buscando otra cosa, que es como se encuentra casi todo lo que importa.
Llevaba días dándole vueltas a dónde podía haber guardado Isobel lo que no estuviera ni en el recetario ni en el libro de cuentas, y se me ocurrió lo más sencillo: en su cuarto.
Le pregunté a Effie cuál era. Se puso pálida.
—Ese no se abre, señorita —dijo, bajando la voz—. El señor tiene la llave. No deja entrar a nadie. Ni a mí, para limpiar. Lo limpia él.
Lo limpia él. Me quedé con aquello dándome vueltas el resto del día, y por la noche, cuando la casa dormía, hice lo que hago siempre que una puerta cerrada me dice más que una abierta: fui a mirarla.
No tuve que forzar nada. La llave estaba puesta por dentro, y la puerta, solo entornada. Calder estaba allí.
No me vio. Estaba de espaldas, sentado en el borde de una cama hecha, en un cuarto que no era el de un muerto olvidado, sino el de alguien que fuera a volver de un momento a otro.
Había flores secas en un jarrón, cambiadas hacía poco.
Un chal doblado en una silla. Un cepillo en el tocador, con su mango hacia el mismo lado en que lo deja una mujer que lo va a volver a coger.
Dos años llevaba aquel cuarto esperando a una mujer que sacaron del vado dos inviernos atrás, y lo esperaba porque había un hombre que no había dejado que dejara de esperarla.
Me retiré sin que me oyera. Pero volví al día siguiente, cuando supe que él había bajado al valle, porque mi oficio no respeta ni el luto ajeno y porque necesitaba ver con mis ojos a la mujer cuya silla ocupaba.
La vi. En el tocador había un retrato pequeño, una miniatura en su marco, y por fin le puse cara a Isobel. Y me senté en la silla del tocador, despacio, porque lo que vi no era lo que esperaba.
Esperaba, sin habérmelo confesado, encontrarme a mí misma.
Encontrar mi cara, o la del retrato del torreón, o algo de aquel parecido imposible que llevaba semanas persiguiéndome de cuadro en cuadro.
Y no. Isobel no se parecía a mí en nada.
Era una mujer corriente y guapa, de cara redonda y ojos claros y una sonrisa que el pintor había cazado a medias, de las que se quedan a deber.
Una cara amable. Una cara cualquiera. Una cara que no estaba en ningún otro sitio de aquella casa, que no colgaba de ninguna pared antigua, que no la compartía con ninguna ahogada de hacía siglo y medio.
Y entonces lo entendí, y fue peor que cualquier parecido.
Isobel no era de la sangre. Isobel no era nada de aquello.
Era solo una mujer que se había casado con el dueño de la casa y que un día, ordenando papeles igual que yo, había empezado a ver lo que no debía.
No la mataron por lo que era. La mataron por lo que vio.
Era inocente de toda aquella historia vieja, ajena del todo, y la mandaron al agua igual, sin que fuera ni su pelo ni su sangre ni su cara lo que la condenaba: solo su curiosidad.
Me miré en el espejo manchado del tocador, con la miniatura de Isobel al lado, las dos caras juntas, la suya pintada y la mía viva, como había visto en el torreón otras dos caras, solo que al revés.
Allí me había asustado el parecido. Aquí me asustó lo contrario.
Porque si a Isobel, que no era nadie, que solo había mirado, la habían ahogado por mirar, ¿qué iban a hacer conmigo, que miraba igual que ella y que además era lo mirado?
Isobel había sido un estorbo. Yo era el motivo.
Ella se interpuso por casualidad. Yo era aquello que llevaban siglo y medio queriendo borrar.
La diferencia, lejos de protegerme, me condenaba.
—No deberías estar aquí.
No lo había oído entrar. Calder estaba en la puerta, y no había rabia en su voz, sino un cansancio viejo, el de un hombre al que han pillado en el único sitio donde no quería que lo vieran.
—Lo limpias tú —dije, sin moverme del tocador—. Cambias las flores. Dejas el cepillo donde ella lo dejaba.
—Es lo único que sé hacer por ella. —Entró. Se quedó de pie, mirando el cuarto como se mira una habitación que uno conoce de memoria—. No pude protegerla viva. Lo menos que puedo es no dejar que se la lleve también el polvo. —Apartó la vista—. Sé que es absurdo. Sé que está muerta. Lo limpio igual.
—¿La querías?
Tardó en contestar, y cuando lo hizo no me miró a mí, sino a la miniatura.
—La quería. No como… —Se paró—. La quería de otra manera.
Tranquila. Como se quiere lo que da paz.
Y por eso me cuesta más perdonarme, porque a la paz se la cuida, y yo no la cuidé bastante.
—Entonces sí me miró, y había algo nuevo en su cara, algo que me heló más que todo lo demás—.
Y ahora estás tú. Y a ti no te quiero tranquila.
A ti te quiero de la otra manera, de la que no deja dormir.
Y miro este cuarto, y te miro a ti haciendo exactamente lo que hacía ella, leyendo lo que ella leyó, acercándote a lo que la mató, y me muero de pensar que voy a tener que aprender a limpiar dos cuartos.
No supe qué decirle. Porque no era una declaración, aunque lo fuera; era un hombre confesándome que amarme le daba pánico, que en su experiencia querer a una mujer en aquella casa era una forma de matarla despacio, y que no sabía cómo quererme sin firmar mi sentencia.
Salí del cuarto de Isobel sabiendo más que al entrar, y nada de ello me servía para vivir más tranquila.
Sabía que la primera esposa había sido inocente y la habían ahogado igual.
Sabía que el hombre del que me había enamorado guardaba un altar a su muerta y se culpaba de ella hasta el tuétano.
Y sabía, sobre todo, que yo era la segunda mujer de aquella casa que andaba el camino de Isobel, con la diferencia de que el mío no terminaba donde el suyo: el suyo terminaba en el agua por casualidad, y el mío llevaba siglo y medio terminando en el agua a propósito, esperándome desde antes de que naciera.
Querer a Calder no me apartaba de ese final.
Era parte de él. Y, aun sabiéndolo, no se me pasó ni un momento por la cabeza dejar de quererlo.