La Heredera de la Niebla 32. La rama viva
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32. La rama viva

La rama viva

Pasé los días siguientes enterrada hasta el cuello en el baúl de Eilidh, que es como debe enterrarse un archivero: por elección y con provisiones.

Calder me había subido el baúl al cuarto una noche, a escondidas, y yo había apartado el caso de los Maitland —el encargo, lo que me pagaban por leer— para dedicarme a lo otro, a lo que no me pagaba nadie y me importaba el doble: a reconstruir a los míos.

Es un trabajo raro reconstruir una familia que sospechas que es la tuya.

Cada partida de bautismo emborronada era un primo que no llegué a tener.

Cada acta de defunción con una fecha sospechosamente temprana —un ahogado, una caída, una fiebre que llegó muy a punto— era un crimen viejo que ya nadie iba a castigar.

Fui levantando, hoja a hoja, el mapa de una matanza paciente: cómo la familia nueva, los Maitland, había ido apretando a la vieja generación tras generación, empujándola al margen, a la pobreza, al apellido cambiado por matrimonio y, cuando hacía falta, al agua.

Hay una diferencia enorme entre investigar a unos muertos y velar a los tuyos, aunque por fuera se parezcan, porque ambas se hacen con papeles y paciencia.

Cuando el muerto es tuyo, cada dato pesa el doble.

Yo había catalogado en mi vida miles de defunciones sin que se me moviera nada por dentro; era mi oficio, y un oficio se ejerce con la cabeza fría.

Aquellas, no. Aquella niña muerta de fiebre a los cuatro años, con un apellido prestado, era de los míos, y yo la lloraba ciento y pico años tarde, a solas, en un cuarto frío, como no había llorado a nadie de mi propia familia, porque nunca había tenido familia que llorar.

Y fui acercándome al nombre. No lo tenía aún —el apellido raíz seguía arrancado de todas partes, como un diente que alguien se hubiera empeñado en sacar de cuajo de todas las bocas a la vez—, pero lo iba cercando.

Sabía ya el siglo, la comarca, los apellidos prestados con que la rama se había ido disimulando: Crozier, Tait, Murchie y media docena más.

Sabía que el tronco estaba en aquel torreón.

Me faltaba solo el tronco mismo: el apellido que lo ataba todo y que mi cucharilla gastada no me quería decir.

Y descubrí una cosa que me quitó el sueño más que ninguna otra: que la rama no se había secado del todo.

Por más que la habían podado, quedaban ramitas vivas.

Descendientes recientes, niños incluso, repartidos por el valle bajo apellidos que ya nadie relacionaba con la casa grande.

La poda no había terminado, como me había avisado la lavandera.

Quedaban brotes de aquella sangre sueltos por el valle —aunque yo todavía no supiera ponerles apellido— a los que aún les faltaba su turno.

Y a mí, que empezaba a sentirme una de ellos, se me revolvía todo al pensar que, mientras yo reconstruía el árbol, alguien más podía estar leyendo en él, igual que yo, la lista de los que faltaban por podar.

Aquello le daba al asunto una urgencia que el caso de los muertos no tenía.

A los muertos ya no se les salva; se les cataloga y se les llora.

Pero si quedaban brotes vivos de aquella sangre —niños, dije, niños que jugaban en el barro de algún caserío sin saber de qué familia venían—, el árbol que yo tenía clavado en la pared dejaba de ser solo el mapa de una matanza vieja.

Era también una lista de futuras víctimas.

Y no sabía si era la única que la tenía.

Calder y yo trabajábamos de noche, los dos, en mi cuarto o en la cripta, con la puerta cerrada y media casa durmiendo.

Y era, lo confieso, lo más parecido a la felicidad que yo había tenido nunca: un hombre que pensaba como yo, que veía lo que yo veía, con el que podía hablar de todo...

menos de la única cosa que importaba. Porque cada noche, mientras le pasaba a Calder un nombre nuevo de su lista de víctimas, me callaba que aquel nombre era de mi familia.

Y cada vez que él se inclinaba sobre el árbol y decía «aquí falta alguien, aquí hay un hueco que no entiendo», yo sabía que el hueco era yo, y me mordía la lengua.

Mentir por omisión es un arte sucio: no dices nada falso, solo dejas un agujero con la forma exacta de la verdad y rezas para que el otro no lo mire de frente.

Me había pasado la vida guardando secretos ajenos, así que se me daba bien.

Con Calder se me daba fatal, porque era la única persona a la que había mentido queriéndola.

Y sabía, con la lucidez con que se saben las cosas que no se quieren saber, que un secreto así no aguanta indefinidamente.

Tarde o temprano, o lo contaba yo, o lo contaban los papeles por mí. Y prefería con mucho que lo contara yo.

Lo que no calculé —y debí calcularlo, porque me las daba de lista— es que dos personas que se encierran cada noche a cuchichear sobre papeles llaman la atención.

Fue Ranald quien lo vio primero. Una mañana me lo encontré esperándome en el despacho, sentado en mi silla, con uno de los registros de Eilidh —un registro que yo había dejado, como una idiota, encima de la mesa— abierto entre las manos. No fingió no haberlo visto. Al contrario.

—Curioso —dijo, sin levantar la vista—. Partidas de una familia que, según los papeles oficiales, no existió nunca.

¿De dónde las ha sacado, señorita? —Levantó los ojos, y su sonrisa de hombre encantador se había convertido del todo en otra cosa—.

¿Y por qué las lee de noche, con mi primo, en un torreón en el que se supone que no entra nadie?

No le di la satisfacción de ponerme nerviosa, aunque por dentro lo estaba.

Le dije que los papeles eran parte de mi encargo, que mi trabajo consistía precisamente en leer lo que otros querían olvidar, y que con quién y dónde lo hacía no era asunto suyo.

Ranald me dejó terminar, asintiendo, como quien escucha una mentira que le viene de perlas.

Y luego dijo la frase que me dejó claro que el juego había cambiado de tablero.

—Mire, señorita, a mí me da igual lo que estén desenterrando ahí abajo.

Lo que me interesa es para qué sirve. Si esos papeles prueban que el título de mi primo no se sostiene, usted y yo deberíamos ser amigos, porque trabajamos para lo mismo.

Y si no quiere ser mi amiga... —se levantó, dejó el registro abierto donde estaba, encantador hasta el final— tendré que preguntarme qué la hace a usted más leal a Calder Maitland que a la verdad. Y a quién le conviene saberlo.

Se fue silbando, dejándome con el registro abierto y la certeza de que acababa de encenderse algo que ya no se iba a poder apagar.

Ranald no era el asesino —de eso estaba casi segura, porque un asesino no amenaza, actúa—.

Era algo más vulgar y, a corto plazo, más peligroso: un oportunista que acababa de oler un secreto que valía un título, y que estaba dispuesto a remover el avispero entero —a hablar con quien hiciera falta, a despertar a quien hiciera falta— con tal de sacar tajada.

Y un oportunista que remueve un avispero no necesita saber lo que hay dentro para conseguir que pique.

Esa era la trampa de Ranald: que con sus prisas y su codicia podía, sin enterarse, hacer justo lo que el asesino llevaba siglo y medio evitando.

Podía hacer ruido. Podía conseguir que alguien se fijara, en voz alta, en una familia que llevaba generaciones borrándose en silencio.

Yo necesitaba tiempo y discreción para atar los cabos antes que nadie; Ranald amenazaba con dejarme sin ninguna de las dos.

Lo que no entendía Ranald, lo que yo solo empezaba a entender, es que en aquella casa había alguien a quien más valía no despertar.

Y que, el día en que ese alguien comprendiera lo cerca que estaba yo de atar todos los cabos, dejaría de tratarme con la cortesía que se le guarda a una invitada molesta y empezaría a tratarme como llevaba siglo y medio tratando a los de mi sangre.