29. Lo que encaja
Lo que encaja
Me desperté antes del amanecer en una cama que no era la mía, caliente como no lo había estado en semanas, con el brazo de Calder pesándome encima y la sensación rarísima de ser, durante unos minutos, casi feliz.
Duró poco. Duró lo que tardó mi cabeza en ponerse otra vez en marcha, que es poco, porque mi cabeza no descansa ni cuando le conviene.
Tendría que haber aprendido a disfrutar de aquellos minutos, que no me sobran.
Una mujer más sabia se habría quedado quieta, oliendo a aquel hombre, dejando que el mundo esperara fuera un rato más.
Pero yo no sé apagarme: es la servidumbre de los que vivimos de entender cosas, que la cabeza sigue trabajando aunque le supliques que pare, mientras el cuerpo todavía quiere creer que es feliz.
Y lo primero que hizo, en cuanto se despejó, fue volver a lo de Morag.
Llevaba un día entero tranquilizándome con que la regla de la lavandera era falsa, o un cuento, o una manera que tenía aquella mujer siniestra de meterme el miedo en el cuerpo.
Pero hay una cosa que un archivero no sabe hacer, por mucho que quiera, y es creerse una explicación que no encaja solo porque le convenga.
Y la explicación cómoda —que Morag mentía— no encajaba.
Porque ¿para qué iba a inventarse una regla tan concreta, tan rara, tan poco aparatosa para asustar a nadie?
El miedo se mete con cosas vagas: con sombras, con ruidos, con maldiciones sin detalle.
No se mete con una norma precisa que se puede comprobar.
Morag no me había contado un cuento para asustarme.
Me había contado, por la razón que fuera, una verdad.
Y eso era mucho peor que una amenaza. Una amenaza se combate; una verdad solo se puede mirar de frente o no mirar, y mirar para otro lado nunca se me ha dado bien.
Me gano el pan precisamente por eso: puesta a elegir entre una mentira cómoda y una verdad que me hunde, soy incapaz de quedarme con la mentira, aunque me vaya en ello la paz.
Es más defecto que virtud. Aquella madrugada empezó a costarme caro.
Me levanté sin despertarlo, me eché su abrigo por encima y, no sé por qué, me acerqué a la ventana, a ese cristal que ya me había enseñado una vez algo que yo no quería ver.
Esta vez no había ninguna lavandera. Esta vez solo estaba yo: mi cara, pálida, despeinada, con este pelo caoba que se me había soltado en la noche.
Y mirándome en aquel cristal, con la regla de Morag dándome vueltas, oí, clarísima, la voz de Senga Tait: «La cara siempre vuelve al mismo sitio».
Senga me había mirado el pelo y había sabido.
La vieja que se sabía todos los partos y todas las muertes del valle había visto, en mi cara de forastera, una cara que conocía de siempre.
No había hablado de un parecido casual: había dicho «vuelve», como vuelve algo que ya estuvo, como vuelve una cara a un sitio del que salió.
Y lo que yo llevaba semanas sin atreverme a nombrar —el parecido entre mi pelo y el del retrato del torreón— dejó de ser un parecido. Era un parentesco.
Y encajó. Encajó de golpe, con esa violencia con que encajan las cosas que llevamos tiempo evitando que encajen.
La regla decía que solo ve a la lavandera quien va a perder a alguien de su sangre.
Yo la había visto. Dos veces, claras, más nítida que nadie en aquel valle.
Por lo tanto —y no había forma de salir de aquel «por lo tanto»— yo tenía sangre en aquel valle. Sangre que perder.
Y si yo tenía sangre en aquel valle, entonces todo lo demás se daba la vuelta como un calcetín.
La rama borrada que llevaba semanas recuperando del pergamino no era el árbol de unos desconocidos a los que yo investigaba con la frialdad del oficio.
Era el mío. Crozier y Senga dejaban de ser dos muertos del caso: eran parientes míos, primos lejanos a los que habían podado mientras yo tomaba notas sobre su sangre como quien cataloga sellos.
La lavandera no me perseguía. Me reconocía.
Llevaba semanas saliéndome al paso para enseñarme una mortaja que cada vez estaba más cerca de ser de los míos.
Y había una vuelta más, la peor de todas, la que me dejó sentada en el suelo frío con el abrigo de él oliendo todavía a él.
Si yo era de la rama legítima, de la que alguien llevaba siglo y medio arrancando del árbol para quedarse con lo suyo, entonces el hombre que dormía a tres metros de mí —caliente, desnudo y por fin tranquilo— era de la otra.
De la rama que se lo había quedado. Acababa de pasar la noche más feliz de mi vida con el heredero de la familia que, con toda probabilidad, había exterminado a la mía.
No hay novela que se atreva con una crueldad tan redonda, porque parecería inverosímil.
Y sin embargo allí estaba él, durmiendo a tres metros, con el pelo revuelto y la cara por fin en paz: el hombre más decente que había encontrado en aquel valle, el único que me había avisado, el único que me había suplicado que me marchara para salvarme la vida.
Y su apellido era el del verdugo. Y el mío, si aquel pelo no mentía, el de las víctimas.
Pocas veces en mi vida he odiado tanto tener razón.
Lo único que me salvaba de la certeza absoluta —y nunca un clavo ardiendo me supo tan amargo— era que no podía probarlo.
Porque, para cerrar del todo aquel «por lo tanto», me faltaba la pieza de siempre, la que me había faltado toda la vida sin que me importara hasta aquella madrugada: el apellido de mi padre.
Mi padre, el escocés que pasó por Cádiz, que quiso a mi madre lo justo para que yo existiera y se volvió a su tierra sin dejar más rastro que mi pelo y mi terquedad.
Nunca supe su apellido. Mi madre no lo decía, y yo, de cría, aprendí a no preguntar.
Y ahora ese nombre que jamás me había hecho falta era, de pronto, lo único que separaba una sospecha vertiginosa de una verdad que lo cambiaba todo.
No desperté a Calder para contárselo. ¿Cómo se le dice a un hombre, la mañana después de pasar la noche con él, «creo que tu familia exterminó a la mía, y que el título por el que te peleas con tu primo es, en realidad, mío»?
No se dice. No, al menos, sin estar segura.
Me vestí en silencio, le miré dormir un momento más —tranquilo como hacía dos años que no estaba, decía él, y yo acababa de quitarle esa tranquilidad sin que él lo supiera siquiera— y salí de su cuarto con una sola idea fija, fría y clara como la hoja de un cuchillo: tenía que averiguar el nombre de mi padre.
Volví a mi cuarto cuando empezaba a clarear.
La chimenea estaba encendida —cómo no— y la linterna seguía donde la había dejado, apagada, inútil contra la única clase de oscuridad que importaba.
Me senté a mirar el árbol que tenía clavado en la pared, aquella rama recuperada a fuerza de luz y de paciencia, y la miré de otra manera.
Ya no buscaba en ella a las víctimas de un crimen ajeno.
Buscaba un hueco: el sitio, en las ramas de abajo, donde debería ir un nombre que nadie había escrito todavía.
El de un hombre que cruzó el mar, tuvo una hija en una ciudad de luz al otro lado del mundo y le dejó en herencia este pelo —el mismo del retrato del torreón— sin contarle jamás de qué rama venía.
Si yo tenía razón, ese hueco era el mío. El último de la lista. Y la lavandera, que no se equivoca nunca, llevaba semanas saliéndome al paso para enseñarme una mortaja que ya no era la de un desconocido. Era la de los míos. Y, al final de la lista, tal vez la mía.