La Heredera de la Niebla 28. La noche sin frío
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28. La noche sin frío

La noche sin frío

Hay noches en que el miedo y el deseo se parecen tanto que una ya no sabe cuál de los dos la lleva hasta una puerta que no debería abrir.

Después de lo de Morag pasé el día con el cuerpo en otra parte.

Su advertencia me había dejado una certeza fría: que en aquella casa había alguien contando los días, y que esos días, fueran los que fueran, se estaban acabando.

Y cuando una sabe que se le acaba el tiempo, hace cosas que con todo el tiempo del mundo no se atrevería a hacer.

Llevaba toda la vida administrándome: el cariño, la confianza, las ganas, dándolos siempre a plazos y con garantías, no fuera a salir perdiendo.

Es lo que se aprende cuando te crías sabiendo que la gente se va —que tu madre se muere, que tu padre no estuvo nunca— y decides que es más barato no necesitar a nadie.

Aquella tarde, con la voz de Morag rondándome y la sensación de que el reloj corría hacia algún sitio malo, caí en que llevaba veintisiete años ahorrando para una vejez que a lo mejor no me esperaba. Y decidí gastar.

Aquella noche, en lugar de quedarme mirando la linterna como todas las noches, crucé el pasillo.

No me dije que iba a hablar con él, ni a preguntarle nada, ni a seguir tirando del hilo del caso, porque habría sido mentira y a aquellas alturas estaba cansada de mentirme.

Llamé a su puerta sabiendo exactamente lo que iba a hacer, y, por una vez, no me importó no tener una buena razón.

Abrió en mangas de camisa, con un libro en la mano y la cara de quien lleva horas sin pasar página.

Me miró, y le bastó mirarme para entender a qué venía.

Vi cómo peleaba consigo mismo —vi cruzarle por la cara, una detrás de otra, todas las razones por las que aquello era una pésima idea— y vi el momento exacto en que decidió mandarlas a todas al diablo.

Aquel forcejeo callado suyo, lejos de echarme atrás, acabó de decidirme.

Un hombre que se lanza sin pensar no dice nada; eso lo hace cualquiera.

Pero un hombre que ve con toda claridad por qué no debe, que tiene los argumentos contados y el miedo justificado, y aun así elige acercarse, te está diciendo cuánto le importas por el tamaño de lo que arriesga.

Calder no me quería a pesar del peligro.

Me quería sabiéndolo, que es la única forma que vale.

—Esto va a complicarlo todo —dijo, sin moverse de la puerta.

—Ya lo sé.

—Y mañana seguirá habiendo un asesino en esta casa, y dos hombres disputándose un título, y una mujer que no debería fiarse de ninguno de los dos.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué...?

—Porque mañana es mañana —dije, y di el paso que faltaba—. Y esta noche estoy harta de tener miedo.

Lo que vino después no se parece a nada que yo sepa contar, y eso que me gano la vida con las palabras.

Me besó con la urgencia de quien lleva años posponiéndolo, no semanas, y yo me dejé, y dejé de pensar, que es lo más difícil que sé hacer.

Había una chimenea encendida, claro que la había —en aquella casa siempre había una chimenea encendida donde menos se esperaba—, y a su luz nos fuimos quitando, con prisa y con torpeza, la ropa y, con la ropa, todo lo demás: la desconfianza, la cautela, el mes entero de fingir que lo que pasaba entre nosotros era un asunto de archivo.

Tenía el cuerpo de un hombre que trabaja la tierra y las manos más suaves de lo que ese cuerpo prometía, y cuando me tocó —despacio primero, como quien comprueba que algo es de verdad, y luego ya no despacio— se me olvidó que aquellas mismas manos las había imaginado culpables.

Hay una clase de silencio que dice más que cualquier confesión, y aquella noche Calder me dijo, sin una palabra, todo lo que llevaba semanas sin poder decirme: que tenía miedo, que estaba solo, que llevaba dos años convencido de no merecer que nadie volviera a tocarlo, y que yo, contra todo pronóstico, le importaba más de lo que le convenía.

Yo había tocado muchos documentos en mi vida y muy poca piel.

Sabía leer una caligrafía temblorosa y descifrar lo que un hombre callaba por carta, pero hacía años que no dejaba que nadie me leyera a mí.

Aquella noche me dejé leer entera, sin clave, sin tachaduras, sin esa letra apretada que se inventa una para que el secreto no se entienda a la primera.

Por una noche fui un texto en limpio. Daba un miedo distinto a todos los demás, y no lo habría cambiado por nada.

No le voy a contar a nadie lo que fue lo demás, ni siquiera a este papel, porque hay cosas que se gastan al contarlas y aquella no pienso gastarla. Diré solo que aquella fue la única noche, desde que puse un pie en aquel valle de muertos, en que no tuve frío.

Después nos quedamos quietos, enredados, mirando el techo. Él me tenía cogida como quien por fin ha recuperado algo que daba por perdido, y yo, que llevaba toda la vida durmiendo sola por elección y por orgullo, descubrí que no me molestaba en absoluto el peso de otro brazo encima.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo él en la oscuridad, al cabo de un rato.

—Sorpréndeme.

—Que ahora ya no voy a poder dejar que te vayas. Y que no irte de aquí es, probablemente, lo que te mate.

Le busqué la mano bajo las mantas y se la apreté, porque no tenía una respuesta mejor que esa.

—Pues entonces más vale que averigüemos quién es antes de que lo haga —dije.

—¿«Averigüemos»?

—Tú sabes cosas que yo no sé. Yo sé leer cosas que tú no sabes leer. Llevamos un mes haciéndonos los tontos cada uno por su lado. Igual ya va siendo hora de hacerlo juntos.

Calder se quedó callado un rato. Luego dijo:

—Hay cosas que no se pueden contar. Hay que enseñarlas. —Me apretó él la mano esta vez—. Pronto. Hay un sitio al que tengo que llevarte, pero no es sencillo, y tampoco es seguro. Déjame elegir el momento.

No insistí. Llevaba semanas queriendo que aquel hombre me abriera una puerta y acababa de prometerme que lo haría; presionar habría sido de tonta.

Pero algo cambió con aquella conversación, algo que a su manera pesaba más que lo de la cama: después de un mes tirando del hilo yo sola, por fin tenía a alguien tirando del otro extremo.

Dos personas que saben cosas distintas son más del doble de peligrosas que una.

Y por una vez esa ventaja jugaba de mi lado, no del de quien llevaba siglo y medio matando a oscuras.

Me dormí antes que él, lo cual no me pasa jamás, con la cabeza en su pecho y el rumor del río de fondo, ese río que se llevaba a la gente y que aquella noche, por una vez, sonaba casi a nana.

No sabía —no podía saber— que aquella iba a ser la última noche entera de paz que tendría en Dunmarach.

Que a la mañana siguiente todo lo que creía entender se me iba a dar la vuelta como un guante, y que la regla que Morag me había soltado el día antes, esa que yo había descartado por no tener ni pies ni cabeza, iba a encajar de golpe en el peor sitio posible.

Pero eso era mañana. Y aquella noche, una de las pocas de mi vida, me dormí caliente y acompañada, sin saber que estaba durmiendo en la boca del lobo.