27. Vigilia
Vigilia
Aquella noche no pude dormir, y no fue por los papeles.
Fue por Morag. Por la conversación de la tarde, por todas las cosas que me había dicho sin decírmelas, por aquella manera suya de hablarme de los inviernos del valle y de la gente que se llevan.
El cuarto, el más frío de la casa, se me había vuelto una trampa con cama.
Cada crujido de la madera era un paso en el pasillo; cada golpe del viento, una mano en el picaporte.
Así que hice lo que se hace cuando la cama es lo último que apetece: me eché un chal por encima y bajé a buscar el calor que quedara despierto en alguna parte de aquella casa.
Quedaba en la biblioteca. Calder estaba allí, donde se le encontraba siempre que no estaba en ninguna parte, con un libro abierto sobre las rodillas que no leía y el fuego casi consumido.
No se sorprendió de verme. Creo que él tampoco dormía nunca del todo.
Creo que en aquella casa, cada uno por su motivo, no dormía nadie.
—No puede dormir —dijo. No era una pregunta.
—Su ama de llaves tiene una conversación que quita el sueño.
No le dije más, y no me hizo falta. Le cambió algo en la cara, una sombra que no era de sorpresa, y atizó el fuego sin decir nada, y me señaló con la barbilla el sillón de enfrente.
Me senté. Y nos quedamos los dos delante de la lumbre que volvía a crecer, en aquella casa enorme y dormida, despiertos y a solas, como dos personas que ya no necesitaban fingir delante de la otra que estaban allí por casualidad.
Hablamos. No de los papeles, por una vez.
Hablamos de esas cosas que solo se cuentan de madrugada, cuando el cansancio le baja a uno la guardia y la oscuridad le tapa la cara.
Le pregunté por ella. Por Isobel. No sé de dónde saqué el valor, o la falta de tacto; a lo mejor de que llevaba semanas viviendo en su silla y leyendo lo que ella leyó, y sentía que tenía algún derecho.
Pensé que se cerraría, como se cerraba siempre. No se cerró. Miró el fuego un buen rato, y luego habló, con una voz baja y pelada que no le había oído nunca.
—La saqué yo del agua —dijo—. ¿Lo sabía?
Esa parte el pueblo no la cuenta. La encontré yo, al amanecer, en el vado, y la saqué yo, y la traje en brazos hasta la casa, y todavía no sé cómo no me morí allí mismo con ella.
—Tomó aire. No me miraba—. Y al día siguiente el valle entero había decidido que la había ahogado yo.
Y los dejé. Porque no podía probar lo contrario, y porque la verdad, la de verdad, era peor que dejar que me creyeran un asesino.
Así que cargo con eso. Con que me crean lo que no soy, para no tener que contar lo que sí pasó.
—¿Y qué pasó? —pregunté, muy bajo.
—Que no pude protegerla. —Se volvió hacia mí, y a la luz del fuego tenía la cara de un hombre que lleva dos años ahogándose por dentro sin que nadie lo saque a él—.
Vio algo que no debía ver. Empezó a tirar de un hilo.
Y yo no llegué a tiempo. Eso es lo único que voy a poder decirle, y ya es más de lo que le he dicho a nadie.
No me dijo quién. No me dijo de qué. Y por un momento, mientras lo miraba, me acordé de la hoja escondida en el libro de cuentas, de aquel «ya no me fío de nadie de esta casa, ni siquiera» cortado a media palabra, y la duda me pasó por encima como una corriente fría: y si el «ni siquiera» eras tú.
Y si el hilo que no llegaste a tiempo a salvar lo cortaste tú.
La duda estaba ahí, entera, y tenía todo el derecho del mundo a estar.
Y la aparté. Aquella noche, mirando a aquel hombre roto a la luz de su propio fuego, decidí —no con la cabeza, que mi cabeza llevaba semanas gritándome que tuviera cuidado, sino con otra cosa— creerle.
Elegir su dolor por encima del susurro del pueblo y por encima de mi propio miedo.
A lo mejor me equivocaba. Pero estaba cansada de tener miedo sola, y él era lo único caliente en aquella casa de hielo, y hay noches en que eso pesa más que toda la prudencia del mundo.
Le conté de mí. Que estaba sola en el mundo desde antes de lo que recordaba.
Que mi madre se había muerto sin contarme de dónde venía, y que mi padre no era ni un nombre, solo una cuchara y un silencio.
Que llevaba la vida entera ordenando la historia de otras familias precisamente porque no tenía una propia que ordenar, y que por eso no sabía marcharme de aquella casa por mucho que me lo pidiera el sentido común: porque nunca había tenido un sitio que me importara lo suficiente para tener miedo de él.
No sé en qué momento nos habíamos acercado.
La biblioteca es grande y los dos sillones estaban lejos, y sin embargo en algún punto de aquella madrugada yo estaba sentada en el borde del mío y él se había inclinado hacia delante en el suyo, y teníamos las caras a un palmo, y el fuego nos calentaba a los dos por el mismo lado.
Le miré la boca. Él me la miró a mí. Y no había ya ningún papel entre las manos, ninguna excusa, ningún escudo que leer; solo dos personas en una casa dormida que llevaban semanas dándose la vuelta para no llegar exactamente a aquí.
No nos besamos. Estuvimos al borde —tan al borde que noté su respiración, y la mía se me había ido a alguna parte—, y frenó uno de los dos, no sabría decir cuál.
No por no querer. Por lo contrario: porque los dos supimos, en aquel medio palmo de aire que nos quedaba por cruzar, que cruzarlo no iba a tener vuelta atrás, y que aquella no era la noche, todavía, no con Morag al otro lado de las paredes y la casa entera escuchando.
Pero esta vez el casi no se deshizo. Otras veces, cuando nos habíamos rozado, la cosa se rompía y cada uno volvía a su sitio y a su papel.
Aquella madrugada no se rompió. Se quedó ahí, entre los dos, encendida y sin apagar, cuando me levanté por fin y le di las buenas noches con una voz que no me salió firme, y cuando subí a mi cuarto helado, que ya no me pareció ni la mitad de frío que al bajar.
Me metí en la cama con una certeza que daba un poco de vértigo: que la próxima vez que estuviéramos así de cerca, ninguno de los dos iba a frenar.
Y con otra más honda todavía: que, pasara lo que pasara, lo había elegido yo, con los ojos abiertos, en una casa que me quería muerta y al lado del único hombre del valle del que no debía fiarme.
No me dormí pensando en el peligro. Aquella noche me dormí sin tanto frío.