La Heredera de la Niebla 26. Lo que sabe Morag
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26. Lo que sabe Morag

Lo que sabe Morag

Hay personas a las que el frío les sienta como a otras el calor, y Morag Faulds era de esas.

En cinco semanas no le había visto sudar, ni reírse, ni equivocarse.

Llevaba la casa como se lleva un reloj caro: sin un ruido, sin un fallo, y con la misma falta absoluta de afecto.

Yo había aprendido a esquivarla por el mismo instinto por el que se esquiva una corriente fría: no porque hiciera nada, sino porque a su lado bajaba la temperatura.

Llevaba cinco semanas estudiándola sin sacar nada en claro, y eso, en mi oficio, es ya un dato.

A la gente se la lee por sus excesos: lo que teme, lo que desea, lo que se le escapa.

Morag no tenía excesos. Era toda superficie lisa, sin asideros, como una pared sin junturas por la que no hay manera de trepar.

Y yo sabía de sobra que las personas sin grietas no es que no tengan nada dentro: es que han dedicado mucho esfuerzo a tapar las grietas.

Por eso me extrañó que, la mañana después de subir al monte con Calder, fuera ella quien me buscara a mí. Me encontró en el despacho, sola, y entró sin llamar, con una bandeja de té que yo no había pedido y que era, las dos lo sabíamos, una excusa.

Dejó la bandeja, se quedó de pie y me habló con esa cortesía suya que siempre me había parecido un cuchillo envuelto en un paño.

Pero aquella mañana el paño era más fino.

Que Morag se molestara en hablarme ya era una anomalía.

En cinco semanas no me había dirigido más palabras que las justas para mandarme a la mesa o a la cama.

Si aquella mañana bajaba en persona, con un té que yo no había pedido, era porque algo la había movido a hacerlo.

Y lo único que había cambiado de la víspera a aquella mañana era que yo había subido a un monte con Calder y había vuelto distinta.

No hacía falta ser muy lista para atar una cosa con la otra.

Empezó por donde empiezan los que quieren decir una cosa fingiendo decir otra: por mi salud.

Que si me veía cansada. Que si dormía bien en aquel cuarto, que era el más frío de la casa.

Que una señorita de ciudad no estaba hecha para los inviernos de allí, y que los inviernos de allí, además, traían cosas.

—¿Qué clase de cosas? —pregunté, porque no soy de las que dejan una frase así colgando.

Morag me miró un momento antes de contestar, calibrándome, decidiendo cuánto decir.

—Cosas del valle, señorita. Viejas. —Juntó las manos sobre el delantal—.

Usted habrá oído hablar de la lavandera del vado, imagino.

Aquí todos crecemos oyéndolo. Pero la gente del pueblo, que es ignorante, lo cuenta mal.

Creen que la lavandera es mal agüero para cualquiera que la vea.

Y no es así. La lavandera es muy selectiva con a quién se deja ver.

No se aparece a cualquiera. Solo se aparece —y esto es lo que la gente no entiende— a quien está a punto de perder a alguien de su propia sangre.

A nadie más. Por eso los forasteros nunca la ven: porque no tienen aquí sangre que perder.

—De modo que, si alguna vez creyera usted haberla visto —siguió, con la misma voz lisa con que habría anunciado que iba a llover—, no se preocupe.

Será el cansancio, o el frío, o esa imaginación que tienen las señoritas que leen demasiado.

Porque usted, señorita, aquí no tiene a nadie.

—Hizo una pausa mínima—. A no ser que sepa usted de la suya algo que yo no sé.

No supe qué contestar, porque la pregunta no tenía sentido para mí y, sin embargo, me la hizo con una intención que sí lo tenía.

Le dije la verdad: que no sabía de mi sangre nada que no supiera todo el mundo, que mi madre era de Cádiz y mi padre un escocés al que apenas conocí y del que ni siquiera tengo el apellido.

Morag escuchó aquello sin mover un músculo.

Pero hubo algo —un parpadeo, una quietud de más, el tiempo de un latido en que dejó de ser una mujer aburrida sirviendo un té— que se me quedó grabado sin que entonces supiera por qué.

Recogió la bandeja que no había servido para nada.

Aquel parpadeo lo archivé sin entenderlo, como se archiva una palabra en un idioma que todavía no se habla.

Me extrañaba que a una mujer tan dueña de su cara se le escapara nada, y menos al oír algo tan corriente como que mi padre había sido un escocés cualquiera.

Pero el nombre que no pude darle —porque no lo tenía— la tocó.

Parecía haber esperado otro. Y mi ignorancia sobre mi propio padre parecía, para ella, menos una decepción que la confirmación de algo que había bajado a comprobar.

—Pues entonces no tiene usted de qué preocuparse —dijo desde la puerta—. Que descanse, señorita. Y abríguese. Los inviernos de aquí se llevan a los que no son de aquí con una facilidad que asusta.

Cuando se fue, me quedé con el té enfriándose, que fue lo único de aquella conversación que hizo lo que se esperaba de él.

Había venido a decirme algo, y me lo había dicho, aunque yo todavía no supiera del todo qué.

Por fuera había sido una advertencia amable: abríguese, descanse, los inviernos de aquí son duros.

Por dentro había sido otra cosa, y me dejó tres puntos clavados que no conseguí quitarme en toda la tarde.

Para empezar, una regla nueva y demasiado precisa para ser superstición: que la lavandera solo se aparecía a quien estaba a punto de perder a alguien de su sangre.

Eso no sonaba a cuento de viejas; sonaba a una ley que alguien conocía de muy cerca.

Luego, una tranquilidad que se me hizo veneno en cuanto la pensé: Morag se había tomado la molestia de bajar a asegurarme que yo no podía haber visto a la lavandera, porque aquí no tenía sangre que perder.

Buen consuelo, salvo por un detalle: yo sí la había visto.

Dos veces. Y, por encima de todo, una pregunta que no tenía salida buena: para venir a tranquilizarme sobre algo que yo no le había contado más que a Effie, Morag tenía, por fuerza, que saber ya que yo la había visto.

Aquella noche le di vueltas a la contradicción hasta marearme, porque era de las que no se dejan resolver.

Si Morag tenía razón y la lavandera solo se aparecía a la sangre del valle, yo no debería haberla visto jamás, porque yo no era de aquí: era una española con un apellido materno y un padre del que no sabía ni el nombre entero.

Pero la había visto. Dos veces, claras. Lo cual solo dejaba dos salidas: o la regla de Morag era falsa... o yo me equivocaba sobre de dónde era.

Me quedé con la primera, porque la segunda no tenía ni pies ni cabeza.

Mi padre era escocés, sí, pero podía ser escocés de cualquier parte.

España está llena de hijas de marineros que no saben de qué pueblo vino el suyo.

No significaba nada. O eso necesitaba creer, porque la otra posibilidad abría una puerta a la que no quería asomarme: que si la regla de Morag era cierta y yo había visto a la lavandera, entonces yo tenía en aquel valle, sin saberlo, sangre que perder.

Y la única sangre que en aquel valle se perdía era la de la rama que alguien llevaba siglo y medio podando.

La idea era tan absurda, tan imposible de probar, que la guardé donde guardo lo que no puedo usar: en el cajón del fondo, con llave.

Pero no la tiré. En mi oficio no se tira nada.

Pero por mucho que descartara la regla, no podía descartar lo otro: que Morag Faulds, el ama de llaves que en cinco semanas no me había dicho tres frases seguidas, había bajado aquella mañana a mi despacho a explicarme con todo detalle cómo funciona una muerte en este valle.

Y nadie se molesta en enseñarte las reglas de un juego si no es porque tú ya estás jugando.