25. Lo que se ve desde arriba
Lo que se ve desde arriba
Tres no caben en una casa como Dunmarach sin que se note.
Con Ranald instalado, la casa se había llenado de una corriente nueva, y no de aire.
En las cenas, que hasta entonces habían sido conmigo callada y Calder más callado todavía, ahora Ranald llevaba la voz, contaba historias de Edimburgo, me hacía reír y vigilaba de reojo el efecto que su charla tenía en su primo.
Calder, enfrente, comía en silencio y se ponía cada noche un poco más sombrío.
Era un triángulo incómodo, de los que se notan en la mesa antes que en ninguna palabra.
Ranald cortejaba en voz alta, seguro de su encanto.
Calder no cortejaba en absoluto, y sin embargo era a él a quien yo no podía dejar de mirar.
Me irritaba conmigo misma, porque una mujer sensata se queda con el que la corteja, no con el que la avisa de que su sola compañía es un peligro.
Yo nunca he sido tan sensata como me creo.
Yo los miraba a los dos con ojos nuevos.
Desde el recetario de Isobel, no podía dejar de oír aquellas tres palabras cada vez que miraba a Calder.
«No es él.» Lo decía una muerta que lo había conocido en lo bueno y en lo malo, y aunque yo no me fiara del todo —ni de la nota ni de mis ganas de creerla—, había empezado a mirarlo como se mira a alguien a quien quizá le debas una disculpa.
Es raro, y un poco humillante, descubrir que llevas un mes siendo injusta con alguien.
Yo había hecho de Calder el principal sospechoso porque era lo cómodo: el marido huraño, el heredero, el que el pueblo señalaba.
Las notas de una muerta me obligaban a barajar otra cosa, mucho más incómoda: que aquel hombre, lejos de ser el cazador, llevara dos años viendo venir el desastre sin saber cómo pararlo, y quedándose solo de tanto callar.
Fue él quien rompió la rutina. Una mañana en que Ranald dormía aún la resaca de su propia conversación, Calder apareció en el despacho con dos abrigos y la cara de quien ha decidido algo a regañadientes.
—Deje los papeles —dijo—. Le va a venir bien el aire. Y hay cosas de este sitio que se entienden mejor desde arriba que en un legajo.
Me llevó monte arriba por un sendero de ovejas, lejos de la casa, hasta un alto pelado desde el que se veía todo el valle.
Hacía un frío que cortaba, pero un sol raro de octubre limpiaba el aire, y por una vez se veía lejos.
Desde allí, Dunmarach era un juguete: la casa demasiado grande, el pueblo agarrado a la falda del monte, la cinta del río y el vado —aquel vado— convertido en una raya de plata inofensiva entre dos prados.
Visto desde arriba, hasta el sitio donde se me aparecía la lavandera parecía un lugar más, sin nada de particular.
Hay algo que cura en mirar las cosas desde lejos.
Abajo, dentro de la casa, todo me parecía enorme y sin salida: la conspiración, los muertos, el vado, el miedo.
Desde aquel alto, con el valle entero cabiendo en una sola mirada, las cosas recuperaban su tamaño.
Una casa vieja. Un pueblo pequeño. Un río que, visto desde arriba, no era una amenaza, solo agua bajando hacia el mar, como baja toda el agua.
Por una vez en muchas semanas, respiré hondo y no me dolió.
Me fue señalando las tierras, los nombres de los cerros, dónde acababa lo de los Maitland y empezaba lo de otros.
Hablaba de aquella tierra con una propiedad rara, como de algo que quería y de lo que a la vez se avergonzaba.
Y en un momento, sin que yo se lo preguntara, dijo una cosa que me hizo levantar la cabeza.
—No todo lo que hay en esos papeles que usted lee es verdad —dijo, mirando el valle y no a mí—. Y yo lo sé desde mucho antes que usted.
—Entonces dígame qué es verdad y qué no —le pedí.
Negó con la cabeza, despacio.
—No puedo. Todavía no. No porque no quiera. Porque la última persona a la que se lo conté está enterrada, y no pienso enterrar a otra.
Y ahí, en aquella frase, estaba todo: por qué se callaba, por qué me había suplicado que me fuera, por qué encendía mi fuego de noche sin atreverse a decírmelo de día. No me protegía de él. Me protegía de lo que le sabía, que era exactamente lo que había matado a la mujer anterior.
No sé qué me pasó. O sí lo sé, pero no me gusta confesarlo: que llevaba un mes leyendo a aquel hombre como se lee un documento dudoso, buscándole la trampa, y que en aquel alto, con el viento y el valle a los pies y él negándose a hablar por miedo a que me mataran, dejé de leerlo y simplemente lo creí.
Y lo que se hace cuando se cree a alguien así, después de un mes de no fiarte de nadie, no es muy razonable.
Fui yo. Que conste. Le cogí la cara con las dos manos, frías las mías y la suya también, y lo besé antes de darme tiempo a encontrar la razón que seguro que había para no hacerlo.
No fue un beso elegante. Fue el beso de dos personas que llevaban semanas fingiendo que no, torpe al principio y luego nada torpe, y tuvo el sabor del frío y de algo que yo no me había permitido tener desde hacía mucho.
Él me sujetó como quien sujeta algo que se le puede romper o escapar, y por un momento —solo uno— el valle, los muertos, los papeles y el primo encantador que dormía abajo dejaron de existir.
Llevaba años sin dejar que nadie se me acercara tanto.
En mi oficio una aprende a vivir a cierta distancia de todo, a no apoyarse, a no necesitar, porque lo que se necesita se puede usar en tu contra.
Aquel beso era justo la clase de imprudencia contra la que me había protegido toda la vida.
Y la cometí con los ojos abiertos, porque hay un punto en que el frío de ir siempre sola pesa más que cualquier prudencia, y yo lo había alcanzado sin darme cuenta.
Fue él quien se apartó. Me apoyó la frente en la mía, respirando como quien ha corrido, y dijo, muy bajo:
—Esto es lo más egoísta que he hecho en mi vida. Porque ahora sí que no voy a poder mirar para otro lado. Y porque acabo de darle a quien sea que anda matando gente en este valle la mejor razón del mundo para empezar por usted.
Bajamos del monte sin tocarnos, cada uno con su silencio, y nos cruzamos en el zaguán con Ranald, recién levantado y de buen humor, que nos miró a los dos —a mí con mis dos abrigos, a él con la cara que se le había quedado— y sonrió como quien suma. No me gustó nada aquella sonrisa.
Aquella noche no abrí el recetario de Isobel ni toqué el árbol.
Me quedé mirando la linterna, dándole vueltas a una imprudencia que no me reconocía: dejar de leer a un hombre y empezar a creerlo, en plena poda de siglo y medio, sin tener todavía la prueba que mi oficio me exigía.
Isobel también lo había querido. Isobel también había leído estos papeles.
Y a Isobel el agua se la había llevado igual.
Tendría que haberme dado miedo. Me daba, de hecho.
Pero el miedo, esa noche, no iba en la dirección que cabía esperar.
No tenía miedo de Calder, ni siquiera de la lavandera.
Tenía miedo de mí: de lo deprisa que había dejado caer una muralla que me había costado la vida entera levantar, y de lo poco que, en el fondo, me importaba haberla dejado caer.
Ya no me molesté en decirme que a mí no me pasaría.
Me dije otra cosa, más nueva y más peligrosa: que, pasara lo que pasara, prefería averiguar el final de esta historia al lado de Calder Maitland que a salvo y lejos sin él.
Y supe, apagando la linterna, que acababa de cruzar la única raya que de verdad importaba, y que ya no había forma de volver atrás.