30. El nombre que falta
El nombre que falta
Hay cosas que, una vez que se saben, ya no se pueden dejar de saber.
Me había acostado, dos noches atrás, siendo la forastera que venía a leer unos papeles. Me desperté siendo, quizá, la última heredera de la sangre que esos papeles habían intentado borrar. Y entre una cosa y la otra solo habían mediado una regla de vieja y un reflejo en un cristal.
Lo que más me envenenó fue lo de Calder, claro.
Porque una cosa es acostarte con un hombre del que no acabas de fiarte, que ya es bastante imprudente, y otra muy distinta despertarte al lado del posible heredero de quienes llevaban siglo y medio ahogando a tu familia.
Lo miraba moverse por la casa, hosco y tierno y mío, y ya no sabía qué sentir.
Lo que habíamos hecho aquella noche seguía siendo lo más verdadero que me había pasado en mucho tiempo.
Y, a la vez, si yo tenía razón, era casi una traición: a los míos, a esa rama bajo el pergamino, a Crozier y a Senga y a todos los nombres raspados que de pronto eran tíos y abuelos y primos.
No se lo podía contar. Y no contárselo me obligaba a mentirle con el cuerpo cada vez que me acercaba a él, que es la peor manera de mentir que existe.
Porque al cuerpo no se le da bien mentir, o al mío no.
Puedo controlar lo que digo, lo que escribo, hasta lo que dejo ver en la cara si me concentro.
Pero acercarme a Calder con aquella sospecha dentro, y dejar que me abrazara fingiendo que entre nosotros no había un siglo y medio de muertos, era pedirle a mi cuerpo que sostuviera una mentira que mi cabeza ya no se creía.
Y esas cosas se notan. Tarde o temprano él iba a leer en mí lo que yo me callaba, igual que yo le había leído a él.
Y luego estaba lo del nombre. Porque para salir de la sospecha y entrar en la certeza —para saber si tenía derecho a sentirme una traidora o si todo aquello eran imaginaciones de una noche en vela— me hacía falta el apellido de mi padre, y resultaba que el apellido de mi padre era, de todas las cosas que he tenido que buscar en mi vida, la única que no estaba en ningún archivo.
Mi madre había muerto hacía seis años sin habérmelo dicho jamás.
No por descuido. Por decisión. Cada vez que yo, de niña, preguntaba por mi padre, a mi madre se le ponía una cara que aprendí muy pronto a no provocar: una cara de puerta cerrada, de asunto terminado.
Me decía lo justo, siempre lo mismo, como una lección aprendida para que no insistiera: que era escocés, que era de buena familia, que la había querido y se había tenido que marchar, y que más me valía no remover aquello.
De niña lo acepté. De adulta lo respeté.
Y ahora, con ella seis años bajo tierra y yo a mil leguas, en el único sitio del mundo donde aquel apellido importaba, habría dado lo que fuera por haberla hecho hablar una sola vez.
Ahora lo entendía de otra manera. De niña creí que mi madre callaba por despecho, por orgullo de mujer abandonada.
Desde aquella casa sospechaba algo peor: que callaba para protegerme.
Que aquel hombre no se había marchado sin más, sino que había huido, y que mi madre había entendido —o él se lo había dicho— que el apellido que yo no debía llevar era un apellido que mataba.
Me crió sin nombre de padre como se cría a un hijo lejos de una enfermedad: a propósito, por amor, y sin explicar nunca de qué lo estaba salvando.
De mi padre no me quedaba nada material, o casi nada.
El pelo, que llevaba en la cabeza y que de pronto pesaba como una acusación.
Y una sola cosa que pudiera tocarse: una cucharilla de plata de bautizo, vieja, gastada, que mi madre guardó toda su vida y que yo había heredado sin darle más importancia que la sentimental.
Tenía grabado un escudo. Un escudo de armas de verdad, no un adorno —ahora sabía distinguirlos, gracias precisamente a Calder—.
Pero estaba tan desgastado de siglo y medio de manos y de paños que no se leía.
Tres formas borrosas en un campo partido, y nada más.
Tenía en la mano, literalmente en la mano, la prueba de quién era.
Y estaba tan borrada como la rama del pergamino, gastada por el mismo siglo y medio de uso que, a su manera, había raspado a mi familia del árbol.
Me pasé un buen rato con ella bajo la linterna, inclinándola, buscándole el ángulo, con las mismas técnicas que uso con los pergaminos.
Pero un pergamino raspado guarda debajo el fantasma de la tinta; una cuchara gastada no guarda nada.
Lo que el uso borra en la plata no hay luz rasante que lo devuelva.
Era una broma del oficio: yo, que me gano la vida recuperando lo que el tiempo intenta borrar, tenía en la mano la única superficie que no pensaba devolverme su secreto por mucho que la trabajara.
Y mientras yo me peleaba con un nombre que no estaba en ninguna parte, la casa se cerraba.
Lo notaba en cosas pequeñas, de esas que no se pueden denunciar pero se sienten en la nuca.
Morag, que desde nuestra conversación me trataba con una cortesía aún más fina, aparecía siempre justo donde yo acababa de estar o donde estaba a punto de ir, con esa puntualidad de quien sabe de antemano por dónde vas.
Ranald, que prolongaba su estancia sin que nadie lo hubiera invitado, había pasado de cortejarme a observarme, y su sonrisa de hombre encantador tenía cada día menos de encanto y más de espera.
Y el río, que oía cada noche desde mi cuarto, había empezado a sonarme distinto: ya no a peligro abstracto, sino a una cita concreta a la que, tarde o temprano, alguien pensaba arrastrarme.
Lo más angustioso no era ninguna de aquellas cosas por separado.
Era la sensación de que todas obedecían a un mismo reloj que yo no veía, pero que alguien en aquella casa llevaba en el bolsillo.
Crozier había muerto cuando le tocó. Senga, cuando le tocó.
En Dunmarach las cosas no pasaban por azar: pasaban cuando alguien decidía que pasaran.
Y yo notaba, en cómo Morag aparecía y en cómo Ranald esperaba, que mi turno había dejado de ser una posibilidad para convertirse en una fecha.
En mitad de todo aquello, había una sola puerta que no había abierto.
Calder me había dicho, la noche que lo cambió todo, que había cosas que no se podían contar y había que enseñar.
Que había un sitio al que quería llevarme.
Llevaba dos días esperando a que eligiera el momento, mordiéndome las ganas de exigírselo, porque sospechaba —y la sospecha me daba a la vez esperanza y un miedo nuevo— que en ese sitio, fuera el que fuera, podía estar lo que a mí me faltaba.
Si Calder llevaba años hurgando en la mentira de su propia familia, como había dado a entender, era muy posible que hubiera llegado más lejos que yo.
Que tuviera, en alguna parte, recuperado y a salvo, el nombre que a mí se me había gastado en una cuchara.
Así que, cuando aquella tarde me buscó con una llave en la mano y la cara de quien ha decidido por fin saltar un precipicio, no me hizo falta preguntar adónde.
—Ranald ha salido a cazar y Morag está en el pueblo —dijo en voz baja—. Es ahora o no es. Coge el abrigo. Y la linterna; adonde vamos no llega la luz.
Cogí la linterna que él mismo me había puesto en las manos semanas atrás, sin saber yo entonces para qué, y lo seguí.
Iba a ver por fin lo que aquel hombre escondía.
Y bajé las escaleras detrás de él con la certeza incómoda de que, al final de aquella llave, me esperaba lo único más aterrador que no encontrar el nombre de mi padre: encontrarlo.