23. El cuaderno de Ranald
El cuaderno de Ranald
Ranald Maitland volvió a Dunmarach un jueves, sin avisar, que era su manera de hacer las cosas: presentarse donde todavía no era el dueño con los andares del que ya lo es.
La primera vez había venido a plantear su pleito y a medirme a mí, la archivera de la que ese pleito dependía. La segunda vino a meterme prisa.
Era todo lo que Calder no era. Donde Calder callaba, Ranald llenaba el aire; donde Calder vestía la ropa hasta gastarla, Ranald traía el abrigo bueno y las botas limpias en un valle que no perdona las botas limpias.
Tenía la cara de los Maitland —se la había visto en el escudo, casi, en algún retrato del pasillo—, pero corregida hacia lo afable, hacia esa simpatía de comerciante que sabe que la simpatía vende.
A mí no me vendió nada. Llevo media vida tratando con gente que quiere algo de unos papeles, y se les conoce por cómo miran al que los guarda.
Me encontró en el despacho y no se anduvo con rodeos.
—¿Cuánto le falta, señorita? —Se sentó sin que lo invitara, en la única silla libre de legajos—.
Llevo meses esperando un dictamen que un hombre competente habría firmado en tres semanas.
Y usted parece competente. —Dejó caer la pausa a propósito—.
Demasiado, a lo mejor. A veces el que tarda no es que no sepa.
Es que ha encontrado algo que no le conviene decir.
No le di nada. Le dije lo que se le dice a quien mete prisa: que un título de propiedad no se autentica con prisas, que cada documento llevaba su tiempo, que el bufete tendría su dictamen cuando lo tuviera y no antes.
Me escuchó con media sonrisa, sin creerse una palabra, y entonces sacó de la cartera un cuaderno y lo dejó sobre la mesa, entre los dos, con la tapa hacia arriba, para que lo viera.
—Mire, le voy a ahorrar trabajo —dijo—. Por si se ha perdido entre tanto papel viejo.
Era su propio expediente. Lo abrió, y vi que aquel hombre afable y de botas limpias llevaba años haciendo, a su manera, lo mismo que yo había venido a hacer a la suya.
Tenía la sucesión de Dunmarach apuntada de su puño y letra, generación a generación, con fechas, con nombres, con flechas.
Y tenía, en una página aparte, una lista.
Una columna de nombres con la mayoría tachados y, al pie, sin tachar, dos: el de Calder y el suyo.
Los que quedaban en pie entre él y la casa.
No lo decía en ninguna parte, pero estaba todo dicho. Aquello no era el árbol de una familia. Era un recuento de obstáculos.
Y por un momento —no lo voy a negar, porque mi oficio es no negarme las cosas— se me pasó por la cabeza.
Un hombre que lleva años apuntando quién se interpone entre él y lo que quiere, con los muertos ya tachados y los vivos a la espera.
Un hombre con motivo, con la cara correcta y con prisa.
Miré aquella lista y pensé en Crozier, en la señora del vado, en todos los nombres raspados del otro árbol, el de verdad, y por un segundo los dos cuadernos se me juntaron en la cabeza.
Pero no encajaban, y me bastó un segundo más para verlo.
Lo que yo había estado destapando era una cosa paciente, callada, sin firma, que llevaba siglo y medio podando sin fallar y sin que el valle viera nunca una mano.
Y Ranald era justo lo contrario: ruidoso, impaciente, incapaz de esperar tres semanas a un dictamen, de botas limpias en un sitio que pide barro.
El que poda en aquella casa llevaba generaciones siendo invisible.
Ranald no había sabido ser invisible en su vida.
Era un buitre, eso sí, de los que bajan al olor de la carne antes de que el animal acabe de morirse. Pero el buitre no mata. Solo espera.
—¿Y qué piensa hacer con ella, si gana? —pregunté, por ver hasta dónde llegaba—. Con la casa.
Se le iluminó la cara, y ahí lo vi entero.
—Lo primero, vender la madera de la ladera norte, que lleva pudriéndose en pie desde que el viejo se murió.
Sacarle un arriendo decente a las tierras de abajo, que ahora no rinden nada.
Y quitarme de encima a la mitad de la gente que come de esta casa sin servir para nada.
—Cerró el cuaderno—. Esto es una hacienda, señorita, no un hospicio.
Mi primo la lleva como quien guarda luto. Yo la llevaría como lo que es.
Pensé en Effie, que no tenía a dónde ir, fregando suelos por techo y comida en la única casa del valle que la admitía.
Pensé en el viejo Iain. Y entendí que, fuera quien fuera el que mataba en Dunmarach, había también esta otra manera de matar un sitio, más lenta y más limpia, que no necesitaba el agua.
Ranald no ahogaba a nadie. Solo iba a vaciar la casa de todo lo que la hacía algo más que un número en un arriendo.
—Una cosa más —dijo ya en la puerta, poniéndose los guantes—.
Dígale a mi primo, de mi parte, que se deje de ceremonias.
Yo sé tan bien como él que ese título no es tan firme como aparenta.
Lo sabe usted también, me parece, aunque no lo diga.
Es solo cuestión de quién lo dice primero.
—Sonrió—. Yo no tengo ninguna prisa por callarme.
Y se fue, con sus botas limpias, dejándome el frío de saber que ya no era una sola amenaza la que rondaba aquella casa.
Había la de siempre, la callada, la del agua, la que llevaba siglo y medio podando sin que nadie le viera la cara.
Y ahora había esta otra, la de las botas limpias, que no se escondía de nadie y que tenía prisa.
Una venía de muy atrás. La otra, de muy cerca.
Y las dos, sin saberlo, esperaban lo mismo de mí: la una, que siguiera tirando del hilo; la otra, que dijera en voz alta lo que había encontrado.
Yo era, para las dos, la cerilla. Y todavía no sabía hacia qué lado iba a dejarla caer.