22. Las notas de Isobel
Las notas de Isobel
Una mujer que codifica sus apuntes es una mujer que ya sabe que la van a leer.
Las notas de los márgenes me habían dicho quién, pero no qué.
Eran demasiado escuetas, demasiado prudentes: una cifra aquí, una interrogación allá, nunca una frase entera.
Y yo, que llevaba semanas metida en la cabeza de Isobel Maitland, empezaba a entenderla lo suficiente para saber que una mujer no anota así por casualidad.
Anota así quien teme que le registren los papeles.
Lo que significaba que en alguna parte de aquella casa, escondido donde nadie pensara mirar, tenía que haber algo más: el cuaderno de verdad, el que no se dejaba a la vista en un margen.
Me puse a pensar como ella, que es lo único que se puede hacer cuando se persigue a un muerto.
¿Dónde esconde sus secretos la señora de una casa así, una mujer a la que le registran el escritorio y le vigilan las visitas al despacho?
No en el escritorio. No entre los libros del señor.
Los esconde en el único territorio que en una casa de hombres nadie se molesta en mirar: en lo suyo.
En las cosas de mujer que los demás dan por inofensivas.
Lo había aprendido años atrás, en otro archivo, con otra mujer muerta: que las mujeres de las casas grandes han hecho siempre de su invisibilidad un escondite.
A nadie se le ocurre buscar un secreto en un cuaderno de recetas, ni una cuenta comprometedora entre los patrones de costura.
Los hombres guardan sus cosas importantes bajo llave, en sitios importantes, que es justo donde las busca todo el mundo.
Las mujeres las guardan a la vista, en lo que nadie se digna mirar dos veces. Es más seguro.
Le pregunté a Effie si quedaba algo de la señora Isobel en la casa.
Me miró con miedo, pero me llevó. En un arcón del cuarto de la plancha, entre ropa blanca que ya nadie usaba, había una caja con las cosas que no habían tenido el valor de tirar ni las ganas de guardar bien: un dedal, unas cartas atadas, un par de libros.
Uno de los libros era un recetario. Un recetario de casa, de esos en los que las señoras apuntan a mano lo que va saliendo bien: mermeladas, remedios para la tos, cómo quitar una mancha de vino.
El sitio más aburrido del mundo. El escondite perfecto.
Entre receta y receta, con una letra apretada que solo se veía si sabías que estaba, Isobel Maitland había escrito otra cosa.
No en cristiano. En una clave sencilla —de las que se inventan deprisa, más para ganar tiempo que para guardar un secreto de verdad—, mezclando las cuentas de la casa con unas cuentas muy distintas.
Me llevó media noche y todo lo que sé de letras y de números desentrañarla.
Pero la desentrañé. No era una clave de las difíciles.
Isobel no era criptógrafa, y se notaba: había usado el truco de toda la vida, sustituir unas cosas por otras según un patrón que ella se sabía, y que en cuanto le pillé el hilo se deshizo solo.
Pero descifrar la clave de un muerto es algo más íntimo que un juego de letras.
Mientras la deshacía, iba entrando en la cabeza de Isobel como quien entra a tientas en un cuarto a oscuras y va reconociendo los muebles.
Supe cómo pensaba. Supe de qué tenía miedo.
Supe, por el temblor creciente de su letra, en qué momento exacto dejó de ser una mujer curiosa y empezó a ser una mujer aterrada.
Lo que Isobel había averiguado me dejó sin habla, no porque me dijera nada que yo no supiera ya, sino porque lo había averiguado ella sola, sin oficio, sin más herramientas que la cabeza y el miedo, y había llegado casi tan lejos como yo.
Había visto que el título era falso. Había visto que la rama de la que nadie hablaba se había ido borrando del árbol.
Había empezado a atar las muertes viejas del valle a esa rama: los accidentes de más, los ahogados de siempre.
Iba dos años por delante de mí, y estaba muerta.
Y había llegado a la pregunta que importa: a quién aprovechaba todo aquello.
Pero ahí, justo ahí, Isobel se había vuelto cautelosa hasta la desesperación.
Donde antes escribía nombres y fechas, de pronto solo había iniciales, símbolos, una palabra tachada y vuelta a tachar.
Cuanto más cerca estaba del nombre, más miedo parecía darle escribirlo.
Pude leer que apuntaba a la casa, a los que se habían quedado con lo que no era suyo.
Pero el nombre concreto, la persona concreta que ataba el papel con el agua, Isobel no lo había llegado a escribir.
O no lo supo, o no le dio tiempo. Había, eso sí, una palabra.
Una sola, tachada con tanta rabia que el lápiz había estado a punto de romper el papel, repasada una y otra vez hasta volverla un borrón negro del que no se sacaba ni una letra.
La miré a contraluz, le di la vuelta, la froté con todos los trucos que conozco.
Nada. Isobel había escrito allí algo —un nombre, seguramente— y luego se había arrepentido con todas sus fuerzas de haberlo escrito, convencida quizá de que dejarlo legible era más peligroso que cualquier cosa que pudiera pasarle por callárselo.
Y puede que tuviera razón. Puede que por eso siguiera yo viva y ella no: porque ella había estado a punto de escribir el nombre, y yo todavía ni lo intuía.
La última anotación del recetario no era una cuenta ni una receta. Eran tres palabras, sin cifrar, escritas con una letra distinta de toda la demás, más grande, más temblona, apuntadas a toda prisa: «No es él».
Me quedé mirando aquellas tres palabras hasta que la vela chisporroteó.
«No es él.» El hombre al que todo el valle señalaba.
El que dormía a dos puertas de la mía. Isobel, que lo había conocido mejor que nadie, que había tenido todos los motivos del mundo para sospechar de su propio marido y todas las noches para temerlo, había dedicado su último apunte —con la mano ya temblándole, quizá ya sabiendo lo que venía— no a acusarlo, sino a salvarlo de la sospecha. A dejar dicho que el culpable era otro.
O eso quería leer yo, que es distinto. Porque «él» no tenía por qué ser Calder. Podía ser Ranald. Podía ser cualquiera. Y porque no me fiaba de la prisa con que mi propio alivio había decidido que aquellas tres palabras hablaban del único hombre de la casa al que yo no quería ver colgado.
Cerré el recetario con las manos frías. Isobel Maitland me había dejado en herencia dos años de adelanto y una sola certeza, si me atrevía a creerla: que el hombre al que todos señalaban no era el culpable.
Lo cual, según cómo se mirara, era un consuelo enorme o la peor noticia posible.
Enorme, porque significaba que a lo mejor podía dejar de vigilar mi propia puerta por las noches.
La peor, porque significaba que el que sí lo era seguía sin nombre, suelto por aquella casa, y había tenido dos años para aprender de su único error: dejar viva a una mujer el tiempo justo para que escribiera lo que sabía.
Lo cual, traducido, significaba que esta vez no lo repetiría.
Quienquiera que fuese había aprendido de Isobel que a una mujer que lee no se la deja terminar la frase.
Conmigo no esperaría a que escribiera nada.
En cuanto me viera demasiado cerca del nombre que ni siquiera Isobel se atrevió a dejar legible, no habría recetario, ni notas, ni tres palabras de despedida. Habría vado.
Isobel había llegado hasta «no es él» y no había podido dar el paso siguiente.
Yo estaba ahora exactamente donde ella se quedó: con todas las piezas menos una, en la última habitación del pasillo, leyendo a la luz de una linterna los apuntes de la mujer a la que saber todo esto le había costado, al parecer, escribir tres palabras de más.
La diferencia entre ella y yo tenía que ser esa pieza que faltaba.
Encontrarla antes que el agua.