La Heredera de la Niebla 21. El reclamante
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21. El reclamante

El reclamante

El cuarto día de la cuarta semana, Dunmarach recibió a su primera visita desde que yo había llegado, y la recibió como recibe esta casa todo lo que viene de fuera: con un portazo de viento y a Morag poniendo cara de funeral.

Se llamaba Ranald Maitland, era primo segundo de Calder, y era, en casi todo, su contrario.

Donde Calder era grande y callado, Ranald era esbelto y hablador.

Donde Calder vestía como quien no se acuerda de haberse vestido, Ranald traía un abrigo de buen paño de Edimburgo y unas botas que no habían pisado un páramo en su vida.

Donde Calder miraba calculando lo que ibas a costarle, Ranald miraba con la franqueza ensayada del que lleva años deseando conocerte.

El contraste era tan limpio que casi parecía dispuesto a propósito, el reparto de una obra en la que al malo le toca parecer bueno y al bueno, malo.

Y puede que fuera eso lo que me puso en guardia: en mi experiencia, cuando dos personas se oponen con tanta nitidez, suele ser porque una de las dos está actuando.

Era encantador. Lo era de un modo tan completo, tan sin fisuras, que a mí —que me gano la vida distinguiendo lo auténtico de lo que solo lo parece— se me encendió, desde el primer apretón de manos, la lucecita de siempre.

No hay nada más sospechoso que un documento perfecto.

Los papeles de verdad tienen tachaduras, dudas, una mancha de cera, un renglón torcido.

Los que alguien ha fabricado para convencerte salen impecables.

Ranald Maitland salía impecable. Es una lección que se aprende temprano en mi oficio y que no falla casi nunca: la perfección es la primera coartada del fraude.

Una firma de verdad tiembla. Una vida de verdad deja cabos sueltos, contradicciones, días malos que se le notan a uno en la cara.

Cuando alguien se te presenta sin una sola arruga, redondo y encantador por los cuatro costados, lo prudente es preguntarse quién lo ha pulido tanto, y qué hay debajo del barniz.

Tardó muy poco en decirme a qué venía, porque era de los que disfrazan de confidencia lo que en realidad es un argumento.

Él era, me explicó, el otro lado de mi encargo.

El bufete que me había mandado a leer los papeles de Calder trabajaba, en realidad, para resolver un pleito entre dos primos, y el primo del otro lado —el que sostenía que el título de Dunmarach llevaba generaciones en las manos equivocadas— era él.

No le dije que yo ya sabía que el título de Dunmarach llevaba generaciones en las manos equivocadas, aunque no exactamente en el sentido que él creía.

Para Ranald, «las manos equivocadas» eran las de Calder y debían ser las suyas.

Para mí, a aquellas alturas, las dos ramas que se peleaban por Dunmarach se parecían cada vez más a dos cuervos disputándose un nido que habían robado los dos.

Pero lo que de verdad me hizo aguzar el oído no fue su pleito, sino la habilidad con que, sin que se notara, fue dejando caer cosas sobre Calder.

Nunca una acusación. Ranald era demasiado fino para acusar.

Solo... preocupaciones. Lamentos. Medias frases que él mismo interrumpía, fingiendo arrepentirse de haberlas empezado.

Yo conozco esa técnica, porque es la misma que usa un documento amañado bien hecho: no te suelta la mentira a la cara, donde podrías rebatirla; te la deja caer en un margen, vestida de otra cosa, para que la conclusión la pongas tú y creas que ha sido idea tuya.

Una calumnia que uno mismo termina de pensar cala mucho más hondo que una que le sueltan entera.

Ranald no me dijo en ningún momento que Calder fuera un asesino.

Se las apañó para que la palabra me la dijera yo sola.

Que cuánto lo sentía por la pobre Isobel, una mujer encantadora, qué desgracia, y qué cosas se decían —él no las creía, por supuesto— sobre cómo había acabado en el vado.

Que él, en mi lugar, tendría cuidado: sola en una casa tan grande, con un hombre tan...

reservado. Que era una pena que las únicas dos personas que sabían de verdad lo que valían aquellos papeles —el viejo Crozier y la pobre Senga, que en paz descansaran— se hubieran muerto las dos justo ahora, cuando más falta hacían.

Y que él, naturalmente, no insinuaba nada.

Lo hacía tan bien que tardé media tarde en caer en lo más importante: que Ranald Maitland sabía demasiado.

Sabía que Crozier y Senga sabían lo que valían los papeles.

¿Cómo lo sabía? Sabía que yo estaba sola en la casa, y con quién.

Sabía moverse por una desgracia ajena con la soltura del que la ha pensado mucho.

El hombre que se había pasado la tarde dibujándome con tanto cariño a un Calder peligroso era, él también, alguien a quien aquellas muertes le venían de perlas: con la rama legítima podada y el primo deshonrado, Dunmarach le caía en el regazo como fruta madura.

Lo apunté con el resto, en el cajón de lo que no encaja: un primo que aparece justo después de dos muertes muy convenientes, que sabe de ellas más de lo que debería, y que se molesta en venir en persona a envenenarme contra el otro candidato.

O era un oportunista con olfato, que había olido la sangre y acudía al reparto.

O era algo peor. En cualquier caso, un cuervo más en una historia en la que ya me sobraban.

Y, por encima de todo eso, me hacía la corte.

No de manera grosera; Ranald no hacía nada de manera grosera.

Me escuchaba con la atención de quien no ha oído en años nada tan interesante.

Me preguntaba por mi trabajo, por España, por mí, y se acordaba de las respuestas.

Me hacía reír. Y lo peor es que funcionaba un poco, porque yo llevaba un mes en una casa donde la única persona que me trataba con calidez tenía dieciséis años, y el hombre que me quitaba el sueño me lo quitaba justamente porque no sabía si quería protegerme o enterrarme.

Después de eso, que un hombre guapo te escuche y te haga reír es un alivio tramposo, como el primer trago de algo que sabes que no te conviene.

Y me molestó que funcionara, aunque fuera un poco.

Me molestó descubrirme pendiente de si entraba en una sala, devolviéndole las sonrisas.

No porque me gustara —no me gustaba, o no de aquella manera—, sino porque me recordó lo sola que estaba, y lo barata que se vuelve una cuando lleva mucho tiempo sin que nadie la mire con ganas.

Ranald lo sabía. Los hombres como Ranald saben siempre de qué tiene hambre una mujer, y se ofrecen a sí mismos como el plato.

Cuando se retiró a sus habitaciones —porque, naturalmente, se quedaba unos días: estaba en su derecho, era tan Maitland como su primo—, me quedé con una sensación incómoda y nueva.

Hasta esa tarde, mi problema había sido fácil de enunciar, aunque no de resolver: alguien mataba a la gente de aquella rama, y yo no sabía quién.

Ahora tenía a dos hombres con el mismo apellido y el mismo interés, cada uno empeñado en que sospechara del otro, y los dos con motivo.

Calder era hosco, mentía sobre el retrato, encendía mi fuego a escondidas y me había suplicado que me marchara con una desesperación que no se finge.

Ranald era encantador, sabía demasiado, me sonreía demasiado y me había pasado la tarde regalándome razones para temer a su primo.

Y yo, que me gano la vida con esto, sabía perfectamente cuál de los dos tenía toda la pinta del documento auténtico —con sus manchas y sus tachaduras— y cuál la del que sale demasiado limpio.

Lo que no sabía, y eso fue lo que me quitó el sueño aquella noche, era si podía fiarme de mi propio oficio cuando el documento que me parecía auténtico era, además, el único de los dos que me gustaba.