La Heredera de la Niebla 15. Lo que arde
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15. Lo que arde

Lo que arde

Calder

Bajo a por la turba cuando el resto de la casa duerme, para que nadie me vea hacer lo único decente que hago en todo el día.

Subo con el cesto al piso de arriba, hasta la última puerta del pasillo, la del cuarto donde duerme la mujer del bufete.

Mara. No llamo. No hace falta: a estas horas tiene el sueño hondo de quien se ha pasado el día peleándose con papeles que no la dejan en paz.

Empujo la puerta despacio, con el cuidado de quien entra donde no tiene ningún derecho a entrar, y me arrodillo ante la chimenea apagada.

El fuego se me da bien. Es de las pocas cosas que se me dan bien.

Coloco la turba como me enseñó mi padre, dejo correr el aire por debajo, prendo, soplo, y espero a que agarre.

Y mientras la llama come la primera capa y empieza a soltar calor, la miro dormir.

Solo un momento. Lo justo para asegurarme de que respira, de que está caliente, de que esta casa no le ha quitado nada todavía.

Después me voy. Por la mañana ella le preguntará a Effie quién le ha encendido el fuego, y Effie jurará que nadie, y será verdad: nadie que ella pueda nombrar.

Hago esto todas las noches desde que llegó.

No sé hacerlo de otra manera. No sé decirle a una mujer, a la cara y con luz, que no quiero que pase frío bajo mi techo.

La última vez que tuve a una mujer bajo mi techo tampoco supe decírselo, y cuando quise dárselo —el calor, la palabra, lo que fuera— ya era tarde.

La sacaron del agua un febrero, y estaba fría de un modo que ya no se arregla con ninguna lumbre.

No la maté, diga lo que diga el valle. Pero tampoco la salvé, y a veces no sé si esas dos son tan distintas como me gustaría.

Vi venir lo que le iba a pasar. Lo vi, y aparté la mirada, porque mirarlo de frente significaba aceptar lo que era esta casa y lo que era yo, y yo no estaba dispuesto.

Así que miré para otro lado. Y el agua se la llevó mientras yo miraba para otro lado.

Y ahora hay otra mujer en la última puerta del pasillo, haciéndose las mismas preguntas que se hizo aquella, leyendo los mismos papeles, tirando del mismo hilo que no lleva a ningún sitio bueno.

Hoy ha encontrado sus notas. Las he visto en su mano, esa letra a lápiz que conozco mejor que la mía, y durante un instante el despacho entero se me ha quedado en silencio, aunque fuera seguía la tormenta, porque era como ver a una muerta pasarle el testigo a la siguiente.

Debería echarla de esta casa esta misma noche.

Lo intenté, y no se va. Es terca, y es lista, y —Dios me perdone— me gusta que sea las dos, que es exactamente lo que la va a matar.

Me gusta como no me convenía que me gustara nada.

Hace una semana me reí —no me reía desde hacía dos años— y fue con ella, encerrados por la tormenta, hablando de escudos de armas como dos chiquillos.

Esa risa es lo que más miedo me da. Porque significa que esta vez no me va a dar igual. Que esta vez, cuando el agua venga a por ella —y va a venir, lo sé como sé prender un fuego—, no voy a poder mirar para otro lado.

Bien. Pues que no me dé igual. Aparté la mirada una vez y enterré a una mujer por ello.

No pienso volver a hacerlo. No sé todavía qué voy a hacer, ni si podré hacer algo.

Lo que sé es que esta vez voy a mirar de frente, aunque mirar de frente me obligue a ver por fin lo que llevo dos años escondiendo bajo la lengua y bajo el suelo de esta casa.

Dos años escondiéndolo de todos y, lo que es peor, de mí mismo.

Es fácil callar cuando nadie pregunta. Esta mujer pregunta.

Pregunta en voz alta, sin miedo, las cosas que yo llevo media vida susurrándole al techo de mi cuarto.

Y cada pregunta suya me deja más a la intemperie, más sin excusa para seguir siendo lo que he sido: un hombre que sabe, y calla, y deja que el agua haga el trabajo.

La miro una última vez antes de salir. El fuego ya ha agarrado; el cuarto se va templando; ella se ha vuelto en sueños hacia la lumbre, buscándola sin saber que se la pongo yo.

Mañana le preguntará a Effie. Y Effie jurará que nadie.

Que jure. Hay cosas que un hombre hace mejor si no le obligan a nombrarlas. Encenderle el fuego a una mujer es una. Morir por ella, si hace falta, puede que sea otra.