La Heredera de la Niebla 16. Effie
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16. Effie

Effie

En quince días en Dunmarach, había aprendido a medir el frío de la casa no por la escarcha de los cristales, sino por las palabras que nadie me dirigía.

Morag me hablaba para darme órdenes o para quitármelas de encima.

Calder me hablaba a ratos, y luego se arrepentía de haberlo hecho.

Iain no me hablaba en absoluto. La única que me trataba como a una persona, y no como a una intrusa o a un peligro, era Effie.

He vivido sola lo suficiente para haber aprendido a leer el frío de una casa antes que su plano.

Y Dunmarach era de las frías. La piedra y las chimeneas apagadas eran lo de menos.

Lo que enfriaba de verdad era el modo en que aquella gente había decidido, mucho antes de que yo llegara, que cuanto menos se hablara, mejor.

En una casa así, una palabra amable se nota como una hoguera.

Y Effie, sin saberlo, me daba una cada día.

No hice nada para ganármela, o nada que me propusiera.

Solo la traté como se trata a alguien. La primera mañana que me subió el desayuno le pregunté su nombre completo, de dónde era, cuántos hermanos tenía; cosas que, por la cara que puso, no le preguntaba nadie en aquella casa desde hacía mucho.

Effie Begg, dieciséis años, la mayor de cinco, de una familia de pastores del otro lado del páramo.

Servía en Dunmarach porque su madre había servido antes que ella, y porque en una casa que el pueblo evita pagan mejor que en las que no.

A partir de ahí fue fácil. A la gente joven que se siente sola se la gana cualquiera que se moleste en escucharla, y yo me molesté: primero por estrategia —Effie veía y oía en aquella casa lo que a mí se me escapaba— y después porque le tomé cariño de verdad, que es lo que ocurre cuando dejas de fingir que escuchas y escuchas.

No tengo hermanos, ni tengo, desde hace años, a nadie que me espere en ninguna parte.

He hecho de la soledad una herramienta: voy de archivo en archivo, de casa en casa, sin echar raíces que luego cueste arrancar.

Effie, con su nostalgia mal disimulada del páramo, me removió algo que tenía bien guardado, y me recordó que escuchar a alguien por gusto, y no por oficio, era una cosa que yo también había sabido hacer.

Una tarde, mientras me ayudaba a ordenar el cuarto, le pregunté por lo que no me atrevía a preguntarle a nadie más. Por la mujer del vado.

Effie dejó lo que tenía entre manos y bajó la voz, aunque estábamos solas.

—Usted la ha visto —dijo. No lo preguntó.

No se lo negué. Era la primera persona a quien no se lo negaba.

—La llaman la lavandera —dijo, en ese tono de quien repite algo que le contaron de pequeña y nunca se atrevió a poner en duda—.

Lava la mortaja del que va a morir, en el vado, de noche.

Si una noche la oye lavar, cuente los días: alguien se muere antes de que acabe la semana.

Mi abuela la oyó tres veces, y las tres enterró a alguien.

Nadie del pueblo baja al vado de noche. Nadie.

Solo la ven los que tienen el mal encima.

—Bajó aún más la voz—. Mi abuela decía que la lavandera no se le aparece a cualquiera.

Que la mayoría puede cruzar el vado mil noches y no ver nunca nada, porque el vado no va con ellos.

Que solo la ven aquellos a los que ha venido a buscar, o los que llevan su misma sangre.

Yo no la he visto nunca, gracias a Dios, y a Dios le pido no verla. Usted sí. Saque usted sola la cuenta.

—¿Y por qué la ven en esta casa? —pregunté.

Effie tocó el hierro del atizador, por si acaso.

—Por el mal fario, señorita. Esta familia lo tiene desde siempre. Aquí se muere antes de tiempo. Los Maitland y los que se acercan a los Maitland. Mi madre decía que esta casa está levantada sobre algo que no tiene perdón, y que el agua se cobra ese algo poquito a poco, de uno en uno.

—Tu madre sabía mucho de esta casa.

—Por eso se fue de ella. —Lo dijo deprisa, y se mordió la lengua, como quien ha dicho una palabra de más.

Volvió a sus cosas, pero ya no estaba en ellas. Y al cabo, sin que yo le preguntara nada, soltó lo que de verdad le pesaba.

—Usted, señorita, perdone que se lo diga, se acerca demasiado. Revuelve esos papeles igual que... —se detuvo— igual que ella.

Se tapó la boca de golpe.

—¿Igual que quién?

Miró hacia la puerta. Bajó tanto la voz que tuve que acercarme para oírla.

—Que la señora. La señora Isobel. —Le costó seguir—. El último invierno, antes de... antes del agua, andaba siempre en el despacho, con las velas encendidas hasta tarde, revolviendo los papeles del señor. Igual que usted. Nadie sabía qué buscaba. Y una mañana ya no estaba, y la sacaron del vado.

Se me quedó frío el cuarto, y no era el cuarto.

Era la simetría. Una mujer, en aquel mismo despacho, en aquella misma silla, con aquellas mismas velas, leyendo aquellos mismos papeles, haciéndose —yo lo sabía ya, por las notas del margen— aquellas mismas preguntas.

Y una mañana, el vado. No hacía falta ser de mi oficio para ver el patrón; pero ayudaba serlo, porque mi oficio consiste precisamente en eso: en no creerme las casualidades que se repiten con tanta puntería.

No me miraba con la cara de una criada asustando a una forastera, sino con la de una niña que ya ha visto pasar esto antes y no quiere volver a verlo.

—Váyase, señorita —me pidió—. Antes de que apriete el invierno. Usted no es de aquí. Usted todavía puede irse.

Tres bocas distintas —la de Calder, la de unas notas a lápiz escondidas en los márgenes, la de Effie— me contaban ya la misma historia: que la última mujer que se sentó a leer estos papeles había acabado en el vado.

Y tres testigos que no se conocen entre sí no se inventan el mismo muerto.

Una coincidencia es una coincidencia. Dos ya piden explicación.

Tres dejan de ser cuento para volverse sistema.

Lo que Effie llamaba mal fario, y el pueblo maldición, empezaba a tener para mí un nombre mucho más viejo y mucho más feo: a alguien le convenía que quien se asomara a esos papeles dejara de asomarse. Para siempre, si hacía falta.

No me fui. Eso ya lo sabía yo de antes. Lo que no sabía, y aquella tarde aprendí, es que ahora había en Dunmarach una persona a la que me dolería de verdad que le pasara algo por mi culpa.

Effie me había pedido que me marchara, y no por guardar el secreto de nadie: por guardarme a mí, y lo había hecho con las manos rojas de fregar agua fría y los ojos de quien sabe cómo termina esto.

En dos semanas, era lo más parecido al cariño que me había dado aquella casa.

Y el cariño, para alguien que vive como vivo yo, es un lujo peligroso.

Mientras una no quiere a nadie en un sitio, puede marcharse cuando le convenga, sin mirar atrás.

En cuanto empieza a querer, el sitio la agarra.

Effie, sin proponérselo, acababa de atarme a Dunmarach con una cuerda que ni la lavandera del vado había logrado echarme: la de tener, después de mucho tiempo, a alguien por quien valía la pena quedarse.

Y yo, que había bajado a leer los papeles de unos muertos, caí en la cuenta de que ya tenía algo que perder.