La Heredera de la Niebla 7. El pueblo
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7. El pueblo

El pueblo

Al cuarto día bajé al pueblo. Me dije que era por el aceite de las lámparas y el papel, que se me acababan los dos, y era verdad a medias.

La otra mitad es que llevaba cuatro días en una casa donde nadie me contaba nada y quería ver el sitio donde había ido a parar.

Una archivera, cuando le falta una pieza, va a buscarla a la fuente. El pueblo era la fuente.

Me bajó Iain en el carro. Iain era el único criado que le quedaba a Dunmarach: un hombre seco y viejo, de manos como raíces, que llevaba en la casa más años de los que aparentaba la casa misma y que hablaba lo justo para que no se le confundiera con un mudo.

En la media hora de bajada, por un sendero malo con el agua gris del valle a un lado, no me dijo tres palabras.

Pero noté que, a medida que nos acercábamos a las primeras casas, se iba poniendo tieso en el pescante, como un hombre que entra en sitio ajeno.

Lo era. Aquel hombre había nacido a una legua de allí y entraba en su propio pueblo como un extraño.

Eso, sin que él abriera la boca, ya me dijo bastante.

El pueblo era un puñado de casas de piedra agarradas a la orilla, una iglesia baja con su cementerio al costado y poco más.

Y lo noté antes de bajarme del carro. Una mujer que tendía ropa recogió la colada a brazadas y se metió dentro.

Dos chiquillos que andaban junto al agua dejaron de andar y se me quedaron mirando con esa fijeza sin disimulo de los niños, hasta que una madre salió a una puerta y los llamó hacia adentro con una sola palabra.

No era por Iain. A Iain lo conocían. Era por mí, por la forastera del carro de Dunmarach, que era como decir por la forastera que venía de la casa de la que más valía no venir.

Entré en la tienda porque era el único sitio donde no podían cerrarme la puerta sin perder la venta. La llevaba una mujer de mediana edad, de cara cerrada, que me sirvió el aceite y el papel sin más palabras que las del precio. Pagué despacio, a propósito, para tener tiempo.

—Llevo unos días en la casa grande —dije, como quien comenta el tiempo—. Ordenando unos papeles para el bufete. ¿Lleva mucho tan vacía?

La mujer dejó de envolver. Me miró un momento, calculando cuánto me debía, y debió de decidir que lo justo, porque dijo, en voz más baja:

—Vacía lleva desde que se quedó vacía. Que es lo que se queda todo lo que toca a esa familia.

—Volvió al paquete—. De aquí no sube nadie a servir a esa casa, señorita.

Ni por todo el oro. Solo la cría, la pequeña Effie, porque es huérfana y no tiene a dónde ir, pobre criatura. Los demás preferimos pasar hambre.

—¿Y eso?

Se le endureció la cara, y por un momento creí que ahí terminaba la conversación. Pero algo la pudo, la misma cosa que mueve a la gente a avisar a quien va derecho a un pozo: un resto de decencia, o de miedo a que la sangre del otro le manche a uno por no haber hablado.

—Porque a esa casa el agua se le lleva a la gente, señorita.

Así de claro se lo digo, ya que nadie se lo va a decir.

El agua de este valle se cobra lo suyo, y en esa casa lo cobra más que en ninguna.

—Bajó aún más la voz—. La última fue la señora.

Una mujer joven, buena, que paraba a saludar a los del pueblo, no como otros.

Hará dos inviernos la sacaron del vado, ahogada. Y no fue la primera, ni de lejos.

—Un accidente —dije, para ver qué me devolvía.

Lo que me devolvió fue un silencio, y luego una mirada que decía más que cualquier acusación. La clase de mirada que se reserva para no tener que decir en voz alta lo que todo el mundo piensa.

—Eso dijeron —contestó—. El río. El mal paso.

La mala suerte de los Maitland. —Empujó el paquete hacia mí por el mostrador—.

Yo no digo nada. Pero le voy a decir una cosa, porque usted parece lista y porque no me gustaría enterarme dentro de dos inviernos de que sacaron del agua a otra forastera.

Esa casa no es sitio para una mujer sola.

Termine sus papeles y váyase. Y mientras esté ahí arriba, no se acerque al agua de noche. Por lo que más quiera.

No le pregunté por qué me decía justo eso, lo del agua de noche, porque me di cuenta de que no me lo iba a explicar, y de que ella misma a lo mejor no sabría explicarlo: era una de esas cosas que en un valle se saben sin saber de dónde se saben. Le di las gracias. No me las devolvió.

Al salir pasé por delante del cementerio, y mi oficio, que no descansa nunca, me hizo leer lo que veía sin querer leerlo.

No me detuve; no hizo falta. Bastó la mirada que se le echa a un estante para saber si está bien ordenado.

Había en aquellas lápidas, entre las cruces gastadas, más de las que tocan de gente joven, y más de una con la misma palabra repetida que yo todavía no sabía leer como un patrón y que leería más adelante: ahogado , ahogada , junto a fechas que no llegaban a viejas.

Lo guardé sin entenderlo, que es como guardo lo que sé que va a hacerme falta.

Iain me esperaba en el carro, tieso, mirando al frente, deseando irse. Subimos en silencio. A media cuesta, sin volverse, soltó la única frase que me dijo en todo el día por voluntad propia:

—No le haga mucho caso a la del pueblo. —Una pausa larga—. Tampoco le quite todo.

Y no dijo más.

Volví a subir hacia la casa con el aceite, el papel y el veredicto del valle entero metido en el carro conmigo: que aquel sitio estaba condenado y su dueño sentenciado, y que lo había estado mucho antes de que yo bajara a comprar lámparas.

No me lo quité de encima en toda la cuesta.

Pero no era miedo lo que me rondaba. Era una pregunta, la misma que me había desvelado la noche anterior con otra cara: cómo el asesino que me acababa de pintar el pueblo, con la boca pequeña y los ojos grandes, podía ser el mismo hombre que la tarde antes se había encendido como un crío hablándome de águilas y de esmaltes.

El valle tenía su respuesta, redonda y antigua. Yo, de momento, no tenía la mía.