8. Lo que lava la lavandera
Lo que lava la lavandera
No pensaba volver a bajar al vado.
Me lo había prometido a media cuesta, la noche en que no encontré nada: que una mujer con dos siglos de papel esperándola no tiene tiempo de perseguir fantasmas que el cansancio le pinta en el agua. Cumplí la promesa hasta que cayó la noche.
Es que la linterna seguía sobre la mesa, y la vieja del pueblo seguía dentro de mi cabeza, y entre las dos no me dejaban dormir.
Me dije que bajaría solo para terminar de una vez: para mirar el remanso con buena luz, comprobar que no había más que juncos y agua negra, y poder subir a acostarme sin volver a pensar en ello.
La razón, cuando se empeña, siempre encuentra un motivo sensato para cometer una imprudencia.
Es uno de los grandes engaños de la gente que se cree razonable, y yo me lo creía más que nadie.
Pensamos que la cabeza nos protege del miedo, y casi siempre lo que hace es buscarnos una excusa con buena letra para ir derechos hacia lo que tememos.
Yo no bajé al vado a pesar de mi sentido común.
Bajé gracias a él. Cogí la linterna que Calder me había puesto en las manos «para el sendero» y salí por el sendero que él me había prohibido.
No había niebla aquella noche. Eso lo recuerdo bien, porque después me agarré a ello como a un clavo: no había niebla.
El cielo estaba limpio y duro de estrellas, el suelo crujía de escarcha bajo las botas y el aire cortaba de tan quieto.
Una noche de las que no engañan. Lo digo porque importa.
Con niebla, todo se le perdona a una: el ojo rellena lo que no ve, y lo rellena con lo que teme.
Aquella noche no había nada que rellenar.
Veía el brezo escarchado, las piedras del camino, mi propio aliento subiendo recto en el aire helado.
Si algo se me aparecía en una noche así, no iba a poder echarle la culpa al aire.
La linterna abría delante de mí un círculo de luz amarilla, y más allá del círculo el valle era una sola masa negra de la que subía, cada vez más cerca, el rumor del agua.
La vi antes de llegar al vado.
Estaba donde la primera noche: en el remanso, arrodillada al borde del agua, de espaldas a mí.
Una mujer, vestida de un blanco que no necesitaba mi luz para verse.
Lavaba. Subía algo de la corriente con las dos manos, lo retorcía, lo dejaba caer contra la piedra y volvía a empezar, y cada gesto sonaba blando y cargado, como cae lo que está empapado hasta el alma.
Aquel sonido lo recuerdo mejor que la imagen: el golpe húmedo de la tela contra la piedra, regular como un reloj, el único ruido en todo el valle helado.
Tenía algo de faena y algo de penitencia.
Me quedé clavada en el sitio con la linterna temblándome en la mano.
La parte de mí que no se rinde nunca buscó deprisa su explicación: una mujer del lugar, terca o trastornada, lavando de noche a pesar de todo.
El cochero se había equivocado. La vieja exageraba.
Había una lavandera de carne y hueso, y por la mañana me reiría de mí misma.
Di un paso para verla mejor. Y otro.
Fue al acercarme cuando vi lo que lavaba.
No era ropa. Era una tela larga, una sola pieza, del largo de un cuerpo, y de ella escurría algo que no era agua.
Caía oscuro a la corriente, se deshacía en hilos negros aguas abajo, y donde la mujer la estrujaba contra la piedra la mancha se abría de nuevo, una y otra vez: la tela manaba por su cuenta lo que ella se empeñaba en quitarle.
Sangre. Estaba lavando la sangre de una mortaja, y la mortaja no se dejaba lavar.
Lo entendí como se entienden las cosas que el cuerpo rechaza antes que la cabeza: aquello no era una lavandera con más tarde que juicio, ni nadie del pueblo.
Lavaba una sangre que volvía a brotar, con la paciencia inútil de quien hace ese gesto desde mucho antes de que yo naciera.
Debí de hacer algún ruido. O quizá no, quizá solo me sintió mirar. La mujer dejó de lavar. Y volvió la cara hacia mí.
No sabría decir qué vi, porque lo propio de aquello era que no se dejaba ver.
Había una cara vuelta hacia mí, sé que la había, y sin embargo mis ojos no encontraban en ella dónde posarse, como cuando uno intenta leer en sueños y las letras se escapan en cuanto las mira.
No había facciones que recordar. No había nadie a quien reconocer.
Donde tenía que haber un rostro había una ausencia con forma de rostro, y esa ausencia me miraba.
Ahí se me acabó la razón.
No recuerdo haber decidido correr. Recuerdo el sendero brincando dentro del círculo de la linterna, la escarcha resbalando bajo las botas, el aire quemándome la garganta y una certeza animal, anterior a todo pensamiento, de que no debía mirar atrás para comprobar si aquello seguía arrodillado o se había puesto de pie.
Subí la cuesta de cualquier manera, cayéndome, levantándome, agarrada a la linterna de Calder, queriendo creer que su luz podía defenderme de algo que no le tenía ningún miedo a la luz.
Y mientras corría —esto es lo que peor llevo de aquella noche— no se me callaba la voz fría de siempre, la que no me ha abandonado ni en lo peor, repitiéndome que aquello era imposible.
Que las mortajas no sangran. Que las caras no se borran.
Que yo, precisamente yo, no podía estar huyendo de un cuento de viejas por un sendero de escarcha.
Y, sin embargo, huía. No me espantó tanto lo que vi como el hecho de habérmelo creído.
La casa estaba a oscuras salvo por una luz: la del vestíbulo. Morag esperaba al pie de la escalera, vestida y peinada a aquella hora imposible, con una palmatoria en la mano y la calma de quien lleva un rato aguardando lo que tiene que llegar.
Me vio entrar deshecha, sin aliento, con la linterna aún encendida y el pelo pegado a la cara de sudor frío, y no se sobresaltó. No me preguntó qué me ocurría. Bajó despacio los ojos por mí, de la cara a las botas embarradas, y volvió a subirlos.
—Ha bajado al vado —dijo. No era una pregunta.
No me salió la voz. Asentí, o creo que asentí.
—¿Y ha visto a una mujer? ¿Lavando?
Algo en cómo lo dijo —sin asombro, sin miedo, con el tono con que se confirma una cuenta— me heló más que el propio vado. Volví a asentir.
Morag dejó la palmatoria en el primer escalón, muy despacio, y cuando habló lo hizo en voz baja, casi para sí.
—Entonces hoy ha muerto alguien.
No dijo «morirá». Dijo «ha muerto». En pasado, como cosa ya cumplida, a falta solo de que mañana llegara alguien a ponerle nombre.
No le pregunté cómo lo sabía. En parte porque no me salía la voz, y en parte porque empezaba a entender que en aquella casa había cosas que se sabían sin necesidad de que nadie las contara, conocimientos viejos que se transmitían como se transmite el color de los ojos, y que más valía no remover delante de quien los guardaba.
Subí a mi cuarto y eché el pestillo. Dejé encendida en la mesilla la linterna de Calder —aunque acababa de comprobar que la luz no asusta a lo que vive en aquel vado— y me senté en el borde de la cama sin desvestirme, la espalda contra la pared, la cara vuelta hacia la puerta, hasta que clareó.
No me quitaba el sueño la mujer del agua, que ya estaba lejos.
Me lo quitaba lo otro: la voz tranquila de Morag, diciéndome que hoy había muerto alguien antes de que ningún mensajero hubiese salido siquiera de camino.
Y la certeza, nueva y helada, de que no se equivocaba.