La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo treinta y dos #4
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Capítulo treinta y dos #4

Pero ya no era la voz de Hanim la que hablaba. Era mía. Mi propia voz me susurraba en la cabeza y me atormentaba más de lo que podría hacerlo cualquier recuerdo de Hanim.

Y, por primera vez, respondí. Cogí esa voz y la metí en un lugar mucho más profundo que el que había usado para los restos mortales de Hanim.

«Ya no vas a poder martirizarme», espeté.

El amor no era sumisión. No era probar hasta dónde podía llegar antes de romperme.

El amor era la mano de Sefa buscando la mía en la oscuridad para tranquilizarse con mi presencia.

El amor era Marek entrando al reino que todavía le provocaba pesadillas para ayudarme.

La sopa de calabaza de Raya en mi cumpleaños, la sonrisa arisca de Rory cuando pronunciaba correctamente el nombre de alguna hierba, la risa boba de Fairel.

Dawoud apuñalándose con la daga. Una mesa explotando en la Cumbre Sangrienta.

El amor era Arin acunándome el rostro en una habitación en llamas y diciéndome que huyera.

Miré a Marek y Sefa y tomé una decisión.

—Alteza. —Subí al estrado ante el supremo Rawain. Los escalones crujieron bajo mi peso—. Estoy aquí para suplicar por sus vidas.

Rawain inclinó la cabeza. Le había picado la curiosidad.

—¿Qué son un par de ladronzuelos para una vencedora? —preguntó Rawain.

Arin apareció junto al hombro de Rawain con los músculos tensos por el recelo. No podía mirarlo.

No me lo perdonaría nunca.

—Son mis compañeros. Son inocentes de este crimen.

Golpeó el suelo con el cetro. Volvía a parecer aburrido.

—Su inocencia se decidirá en el juicio. Me temo que no puedo ceder a tu petición, querida Sylvia.

Recordé un guiño desde el otro lado de una antigua mesa de roble. Una sonrisa serena mientras el cielo estallaba a nuestro alrededor y llevaba la ruina a Cumbre Sangrienta. No quedaría satisfecho hasta que no me lo arrebatara todo.

«Cuando eliges por quién estás dispuesta a luchar, eliges quién eres».

Me arrodillé a los pies del supremo.

Todas las líneas del cuerpo de Arin se pusieron rígidas. Encogí los puños en el vestido e incliné la cabeza.

—Por favor, majestad. Os ruego que los perdonéis.

El supremo Rawain mostraba la misma expresión calculadora y reflexiva que tanto me gustaba en su hijo. En él, me provocaba una oleada de repulsión.

—¿Por qué debería hacerlo?

Habría que llegar a un acuerdo. No había otra posibilidad que garantizara la seguridad de Sefa y Marek.

—Me ofrezco en su lugar.

Sefa y Marek no eran jasadíes, pero no me cabía la menor duda de que eran mi gente. No iba a ignorarlos. No me permitiría olvidar todo lo bueno para protegerme de lo malo.

Mi magia se precipitó y se acumuló ávidamente en mis grilletes.

Rawain rio e intercambió una mirada compasiva con el desconcertado rey Murib.

—No quiero castigar a mi propia campeona. ¡Y menos cuando nos ha traído tanto orgullo! —exclamó, lo cual arrancó unas cuantas risitas nerviosas.

Ese hombre no avergonzaría a Ni­zahl arrestando a su propia campeona. No a cambio de unos ladronzuelos comunes. El supremo Rawain no era muy diferente de Hanim. Algo los había unido años antes de mi nacimiento. Una necesidad inmutable y depravada a la que acudía ahora.

Me permití mirar a Arin. Como una mujer moribunda en un oasis, bebí hasta saciarme de la belleza del heredero.

El horror se reflejaba en sus rasgos. Por mucho que se esforzara en planear todos los resultados imaginables, ni siquiera el heredero de Ni­zahl podía prepararse para las sombras ocultas de una mente rota…

ni para lo que podía suceder si se arrojaba luz sobre ella.

«Entre monstruos y humanos, ¿qué es lo que inclina la balanza?».

Me levanté.

—Me conocíais desde antes de que fuera vuestra campeona.

Mi voz resonó fuerte y clara. Mi magia aulló ansiando la liberación. No había opresión. No había dolor.

Si lo que quería era poder, obtendría poder.

—Nos conocimos en una mesa sagrada de roble hace muchos años. En un lugar de paz y prosperidad. Me conocíais con otro nombre. Mirad atentamente, Rawain. ¿No me recordáis? —Me incliné sobre la mesa que me separaba del supremo—. Yo sí que os recuerdo.

Observé sus pálidos ojos reptilianos y le guiñé el ojo.

La sorpresa invadió la expresión del supremo Rawain.

—La hija de Niphran. —Le tembló la mano del cetro—. No puede ser. Estás muerta.

Ensanché la sonrisa.

—Ya no.

—¡Guardias! —exclamó Rawain. Me apuntó al pecho con la cabeza cristalina de su cetro mientras los soldados irrumpían en el salón. Sefa y Marek quedaron olvidados en la refriega—. Una abominación disfrazada de nuestra campeona. Pagarás por lo que has hecho, Sylvia de Mahair.

Chasqueé la lengua.

—Deja que te refresque la memoria. —Me dolían las muñecas por la presión de los grilletes—. Me llamo Essiya. Malika de Jasad.

Arin los vio primero.

—Grilletes —dijo maravillado.

Los grilletes se alumbraron, encendidos por la magia fundida. Solo que, esta vez, no se detuvo. Esta vez, el resplandor inundó cada rincón.

«Deberías tener cuidado con los símbolos de poder», había dicho Diya. Como el poder de un verdadero nombre reprimido durante demasiado tiempo.

Essiya iba más allá de la reina, más allá de Jasad. Essiya era un símbolo que había cobrado vida propia. «Somos de donde venimos». Lo que fuimos.

Mis grilletes de plata cayeron al suelo. Unas grietas iridiscentes me recorrieron el cuerpo, se me abrieron vetas brillantes sobre la piel. Vi mi propio reflejo en el cáliz de la reina Hanan cuando el dorado y plateado se arremolinaban en mis ojos.

—¡Aparta! —rugió Arin. Impulsó a su padre lejos de mí y se giró protegiéndose la cabeza con el brazo.

Mi magia estalló en una oleada de oro y plata.

Los gritos llenaron el salón de baile cuando el techo explotó.

Mi poder envió una lluvia de cristales en todas direcciones.

Los invitados se apelotonaron contra el arco, empujando el escudo de Ni­zahl contra la pared.

Apareció un kitmer en el centro del salón.

El felino se alzó sobre sus patas traseras, con la emplumada cabeza dorada reluciente.

Desplegó unas alas doradas que se estrellaron contra las paredes que lo acorralaban.

Su rugido hizo temblar el suelo y el techo se derrumbó a su alrededor.

Unos faroles cayeron entre el resto de la realeza y yo, y las llamas prendieron los manteles. Flotaba polvo de las piedras que caían, arremolinándose sobre el caos.

Pasé a trompicones junto a las patas del kitmer hasta donde se habían ocultado Sefa y Marek tras un pilar tembloroso. Los guardias corrieron hasta los miembros de la realeza y los sacaron a toda prisa del salón de baile que colapsaba a nuestro alrededor.

—¡Corred! —grité. Llovían piedras sobre las mesas—. ¡No puedo controlarlo!

«Sylvia», articuló Sefa. Entornó los ojos para protegerse de la ráfaga de viento. Le cayó polvo en el pelo segundos antes de que una roca de la pared a nuestra derecha se desplomara. Sefa llegó hasta mí.

Chasqueé los dedos. Sefa y Marek desaparecieron y la roca colisionó contra el lugar que habían dejado vacío.

Las alas del kitmer se estrellaron contra los muros de la Ciudadela y me reí girando entre la destrucción.

Esto era la libertad. Por fin entendía por qué Rawain se había esforzado tanto para acabar con la magia de las tierras.

Me imaginé lo que sería no conocer jamás ese tipo de euforia.

No sentir nunca la magia recorriendo tu cuerpo, atravesando el aire bajo tus órdenes.

Una pureza de poder que purgaba el dolor y la maldad de la mortalidad.

Comprendí por qué mis abuelos estaban dispuestos a matar por esto.

Algo afilado se me clavó en el hombro. Sentí otro pinchazo. Y otro. Volaban flechas a través del kitmer hasta mí. Montones de flechas que me cubrieron el cuerpo con punzadas de dolor. El viento aullaba y el estrado se aplanó bajo el techo que se derrumbó.

Las flechas normales no podían volar en esas condiciones.

Me tambaleé hasta una mesa y me arranqué una flecha del muslo. La punta se disolvió entre motas de color sepia.

Sim siya. Un agente paralizante jasadí. Me aferré a la mesa y me desplomé sobre los rubíes de granada esparcidos. Una neblina se apoderó de mi mente.

Se formó un círculo a mi alrededor. Manos unidas sobre mi cuerpo y voces entonando melodiosos cánticos en resar. A pesar de que se me nublaba la visión, pude distinguir un rostro entre el resto.

—Te conozco —balbuceé. Era el hombre del Paso Meridiano. Efra.

La mujer que había junto al sombrío Efra sonrió.

—Esto solo os dolerá un momento, maulati.

Los cánticos se aceleraron cuando implosionó toda el ala de la Ciudadela. El kitmer se elevó sobre la destrucción, pintando el cielo nocturno con los colores resplandecientes de Jasad. Una renovación. Un juramento mortal.

La mano me había aterrizado sobre el corazón. Conté los latidos cada vez más lentos mientras los cánticos de los Orabi aumentaban en volumen y el mundo perdía los colores.

Uno, dos, estaba viva. Tres, cuatro. Nunca volvería a estar a salvo.

En alguna parte, Arin estaría asimilando mi traición. Sus ojos adquirirían un brillo frío e implacable y una cicatriz como la que tenía en la mandíbula le marcaría el alma. Quizás, me perseguiría a mí tal y como había hecho con Soraya.

Cinco, seis.

—La elijo a ella —había dicho.

«En otra vida, yo también te habría elegido a ti», pensé.

Las manos se separaron y desaparecimos.