La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo treinta y dos #3
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Capítulo treinta y dos #3

Me reclinó hacia atrás para darme un beso profundo.

Enredó una mano en mis rizos sueltos y me inclinó la cabeza con el pulgar en la barbilla para mantenerme inmovilizada.

Lo había visto sostener armas letales de una manera parecida, blandiéndolas con precisión.

Si Arin era tan meticuloso con sus amantes como con todo lo demás, no veía el modo de sobrevivir a él.

Apenas me había tocado, y ya me sentía completamente carbonizada.

Cuando se apartó, una promesa traviesa floreció en sus ojos.

—No eres lo que esperaba —susurró.

—Eso ya me lo dijiste —respondí, avergonzada y sin aliento.

El estrecho pasillo que conectaba la torre con el ala en la que se celebraba el Baile de la Victoria resonó con nuestros pasos.

Paneles de vidrio recorrían cada pared de arriba abajo y empecé a ser dolorosamente consciente de la altura a la que nos encontrábamos, sostenidos tan solo por el delgado suelo.

El inquietante pasillo terminó y descendimos por una escalera de caracol. A los pies de la escalera, un arco con forma de cuervo desplegando las alas conducía al salón de baile. Dos espadas formaban la parte superior del arco.

Arin apartó la cortina.

—Después de ti.

Armándome de valor, atravesé el arco y entré en un salón de puro esplendor.

Colgaban faroles de los techos rodeando las paredes.

Un estrado negro destacaba en el centro, cubierto por una sábana del mismo color para las mesas de la realeza.

Desde luego, Ni­zahl no había escatimado en gastos.

El alcohol fluía con libertad. Los músicos tocaban instrumentos omalianos en un guiño a mi reino natal.

Centenares de invitados bien vestidos se arremolinaban por todo el salón, y su parloteo me sumergió en una oleada de sonido.

Diya no había sido ignorada. La mesa del banquete ofrecía una amplia variedad de carnes saladas y grueso pan con za’atar, granada azucarada en cuencos de madera y pan dulce mojado en leche fresca y horneado.

Las otras tres mesas eran para cervezas y botellas de talwith de lavanda, la especialidad orbaniana.

La realeza estaba sentada en sillas acolchadas de respaldo alto en el estrado, contemplando a los entusiastas bailarines y conversando. Sin embargo, había una ausencia notable en la mesa de Orban. Sorn se había quedado a la sombra con una copa colgando entre los dedos.

—Ahora vuelvo —murmuré. Arin frunció el ceño, aunque no intentó detenerme.

El heredero de Orban me observó acercarme con una mezcla de hastío y desprecio.

—Vaya, pero si es la vencedora. ¿Has venido a regodearte? —Se bebió el contenido de la copa de un trago. Apenas podía oírlo por encima del barullo.

Aunque suponía que la inteligencia de Sorn era equivalente a la de una nuez sin cáscara, se preocupaba por su campeona. Ya era más de lo que podía decirse de Vaida y Felix.

—Lamento mucho lo que le ha sucedido a Diya. No merecía perder de un modo tan engañoso y deshonroso. Estoy segura de que despertará.

Sorn se sacó una botella de la nada y vertió el resto en su copa. Arrugué la nariz ante el empalagoso aroma. Talwith. ¿Cuánto había tomado?

—¿Estás segura? Vaya, la aldeana huérfana está segura de que Diya se despertará. ¡Rápido, llamad a los heraldos! ¡Debemos esparcir la buena nueva!

¿Qué me esperaba? Giré sobre los talones y dejé que Sorn siguiera dando él solo el espectáculo. Ojalá Diya estuviera ahí, aunque solo fuera para poder preguntarle cómo había logrado que su grosero heredero se encariñara de la guerrera borde e ingeniosa.

Por costumbre, el vencedor ocupaba un asiento privilegiado en el estrado real.

El supremo Rawain estaba repantigado en su silla, con el cetro debajo del brazo, mientras hacía rodar una uva entre los dedos.

Llevaba la túnica tradicional negra de Ni­zahl con una capa violeta atada al cuello.

Preferiría sentarme sobre una pila de cristales rotos que cerca de Rawain.

Arin me tendió la mano.

—Creo que tenemos un acuerdo.

—¿Has practicado los pasos?

Arin tiró de mí, me enganchó bajo su brazo y me hizo girar. Algunos de los presentes aplaudieron. Me atrajo hacia sí con una sonrisa que me habría gustado embotellar.

—Cuando tenía nueve años.

—Mentiroso. —Negué con la cabeza fingiendo indignación. Arin estaba atrayendo mucha más atención que yo—. Te está mirando hasta el apuntador.

Gimió.

—No suelo participar en estas actividades. Están sorpren­didos.

Observé a la realeza congregada.

—¿Cuál es el alto consejero?

—Se ha ido con una sirvienta hace unos minutos —respondió Arin—. ¿Por qué?

—Compartir estancia con ese maldito abusador me pone los pelos de punta. —Me incliné hacia él y le deslicé la mano por el hombro.

Arin entornó los ojos.

—¿Abusador?

Me planteé si compartir con él la historia de Sefa.

No se lo había contado hasta el momento porque no me correspondía a mí, y saber la verdadera razón por la que el alto consejero buscaba a Sefa y Marek probablemente no habría alterado la amenaza de Arin contra ellos.

Sefa me lo contó un día después de que lo hiciera Marek, pero no había vuelto a sacar el tema desde entonces.

Aun así, si Arin podía librar a Ni­zahl de la influencia del alto consejero, valía la pena contárselo. Se lo expliqué del modo más sucinto posible, incluyendo la participación de Marek en la huida. Cuando terminé, sus hombros estaban más tensos que la cuerda de un arco debajo de mis manos.

—Deja de autoflagelarte —murmuré—. No podías saberlo.

Sentí incredulidad ante lo rápido que me había creído. ¿Desde cuándo concedía tanto crédito a la palabra de alguien?

—Habría entregado a Sefa a un tribunal lleno de aliados del alto consejero. La habría llevado ante la justicia —espetó Arin—. Ese hombre no para de rondar la mesa del banquete para molestar a las sirvientas.

Con un vistazo rápido, descubrí a un hombre de estatura media invadiendo el espacio personal de una joven sirvienta. Tenía la boca pequeña y la frente grande. Era totalmente normal. Nada en él indicaba que pudiera sentir debilidad por jovencitas indefensas.

Arin miró por encima de mí. Maldijo, se equivocó en un paso y chocamos contra la pareja que había detrás de nosotros.

Nada me alarmaba más que ver a Arin alarmado.

—Los guardias están arrastrando a un hombre y una mujer con un glamur.

Me giré. Efectivamente, se trataba de Sefa disfrazada de anciana y de Marek con el glamur de un obrero de cabello negro. Forcejeaban entre dos soldados de Ni­zahl. Uno de ellos se detuvo para susurrarle algo al oído al supremo Rawain.

Intenté echar a correr, pero el agarre de Arin sobre mi codo era aplastante.

—Espera.

En el estrado, el supremo Rawain suspiró.

—¿Arin? —Inclinó la cabeza hacia Sefa y Marek. Arin asintió y se abrió paso entre la multitud. No me soltó el brazo.

El alivio inundó el rostro de Sefa al verme.

—Estás bien —exhaló—. Sylvia, alguien ha asaltado los carruajes de la vencedora. Los soldados creen que hemos sido nosotros. Les hemos dicho que estábamos esperando para viajar de vuelta a Omal contigo y que los habían saqueado antes de que llegáramos.

—No nos creen —gruñó Marek resistiéndose al agarre del soldado.

Hice una mueca al notar dolor donde Arin todavía me sostenía. La urgencia tiñó la voz brusca del heredero.

—Soltadlos. Avisad a los soldados para que cierren las puertas. Quiero a mi guardia personal en los carruajes. Todos los soldados en los terrenos de la Ciudadela deben buscar a los asaltantes, así que despertad a los reclutas.

Marek y Sefa quedaron libres cuando los soldados se dispersaron para obedecer. Puse la mano sobre la que Arin tenía en mi codo y me miró por fin.

—Los Orabi —explicó, impasible—. No logramos atrapar a ninguno al marcharse de la prueba y supuse que no habían mordido el anzuelo.

Debieron de colarse en los terrenos de la Ciudadela cuando los soldados registraban a la multitud.

El Alcalah no termina con la tercera prueba, sino con el Baile de la Victoria.

No tuve oportunidad de reaccionar. El alto consejero, que había olvidado a la sirvienta para mirar a Sefa mientras hablaba, retrocedió de repente.

—Sayali —jadeó—. Eres tú.

Sefa escupió a sus pies.

Tres guardias se lanzaron hacia delante para sostener a Marek cuando intentó abalanzarse sobre él.

—¡Alteza! —gritó el alto consejero. Se puso rojo y se le derramó la bebida por la parte delantera de la túnica. Se acercaron más guardias para rodearlos—. Estos son los animales que me robaron y me dieron por muerto.

El supremo Rawain los miró de nuevo, casi a regañadientes, pasando la vista por el caos. Se levantó y gesticuló con el cetro.

—Arrestadlos —dijo con aire casual, como quien pide un vaso de agua—. Esperarán al juicio en las mazmorras.

Se me paró el corazón.

—¡Sylvia! —jadeó Sefa cuando los soldados le doblaron los brazos en la espalda. Inmovilizaron a Marek con la cabeza contra el suelo.

Yo estaba en un lago helado mientras mi madre ardía. Cogiendo ranas mientras el mundo chillaba a mi alrededor. Estaba en la Cumbre Sangrienta y Niyar me gritaba que corriera.

Arin impidió que los guardias se llevaran a Sefa y Marek a rastras del salón de baile, pero solo su padre podía ordenar que los soltaran.

Con el pulso latiéndome en el cuello, repasé mentalmente las probabilidades.

Aunque me tomara mi tiempo y elaborara un plan para rescatarlos de las prisiones de alta seguridad de Ni­zahl, podía fracasar.

En cuanto sacaran a Sefa y Marek del salón, su destino se me escaparía de las manos.

No podía perder a nadie más. No perdería a nadie más.

Essiya, no seas estúpida. Tienes todo lo que quieres, murmuró Hanim. Toda la riqueza que vas a necesitar en la vida. Estás a salvo de la persecución de Ni­zahl. Tienes a tu adorado heredero. ¿Por qué echarlo todo a perder por un par de ni­zahlianos idiotas?