Capítulo treinta y dos #2
Una mano enguantada se cerró en torno al colgante. Se lo ató alrededor del cuello sin dejar de mirarme y se dio una palmadita donde se había acomodado.
—Como si fuera a rechazar un regalo de la mismísima Suraira —murmuró. Negó con la cabeza como si fuera una idea totalmente irracional—. De la vencedora del Alcalah.
El rubor se expandió desde mis mejillas hasta el cuero cabelludo. Me reí y jugueteé con la capa.
—Debo considerarme halagada. ¡El gran y poderoso comandante ha aceptado mi humilde ofrecimiento! Es toda una victoria que celebrar.
Los dedos de Arin convulsionaron alrededor del higo.
—Para.
¿Acaso se pensaba que podía controlar este pánico creciente? ¿Contener la epifanía de que anhelaba más de Arin, de su vida, de su tiempo y sus escasas sonrisas? Quería que llegara a conocerme. Compartir mi vergüenza y mis pesares con él y confiar en que los mantendría firmes.
—Vamos, mi señor, la modestia no os sienta bien. —Mis extremidades parecían separadas de mi mente, gesticulando a la nada y a todo al mismo tiempo—. Solo disfruto del honor y la alta dignidad de tal gesto de…
—¡Basta! —gritó Arin.
Dejé caer la capa. Él avanzó con una mezcla de desesperación y rabia en la cara.
—No soy inmortal, compasivo, poderoso ni magnífico.
No puedo serlo porque soy simplemente un hombre.
—Cada palabra parecía sacada a mordiscos, arrancada de un lugar en el que llevaba abandonada demasiado tiempo.
Unos ojos azul hielo, unos ojos que veían demasiado, que trascendían mis cuidadosas pretensiones, escudriñaron los míos—. Solo soy un hombre.
Más tarde, no recordaría quién se había acercado primero. Esos detalles se desvanecieron para dar paso al resto.
Nos encontramos en una colisión que debería haber sacudido los mismísimos cimientos de la Ciudadela. La boca de Arin se inclinó sobre la mía y sus brazos me rodearon la cintura como barras de acero para pegarme a su pecho. Enterré las manos en su suave cabello y le torcí la diadema.
Una presión se aflojó en mi interior y surgieron mil nudos de tensión para ocupar su lugar. Nudos de necesidad ciega, de exigencia pura.
Arin no sabía a nada que pudiera nombrar.
Había hecho una promesa contra la intoxicación, pero me retractaría de inmediato ante la posibilidad de saborear su decadencia.
Apenas noté el golpe de mi espalda contra el armario.
Le rodeé la cintura con las piernas y, con las prisas por quitármelos, rasgué uno de los guantes de Rory.
Recorrí la cicatriz de Arin con los dedos, sus ojeras.
Tiré del cuello de su camisa. Estaba ansiosa por tocarlo, por grabar mi nombre en su piel, por dejarlo tan completa e irrevocablemente marcado como él me dejaría a mí.
Arin me besó con la misma atención y destreza que mostraba en cada faceta de su vida.
Me destrozó con cada roce de sus labios contra los míos.
Sus inteligentes manos encontraron el modo de abrirse paso por debajo de mi falda y me apretó los muslos con el cuero que le cubría los dedos, con tanta fuerza que supe que me dejaría moretones.
Y era lo que quería. Deseaba presionar los dedos contra la evidencia de su paso y deleitarme con el dolor palpitante.
Un eco acompañaba cada latido de mi corazón, un sonido vacío en la cacofonía. Nos habíamos hecho algo horrible el uno al otro, habíamos despertado un monstruo compartido.
Maldito saber, como diría Raya. ¿Cómo iba a poder alejarme sabiendo lo que era tenerlo entre los brazos? Mi nombre pronunciado por su voz rota… ¿Cómo podría dejar que alguien más lo pronunciara después de él?
Me enredé con las ataduras de su chaleco y maldije contra sus labios.
Por fin conseguí aflojarlos y quitarle la túnica.
Tracé los contornos de su abdomen y le clavé las uñas en la cadera cuando se estremeció.
El calor me recorrió por completo por su extrañeza.
Este hombre impenetrable, que nunca reaccionaba a mis insultos ni a mi temperamento, respondía ante mi tacto.
Necesitaba más de él. Más de esto. Necesitaba arrastrar a la locura al imperturbable comandante con mis dedos, labios y piel.
Necesitaba dejar de revolverme entre los escombros de mi mente y perderme en él.
—¿Tienes la menor idea de lo mucho que me frustras? —Su boca encontró el latido en mi cuello. Los sólidos contornos de su cuerpo me presionaban contra el armario y me inmovilizaban en el sitio—. ¿De lo mucho que me fascinas?
Mi magia se estremeció cuando el cuero que le cubría las palmas ascendió por mis muslos y se unió al calor que me recorría las venas.
—A la cama. Ya.
El brillo feroz en la sonrisa de Arin hizo que me atravesara un escalofrío de expectación. Nunca me sentiría del todo segura con él. Él jamás estaría del todo a salvo conmigo.
—¿Eso es una orden, Suraira?
Estreché las piernas alrededor de su cintura a modo de respuesta.
El mundo se dio la vuelta cuando Arin me pasó un brazo por la cintura y se giró. Caí sobre la cama con un gemido y él me inmovilizó apoyando la rodilla en el colchón. Me miró con hambre y algo más silencioso. Una emoción mucho más peligrosa.
«El modo en el que te mira a veces. Como si fueras un acantilado con una caída letal y cada día lo acercaras más al precipicio».
Alargué los brazos hacia Arin y lo atraje a la cama. Le acuné el rostro entre las manos. Me aseguré de tener toda su atención antes de rozarle la frente con los labios. Me cogió las muñecas con fuerza. No se apartó.
Quería abrirlo en canal y memorizarlo de dentro afuera.
Estaba totalmente equivocada. Arin no era una cuerda estirada.
La presión lo había comprimido hasta dejar solo las partes más frías y afiladas de sí mismo.
Las partes con más probabilidades de resistir la presión.
Bajo una fuerza idéntica, yo me había roto.
Me había desmontado en piezas para evitarlo, consciente de que quizás nunca podría volver a recomponerme del mismo modo.
Pero quería mantener la esperanza de que aún pudiera salvarse lo que habíamos perdido.
De que, a pesar de aquello en lo que nos habíamos convertido, podríamos aprender de nuevo lo que era la ternura.
Le besé el ojo izquierdo y luego el derecho. La comisura de la boca. La punta de la mandíbula. Arin empezó a temblar.
—Sylvia… —Era medio plegaria, medio dolor.
La voz de Vaida consiguió abrirse camino a través de la neblina del deseo. «Protege su corazón por mero instinto de supervivencia».
—Te odio. —Le pasé los dedos por el pelo, disfrutando de la sensación del peso de su cuerpo contra el mío.
Él se estaba conteniendo cuidadosamente, como si pudiera aplastarme si perdía la concentración.
Idiota. Le di una patada en el tobillo, contuve la risa y me coloqué encima mientras él recuperaba el equilibrio.
Seguí el contorno afilado de su nariz.
—Sueño con matarte.
Arin me apartó los dedos y me invadió la desesperación. ¿Había llegado demasiado lejos?
Unos ojos impregnados de un oscuro júbilo buscaron los míos. Me alisó la arruga del entrecejo con el pulgar.
—Mi demente Suraira, tenemos mucho que debatir sobre seducción.
Alguien llamó a la puerta y proferí un gritito. Arin me tapó la boca.
—¿Vencedora Sylvia? ¿Necesita algún tipo de ayuda?
Le mordí el guante y apartó la mano con una sonrisita.
—¡No, gracias!
Sus labios se sellaron sobre los míos con un sensual deslizamiento. Le pasé la mano por la nuca, enroscándome a su alrededor como una serpiente atrapando a su presa. Enganché el pulgar a su cintura y tracé la curva de su cadera.
La pérdida repentina del calor de Arin me despejó. Había girado la cabeza a un lado con la mandíbula tensa.
—Necesito un momento —dijo—. Tu magia…
—¿Cómo es?
—No puedo confiar en mis propias manos. Es como si fuera a acariciar tu adorable cuello, pero en vez de eso acabara partiéndotelo.
Tendría que haberme dado miedo. De hecho, así era, pero siempre tenía miedo. Esa emoción era uno de los pilares básicos de nuestra relación.
Me estaba contando la verdad sobre la musrira… o lo que él creía que era la verdad. Una maldición frustrada lo había vuelto tan sensible a la magia que sentía dolor solo con rozarme. Era una explicación tan buena como cualquier otra.
Aun así, me pregunté…
Le apoyé la palma de la mano de manera suave y deliberada en la mejilla.
«Pero, si quieres saber cuál es la teoría por la que más me inclino, sospecho que tocarte cuando pudieras hacer un uso completo de tu magia me mataría».
Me agarró la mano con fuerza. Flexionó los dedos enguantados alrededor de mi muñeca desnuda, aunque no me la apartó.
—Arin. —Apoyé la mejilla en su pelo—. ¿Te estoy haciendo daño?
Me dio un beso ligero como una pluma en la barbilla.
—Constantemente. —Sin embargo, parecía melancólico, contento.
Le acaricié la cara. Ahora podía entender las rapsodias de los poetas y las melodías sobre el mal de amores.
Yo carecía de talento para la composición, así que recorrí las venas de la parte inferior de su muñeca, le besé la línea afilada de la mandíbula y memoricé la curva de su sonrisa. Quizás pudiera traducirlo así.
—Deberíamos irnos —murmuró contra mis labios—. Ya habrán terminado con los discursos. La mayoría de los invitados estarán enfrascados en el talwith.
—Uf, talwith. —Me ayudó a bajar de la cama—. ¿Y si decimos que el heredero de Nizahl le estaba dando la enhorabuena personalmente a su campeona? —Moví las cejas arriba y abajo.
Arin se colocó la diadema en la cabeza, farfullando en voz baja. Probablemente, implorando paciencia a un poder superior. Me solté el pelo y dejé que me rebotara alrededor de las mejillas acaloradas.
Cuando me dispuse a abrir la puerta, Arin me agarró la muñeca.
—Puedo soportar uno más.