Capítulo treinta y dos
Capítulo treinta y dos
M e preparé sola para el Baile de la Victoria.
Habían llevado mis pertenencias a una habitación en la torre principal de la Ciudadela. Mi vestido de color ciruela se derramaba sobre el banco acolchado en un susurro de seda mientras ensayaba distintas expresiones ante el espejo de marco dorado. Orgullo, humildad, deleite. Me dolían las mejillas.
No podía hacer gran cosa con mis ojos. Eran del tono negro e implacable de la muerte, no podía convencerlos para que imitaran ninguna forma de vida. Me los delineé con kohl azul en polvo y aparté la pirada.
Llamaron a la puerta. Hora de actuar una vez más.
Vi la entrada de Arin reflejada en el espejo. Cerró la puerta tras de sí mientras yo me ponía los guantes que me había regalado Rory.
—¿Cuánto tiempo tengo que quedarme?
Se apoyó contra la puerta. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había visto a Arin apoyarse. Ese hombre había salido del vientre de su madre rígido e impasible. Era una señal reveladora.
—Dos horas. Cuando estén todos ebrios, nadie notará que te marchas.
Me aparté el pelo de la cara. Los rizos apretados me caían por la espalda.
—Los carruajes de la vencedora están listos.
Sefa y el chico se reunirán contigo allí.
He asignado un séquito de mis soldados más cualificados para que os acompañen.
Os llevarán donde queráis ir y, una vez que lleguéis a vuestro destino, podrás elegir a diez para que se conviertan en tu guardia permanente.
Tus ganancias se entregarán de manera discreta y privada en la ubicación que elijas.
Arin habló sin ningún tipo de inflexión. Me pregunté si él también habría estado ensayando sus expresiones para la noche.
Me giré sobre el banco. Verlo de pleno desvió todos mis pensamientos por un momento.
Una túnica teñida del tono de violeta más llamativo le enmarcaba los hombros y las planicies del torso.
Llevaba el símbolo de Nizahl bordado sobre el corazón.
Unos elegantes pantalones negros le colgaban de la estrecha cintura, embutidos en unas botas limpias y ligeras.
Encima de la nube de cabello plateado descansaba una diadema con una amatista.
Había reemplazado el pesado abrigo por una levita negra ajustada que le llegaba hasta la parte trasera de las rodillas con cinco brillantes botones morados en el lado izquierdo y unos cuervos diminutos en el opuesto.
—No te acerques a mí —logré decir—. No podré escabullirme con todos los ojos puestos sobre ti.
—Te aseguro que esta noche no seré el centro de atención —contestó secamente, a pesar de que se le dibujó una sonrisita en los labios. Timidez… Ahora sí que lo había visto todo.
Suspiré, apoyé los codos en las rodillas y me cubrí la cara.
—¿Algún cambio?
La pausa que se tomó para responder lo dijo todo.
—No.
Cuando me desperté en el foso, la anarquía reinaba en la arena.
Los soldados de Nizahl habían atrapado a los visitantes desde el exterior y los que estaban ocultos entre el público habían capturado a cualquiera en cuyos ojos se reflejara el más mínimo destello dorado o plateado.
Sorn y Arin habían echado a correr desde los túneles en cuanto cayó la barrera esmeralda.
La arena había sumergido casi por completo a Diya, inconsciente.
Hicieron falta el heredero de Orban y seis jawaya para liberarla de su agarre.
Observé con impotencia cómo Sorn cogía en los brazos el cuerpo inerte de Diya y la sacudía por los hombros llamando a un médico.
Yo era mucho más alta que ella y solo me había hundido hasta la mitad cuando Arin me alcanzó.
Tras asegurarse de que estuviera despierta y coherente, el heredero de Nizahl se quitó los guantes y abrió una única salida desde el recinto.
Los invitados se apelotonaron en la puerta y él presionó con los dedos la frente de todos los que salían.
Los que se resistieron fueron detenidos.
Apresaron a cincuenta Mufsidíes. Cualquier sentimiento que pudiera haber albergado por su captura desapareció tras presenciar la masacre que habían perpetrado con el personal del Usr Jasad y el derribo de la fortaleza.
Más tarde, me enteré de que Arin había descubierto a Soraya con un glamur durmiendo bajo un carruaje, con un frasco vacío en la mano.
—Su magia ya se estaba desvaneciendo cuando la toqué —había dicho—. Murió en pocos momentos.
Evitando entrar en detalles, le había explicado cómo me había perseguido a través de sus recuerdos.
La magia que había infundido al elixir había hecho posible que yo muriera en mis propios sueños, pero también que lo hiciera ella.
Si mis recuerdos eran espejos, los de Soraya eran un vacío vengativo.
Soraya estaba muerta, habíamos capturado a una banda de Mufsidíes y yo había ganado.
La campeona orbaniana, víctima denuestra victoria, se había sumido en un sueño profundo del que nada podía despertarla.
Sorn había dispuesto un carruaje para que la transportara a Orban y había enviado mensajeros a todos los rincones de los reinos en busca de una cura.
—Diya está viva. Sorn es muy testarudo. Si existe una cura, la encontrará. Ella era consciente de los riesgos de la tercera prueba. Podría haber sido mucho peor —dijo Arin.
—¿Cómo? —Me dirigí al armario—. Ingirió un elixir envenenado. ¿Crees que Sorn la entrenó para eso?
Aplasté las brasas de la ira que ardían en mi pecho. La rabia abrió las puertas para que irrumpiera todo lo demás.
—Ya tienes a tus jasadíes —murmuré—. El trato se ha cumplido.
Se le tensó un músculo de la mandíbula.
—Así es. La libertad es tuya.
Mi risa sonó hueca hasta para mis propios oídos. El sueño de adquirir la tienda de Rory, financiar otro refugio para las pupilas de Raya, comprar el viejo carruaje de Yuli para Marek y llevarme a Sefa a vivir aventuras… había quedado manchado, corrompido por una información infernal e ineludible.
Mis abuelos habían traicionado a nuestro pueblo de la manera más pérfida que uno podría imaginar.
El Usr Jasad no era más que una ilusión, una historia preciosa que ocultaba unas raíces podridas.
Mi magia había llevado a los Mufsidíes a allanar el camino para el asalto sin ser siquiera conscientes. Todo lo que creía saber era mentira.
En alguna parte entre Soraya y Dawoud, mi última esperanza de libertad se había hecho añicos.
—Toma. —Arin me tendió la capa—. No quería dejarla en el carruaje.
Cogí el bulto de tela y le di la vuelta. Me sorprendió ver que habían reparado el cuello apolillado. Pasé el pulgar por la costura nueva.
—Gracias.
—Sylvia. —Arin tenía la voz tensa—. No te hagas esto.
—¿El qué? —Había algo en el bolsillo derecho de la capa. Qué raro, llevaba la daga en la bota.
Arin se movió y se colocó tan cerca que estuve a punto de dejar caer la capa. Deslizó el dedo índice por debajo de mi barbilla y me levantó la mirada. La agitación que le teñía la voz enfatizaba su leve acento.
—Quiero ayudarte. Dime qué puedo decir…
Le cubrí la boca con la mano y me agarró la muñeca al instante. Sus ojos se clavaron en los míos y, como no me soltó, me permití hablar.
—Soraya intentó matarme. Durante años, lideró a los Mufsidíes y masacró a los jasadíes. Puede que Diya no se despierte nunca por su culpa. Su muerte tendría que haberme dejado rebosante de alegría.
Las palabras me salieron en un estallido, tal y como suelen hacerlo las verdades más desagradables que exigen ser escuchadas. Una densa pesadez explotó a su paso.
—Pero lo único que siento es dolor, Arin, porque ha muerto otra jasadí.
Mis abuelos tenían tanta culpa como Hanim de convertir a Soraya en lo que había llegado a ser. Del sentimiento que había llevado a los Mufsidíes a volverse contra su propio pueblo.
Me había esforzado mucho por alejarme de ese pesar. Por transformar la culpa en ira y la pena en desdén. Hanim me había avergonzado e impuesto una carga que no podía soportar. Como matarla no había acallado el ruido, había erigido unas barreras más altas que las puertas de la Ciudadela.
—Quería existir solo por mí, pero… yo no existo en realidad, ¿verdad? —susurré, y fueron las palabras más sinceras que había pronunciado nunca.
Retiré la mano y me froté los ojos llorosos.
—¿Cómo lo llamaste? ¿Dominio infantil de las emociones?
Arin me contempló fijamente. No se trataba de una de sus miradas calculadoras, críticas o cautelosas. Simplemente me miró, casi con impotencia.
—Da lo mismo. —Tosí, y busqué a tientas en el bolsillo de la capa. Un torrente de verborrea insulsa había escapado entre las zarzas de mi incomodidad. Había compartido demasiado—. Por desgracia para ti, si no estoy pensando, me estoy quejando. Y tengo previsto hacer ambas cosas esta noche.
Saqué del bolsillo el colgante del higo que le había comprado a aquel mercader omaliano. Ya me había olvidado de él.
Arin arqueó la ceja en un gesto injustamente atractivo.
—Te estás poniendo roja.
—Yo no me pongo roja —repliqué, aunque esa vez parecía ser la excepción.
Todas las gotas de sangre de mi cuerpo corrían a agolparse en mis mejillas.
Había sobrevivido a un elixir envenenado, a savia mortífera y a las garras de Al Anqa’a, pero no eran nada en comparación con lo que me costó extender el colgante del higo hacia el heredero de Nizahl—.
Lo compré para ti —espeté en un estallido de sílabas—.
No tienes que ponértelo, por supuesto, solo pensé en ti.
Si lo quieres. El violeta me recordó los cuervos de tu abrigo.
—No añadí que los higos me recordaban la seguridad y el bienestar, dos sensaciones que, en un giro irónico del destino, había terminado asociando con Arin.
El heredero miró el colgante. Dos segundos más y habría fingido desmayarme o me habría lanzado sobre la espada del primer soldado que pasara. Cualquier cosa con tal de acabar con esa humillación. ¿En qué estaba pensando? El comandante no usaba joyas, y menos una baratija omaliana con una fruta…