Capítulo treinta y uno #5
Una de las niñas que tiraba piedras se acercó corriendo. No tendría más de diez u once años, pero las más pequeñas, sollozando, le tiraron de la manga pronunciando un nombre: Soraya.
La niña recogió la carta que su madre había dejado caer. La Soraya adulta se aproximó para leer por encima del hombro de su versión joven.
—«La malika Palia y el malik Niyar ofrecen sus más sinceras condolencias por este trágico accidente». Prácticamente, todas las casas de nuestra aldea recibieron una de esas cartas. Nos entregaron como alimento a su codicia y fingieron compadecerse cuando empezamos a ser devorados.
—La minería mágica —comprendí. Me llevé una mano a la boca. El recuerdo que había desvelado en Omal—. Los demás gobernadores acusaron a mis abuelos durante la Cumbre Sangrienta, pero pensé… pensé que era imposible extraer magia de las minas.
—Es imposible extraer magia de la tierra.
La madre de Soraya apartó el sudario que cubría a su esposo y me invadieron las náuseas.
El cadáver del hombre no se parecía a ninguna criatura que hubiera morado sobre la tierra.
Tenía los huesos triturados y reorganizados.
Los bordes afilados de sus huesos eran claros y vidriosos.
Su esqueleto, al no tener masa ni carne, estaba cubierto de hollín e icor.
—Pero no de la gente. Nadia había pensado en extraer magia de la sangre hasta la llegada de tus abuelos.
Cuando se dieron cuenta de que la magia de Jasad se estaba debilitando y de que nuestros niños nacían con menos poder en cada generación, el malik y la malika drenaron la magia de la gente de los vilayatos más pobres, uno a uno.
Se llevaban nuestra magia al Usr Jasad y la usaban para alimentar sus vilayatos preferidos.
¿Tienes idea de lo que es que te arranquen del cuerpo la propia fuente de tu magia?
Mi padre creía en la importancia del respeto a la corona y ellos lo consumieron.
«Tu magia es poderosa, Essiya. Yeddo Niyar y tita Palia podrían intentar robarte una parte».
Si mis abuelos eran lo bastante crueles para extraer magia de su propia gente, ¿cómo de aterrorizados debían de estar para encerrar mi magia tras los grilletes?
—Entonces, ¿por qué colaboraste con los Mufsidíes? ¡Son tan cómplices como mis abuelos!
—Los Mufsidíes tienen recursos, contactos.
Ellos se aseguraron de que Hanim fuera nombrada qayida.
Me asignaron el puesto de tu asistenta. Y cuando llegó el momento de limpiar el trono de Jasad de la escoria de tu familia, estuvieron listos para atacar.
El único punto de discordia eras tú. Sus objetivos se centraban por completo en tu magia, pero cuando la fortaleza cayó y te declararon muerta en la Cumbre Sangrienta, no tuve ningún problema en consolidar mi mando.
—¿Por qué mi magia? —pregunté, totalmente desconcertada. Sabía que era poderosa, pero ¿tanto como para merecer todo este caos?—. ¿Qué quieren hacer con ella?
No podían pretender simplemente extraer mi magia como con el padre de Soraya. Podrían haberlo hecho en cualquier momento antes del asalto, sobre todo teniendo acceso a mí sin restricciones a través de Soraya.
De repente, la mujer se tambaleó y la agonía se reflejó en su rostro.
—Me ha encontrado —espetó—. Malditas sean las tumbas, ¿cómo?
Las paredes se movieron de nuevo y no desaproveché la oportunidad. Me abalancé sobre Soraya y ambas caímos al suelo. En un instante, desapareció de debajo de mí y aterricé en una enorme habitación.
Había una Soraya diferente sentada ante un espejo ovalado.
Sin toda la suciedad pegada al pelo y sin la rabia que marcaba ahora su semblante, esta versión más joven me resultó más fácil de reconocer.
Se estaba cepillando el cabello liso que le caía por los hombros.
Mi Soraya, sudando por el esfuerzo de mantenerse erguida, gruñó:
—Odiaba estropearme los rizos. Pero ya tenía demasiados rasgos que me identificaban como jasadí.
Pasé por delante de la versión joven y me detuve a los pies de una cama ancha. Contuve el aliento. Bajo las sábanas, dormía un Arin adolescente. Lo observé respirar, conmovida por la vulnerabilidad de sus facciones juveniles.
—Le gusta pensar que fui yo quien lo volvió tan frío —comentó Soraya acercándose a él.
Le rozó la mejilla con los dedos y quise rompérselos uno a uno—.
Él ya era todo un desafío. Paranoico y desconfiado.
Buscaba constantemente una razón para dudar.
No confiaba en los gestos de amabilidad e interactuaba con la vida manteniendo las distancias.
Me sonrió con un brillo travieso, como el que se había ganado mi devoción desde el principio.
—Si alguien podía doblegar una montaña, tenías que ser tú, amari. Arin de Nizahl enamorado de la heredera de Jasad. ¡Ja! Y él que pensaba que mi engaño era lo peor que le había sucedido. No me extraña que haya cerrado su corazón a cal y canto: ese maldito órgano sigue llevándolo por el mal camino.
—Yo no lo engañé —repuse—. Cuando nos conocimos, no era la heredera de Jasad. Era una aldeana omaliana, apenas era jasadí siquiera. No pretendía convertirme en… Empezar a…
La otra Soraya acabó de peinarse y dejó el cepillo sobre el tocador.
—¿Empezar a sentir por él? —terminó Soraya—.
Sí, Hanim hizo un excelente trabajo eliminando ese defecto en particular.
No importa. Arin no entiende la traición como nosotros.
Para él, es la furia de ser manipulado. O de calcular mal.
—La otra Soraya se sentó a horcajadas sobre las sábanas que cubrían a Arin y contempló su rostro sereno. Su rostro sin cicatrices.
Mientras tanto, la magia de Soraya se estaba debilitando. Los colores de la habitación se emborronaron y su piel se tornó pálida.
Sobre la cama, se materializó una daga en la mano de la otra Soraya.
Con una respiración temblorosa, asestó un golpe hacia la garganta de Arin.
El heredero de Nizahl abrió los ojos. Se retorció y cambió la trayectoria del filo.
Empezó a brotarle sangre de la mandíbula, formando la infame cicatriz del comandante.
Arin arrojó contra la pared a Soraya, quien cayó echa un ovillo en el suelo.
El heredero se tambaleó hacia la puerta en el mismo instante en que un joven Wes irrumpía seguido de una ráfaga de guardias alertados por el golpe.
Wes se movió justo a tiempo para sostener a Arin antes de que cayera al suelo.
Vaun estaba entre ellos. Cubrió la herida sangrante de Arin con un grueso pañuelo con la mirada fija en la puerta mientras los demás arrastraban a una Soraya que no dejaba de retorcerse.
El supremo entró corriendo y, justo cuando la habitación comenzó a deformarse, habría jurado que los colores de su cetro empezaban aarremolinarse.
Volvimos a la habitación blanca y Soraya se dobló por la mitad.
—Supongo que esto es una despedida. Necesito conservar la magia suficiente para combatirlo. —Sus ojos relucían con un débil brillo dorado y plateado—. Te quiero, amari. Espero que lo recuerdes cuando la muerte nos reúna de nuevo en algún momento.
Me abalancé y esta vez sí que pude tirarla al suelo. Me empujó y me reí cuando el dorado y el plateado de sus ojos empezaron a girar más rápido. ¿Estaba intentando escapar?
—No puedes marcharte, Soraya. Puede que mi magia no funcione ahí afuera, pero ahora estamos en sus dominios —señalé.
Su gran plan para frustrar las protecciones de mis grilletes vertiendo su magia en los elixires de la prueba había pasado por alto que introducir magia en mi cuerpo no era el problema.
Me levanté y le mostré los dientes en una sonrisa desquiciada—.
Como ves, mis grilletes tienen la molesta costumbre de atrapar la magia dentro de mí.
El arrepentimiento se desvaneció de los ojos de Soraya. Las paredes se desmoronaron a nuestro alrededor como si fueran una frágil hoja en otoño y nos dispersaron en un millón de direcciones.
Caímos sobre la superficie congelada de un lago.
Unas sombras se balanceaban en la orilla lejana. Me observaban. Esperaban. Ya había estado aquí.
—No si mueres antes de que lo haga mi magia. —Aparecía y desaparecía. El esfuerzo que hacía por mantenerme dentro del sueño y combatir los efectos de Arin era evidente.
Me rocé la parte superior de la cabeza y me palpé los bordes de la coronilla. Mi vestido plateado ondeaba en el lago. El bordado de la falda cobró vida y el kitmer enjaulado empezó a pasearse por los pliegues de la tela, estirando su cuerpo felino.
Soraya me había enviado a mi pesadilla más recurrente.
—Quería más tiempo para ti —dijo Niphran. Regia y melancólica, el corazón de Jasad hecho persona—. Más paz. Más amor. Una oportunidad de prosperar en el mundo antes de que se derrumbara a tu alrededor.
»Aunque, por otra parte —continuó con una expresión de asombro—, supongo que lo has logrado, ¿verdad?
Ay, si mi madre y mi padre pudieran vernos ahora.
La hija enamorada del tímido y estudioso heredero de Omal y la nieta enamorada del comandante de Nizahl.
¿Cuál crees que es peor? —Su risa estridente no le llegó a los ojos.
El fuego lamía su vestido, los zarcillos anaranjados trepaban por su cuerpo inmóvil.
Giré en círculo. Tenía que haber una salida. Todos los hechizos tenían costuras, rincones por los cuales deslizar los dedos y tirar. Y ¿dónde estaba Soraya? Habría usado su cabeza para romper el hielo.
—Yo no estoy enamorada del heredero de Nizahl.
—No me mientas, Essiya —repuso Niphran con severidad. Las llamas danzaban alrededor de su cintura.
—¿Podemos centrarnos? —Las siluetas sombrías de la orilla se mecían más rápido. ¿Estaban esforzándose por escuchar nuestra ridícula conversación?—. El fuego…
El dorado y el plateado se agitaron en sus ojos.
—Es muy guapo. Antes de conocer a tu padre, me encaprichaba de chicos como él. Hechos de hielo y bordes afilados. Pero… ¡el heredero de Nizahl! No creo que yo me hubiera atrevido a tanto de joven. Estoy impresionada.
El kitmer arañaba, incapaz de escapar de su prisión de seda.
Las llamas consumieron alegremente a mi madre. En cuanto desapareció de mi vista, chilló. Sus gritos eran agudos y ensordecedores.
—¡Ayúdame!
La emprendí a puñetazos contra el hielo. Me arranqué la corona del pelo y la usé para raspar la gruesa capa congelada. ¿Por qué no se rompía?
Me picaban los ojos por el humo. Me los froté. Los desgarradores gritos de Niphran se intensificaron. Sucedió lo que ya había visto en cientos de sueños. Bajé la mirada y vi mi piel lisa donde antes estaban los grilletes.
Sabía lo que iba a pasar. El fuego estallaría. Se comería a la gente de las sombras y luego se daría un festín conmigo. No podía verlo otra vez. Si la liberación de mi magia no era la solución, ¿cuál era?
El viejo reproche de Hanim.
Podrías poseer toda la magia del mundo y seguirías dándole la espalda a Jasad.
—¡Essiya!
Ya había visto a mi madre morir ese día.
Me lancé al fuego, choqué contra Niphran y la envolví con los brazos.
Las criaturas de sombras corrieron hacia delante.
En lugar de consumirnos, el fuego se disparó hacia el cielo nocturno.
Llevó el amanecer a las sombras. No eran sombras…
Dawoud, Niyar, Palia. Incontables jasadíes, por fin con nombres y rostros.
A Niphran le brillaron los ojos.
—Me has salvado.
Mis brazos se cerraron en torno al vacío cuando mi madre desapareció llevándose consigo el lago y a los jasadíes. Nos quedamos solas Soraya y yo en mi antiguo dormitorio del palacio.
Soraya cayó y se agarró el estómago mientras mi magia nos envolvía. Me senté en el suelo a su lado y la tristeza me inundó el pecho. Los mejores recuerdos de mi infancia eran en esa habitación con ella y Dawoud.
—Lamento mucho que Hanim te traicionara, Soraya.
Nos entrenó para ser peones en su juego.
—Le toqué la coronilla de la cabeza inclinada.
Dolor. Rabia. Miedo. Yo había dejado que me guiaran, pero Soraya se había convertido en esos sentimientos—.
Si no hubiera llegado a Mahair, habría acabado tan vacía y perdida como tú, tratando el amor como una enfermedad que curar.
Le tomé el rostro entre las manos. Su mirada reflejaba pánico y dolor.
—Adiós, Soraya —susurré.
Mi magia la envolvió, una tempestad dorada y plateada giró a su alrededor cada vez más rápido. Echó la cabeza atrás cuando mi magia fluyó hacia ella, brillando bajo su piel.
Soraya gritó y yo me cubrí la cara con el brazo mientras la magia teñía de blanco la habitación.