La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo treinta y uno #4
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Capítulo treinta y uno #4

Mientras tanto, Hanim había sido elegida para liderar a los ejércitos de Jasad.

Se me paró el corazón. ¿La locura de Niphran era cosa de Hanim?

—¿El único miembro de la realeza? ¿Dónde están el malik y la malika? —Niphran dio un paso al frente, pero se detuvo cuando Soraya levantó la daga—. ¿Dónde está mi hija?

El desprecio del rostro de Soraya flaqueó un breve instante. Niphran se puso pálida.

—No. No, no me digas…

—No está muerta todavía —espetó Soraya—. Él tiene pensado atacar el último día de la Cumbre, después de que haya llegado el mensajero con las noticias sobre tu muerte.

«Él». Solo podía referirse a Rawain. Sabía que había sido el culpable de la Cumbre Sangrienta desde el principio, y aun así la confirmación me dejó sin aliento. Mis recuerdos eran ciertos. No estaba loca. Pero ¿cómo lo había hecho?

Estaba viendo cómo mis peores sospechas se hacían realidad.

Los Muf­sidíes llevaban desde antes del asalto trabajando contra el Usr Jasad.

Eran ellos quienes habían masacrado a todo el mundo en el palacio días antes de que Ni­zahl llegara al reino.

Pero ¿por qué? Los Muf­sidíes provenían de vilayatos adinerados, se aprovechaban de los beneficios de Jasad antes de que lo hicieran los demás.

Eran los que menos motivos tenían para odiar al Usr.

Niphran se llevó ambas manos al corazón.

—Essiya te quiere. Le quedaba muy poca gente a la que amar y te eligió a ti.

—¡Silencio! —El grito resonó en las solitarias cavernas de la torre Bakir—.

Si hubiera podido… —Soraya se giró y, para mi asombro, tenía los ojos llenos de lágrimas—.

Quiero que toda vuestra estirpe corrupta se pudra bajo tierra.

Si pudiera haber salvado a Essiya, ¿crees que no lo habría hecho?

¡Nadie puede heredar Jasad! El trono no debe heredarse por derecho de sangre.

Niphran no se desanimó. Para acabar de despertar de años de letargo, mi madre pensaba rápido.

—Pues escóndela. Dale un nuevo nombre. Envíala a vivir con la familia de Emre en Omal. Solo es una niña, Soraya.

—Llevo demasiado tiempo trabajando duro para liberar Jasad de la plaga de la realeza. La muerte de Essiya recaerá sobre las manos de la corona, no sobre las mías. —Soraya suspiró—. Pronto estaréis juntas.

—¿Aquellos que conspiran contigo saben que tienes intención de matarla?

—Niphran señaló la ventana, desde donde se veían las llamas que habían empezado a quemar los jardines del palacio.

Vi cómo el fuego se apoderaba de las mismas higuera y datilera que había representadas en la pared del centro de entrenamiento y me entraron ganas de llorar—.

No creo que hubieran aceptado tu plan si lo supieran.

Todo esto es por sus poderes, ¿verdad? Los desean más que cualquier otra cosa.

Lo suficiente como para prender fuego al reino entero.

La incertidumbre se adueñó de Soraya.

—Acabarán entendiendo por qué Essiya debía morir. Verán que el potencial de su magia no compensa el coste.

—No dejaré que te la lleves. —Un brillo dorado y plateado se reflejaba débilmente en los ojos de Niphran. Su magia estaba debilitada tras años sin usarse.

La daga se hundió en el pecho de Niphran. Mi madre agarró a Soraya por el hombro y la mirada despiadada de la sirvienta fue lo último que vio antes de que se le cerraran los ojos. La daga salió de su cuerpo con facilidad y cayó al suelo.

Su cabello se derramaba a su alrededor en un charco negro. Le manaba sangre de la herida mientras los pasos de Soraya se desvanecían, dejándola sola en el silencio implacable de la torre Bakir.

La siniestra trama se desveló con el último suspiro de mi madre.

Hanim llevaba años envenenando a la heredera de Jasad.

La retenía desorientada e inestable para que no pudiera asumir el papel de qayida de Jasad que le correspondía.

Cuando Hanim fue desterrada, Soraya ya estaba dentro del palacio y pudo continuar con los tejemanejes de Hanim y mantener a la heredera neutrali­zada.

Le rocé la mejilla a Niphran. La mayor parte del tiempo que había pasado con mi madre había sido resentida por sus defectos. ¿Qué clase de padres eran Niyar y Palia para presenciar la caída de su propia hija y no cuestionarse los motivos?

Un fuerte estruendo sacudió el suelo. Cuando levanté la mirada, estaba junto a Soraya y un enjambre de gente en uno de los balcones del palacio.

La fortaleza llegaba hasta donde alcanzaba la vista, serpenteando alrededor de nuestro reino.

Del mismo color ámbar que la resina de los árboles, la barrera etérea se elevaba por encima incluso de la propia Ciudadela.

Su superficie brillaba dorada y plateada, como si fuera el rastro dejado por una estrella fugaz.

—Aguantará —dijo Soraya secamente. Los que la rodeaban, los Muf­sidíes, observaban la fortaleza mientras la tierra temblaba con otro estruendo—. Usamos toda nuestra magia para el encantamiento.

—¿Y si lo dijimos mal? —preguntó la mujer que había a su lado.

El motivo por el que unos adultos hechos y derechos se sometían a una chica de dieciséis años quedó claro cuando Soraya respondió con voz cortante:

—Leí el encantamiento tal y como lo escribió Hanim.

Un hombre se abrió paso al frente y rodeó a Soraya. Tenía un profundo corte en la mejilla, desde la nariz hasta la oreja.

—¿Has considerado que tal vez quería que el encantamiento fracasara? Nos pidió que atacáramos antes de que la desterraran y nos negamos. ¿Y si es su modo de vengarse?

—¡Ella nunca permitiría que Jasad cayera ante el supremo Rawain!

—¿Por qué no? —replicó él. Otro golpe atronador resonó por el aire y se abrió una grieta en la fortaleza—.

La traicionamos. Con Jasad bajo el control del supremo, ella tiene una oportunidad de recuperar el poder.

Hanim no conoce lealtades ni principios.

Ansía el trono y cree que el supremo quiere gobernar Jasad.

Cuando se dé cuenta de sus verdaderas intenciones, será tarde, ¡el reino entero habrá sido destruido!

—¿Cómo iba a pensar que el supremo Rawain le permitiría tomar el trono de Jasad? —ladró Soraya.

Con un estallido ensordecedor, las grietas de la fortaleza se fracturaron.

Los Muf­sidíes se agacharon mientras un millón de rayos dorados y plateados los envolvían.

Fue como si se hubiera roto el sol. La luz rodeó Jasad en un calor fruto de siglos de magia y encantamientos usados para alimentar la inexpugnable forta­leza.

El estruendo de miles de cascos sacudió Jasad cuando aparecieron los caballos a través de la fortaleza derruida.

Unos uniformes negros y violeta se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

En los emblemas que lucían los caballos, se alzaba un cuervo entre dos espadas cruzadas.

Los emblemas ondeaban mientras los jinetes cabalgaban sobre la tierra calcinada que había donde antes se levantaba la fortaleza.

Las llamas de sus antorchas salpicaban el horizonte como si fuera una noche estrellada.

Ni­zahl descendió sobre Jasad en un enjambre de oscuridad.

Los Muf­sidíes ya estaban huyendo, pero Soraya se quedó a mi lado. Observamos a los soldados entrar al galope en las ciudades. Oímos los gritos.

—No tenía que pasar esto —dijo Soraya. Cuando se giró, era más mayor. Era la Soraya del Banquete.

Jasad se derritió a nuestro alrededor. Unas paredes blancas reem­plazaron los campos verdes.

En las paredes que nos rodeaban se veían destellos de Jasad. Cascos resonando por las calles. Las llamas trepando por la pared de la escuela de una aldea baja.

—Hanim me engañó. Nos condenó —dijo Soraya—. Quería mostrarte que nunca te habría enviado a la Cumbre Sangrienta si hubiera sospechado que la fortaleza iba a caer.

—No me trates con condescendencia. Estuviste mintiéndome desde que te conocí.

—¡No sobre esto! Yo misma no era más que una niña cuando Hanim me reclutó para el palacio. Te aferraste a mí y me encariñé contigo. No tenía más remedio, Essiya. Mi amor por ti no podía pesar más que lo que había que hacer.

—Siempre hay elección —gruñí—. Lo que no entiendo es por qué. Yo no habría desafiado tu autoridad si hubieras unificado a los nuestros y hubieses garantizado su confianza y seguridad. Yo estaba contenta en Mahair, con mi vida en la aldea. ¡Mi magia está encadenada! No puedo hacerle daño a nadie.

La amargura tiñó la risa de Soraya.

—Tengo buena memoria, maulati. Muchos han perdonado los pecados de tus abuelos, anclados en la nostalgia de un tiempo perdido. Pero yo me acuerdo muy bien. Habrías crecido igual que todos los miembros de la realeza que te han precedido.

La habitación se desvaneció. Estábamos en la provincia oriental de Jasad, en una aldea diminuta y destartalada.

Las chozas menudas se sostenían con paja y molduras de madera y un líquido maloliente enturbiaba el camino de tierra lleno de baches.

Las moscas zumbaban alrededor de un munban muerto.

Niños con ropa tres tallas más pequeña de lo que les correspondía tiraban piedras a charcos de agua sucia.

Tres soldados jasadíes desfilaron con uniformes dorados y plateados, dispersando los enjambres de moscas.

Los niños retrocedieron con los ojos muy abiertos en sus rostros demacrados.

Dos de los soldados transportaban una lona estirada similar a la que usaban los médicos del Alcalah.

Una figura grande y amortajada yacía inmóvil sobre ella.

Un soldado llamó a una puerta y salió una mujer con el ceño fruncido. Apartó a las tres niñas que intentaban asomarse entre sus faldas. El soldado le tendió una gruesa carta sellada con un kitmer alzando el vuelo. El emblema real de Jasad.

Ella dirigió la mirada al cuerpo.

Soraya se mantuvo cerca de las niñas mientras la mujer caía de rodillas y se ponía a rasgar el sudario. Los soldados trataron de alejarla.

—Recuerdo el cadáver destrozado y carbonizado de mi padre. Su olor.