Capítulo treinta y uno #3
Quería quedarme ahí. Quería decirle que no había abrazado a nadie desde que me había despedido de Soraya la mañana de la Cumbre Sangrienta.
Que, con él, el rechazo se había convertido en deseo.
Que, aunque algún día tendría que arrodillarme ante los jueces de Jasad en el más allá para rendir cuentas, no renunciaría ni a un solo instante de amor hacia el heredero de Nizahl.
Me aparté a regañadientes. Acaricié la capa evitando mirar a Arin. Ya le había dedicado demasiada atención, y la criatura latente en mi pecho no soportaría otra concesión.
—Deberías empezar a practicar los pasos. Soy una bailarina excelente.
Habían hecho falta tres mil hombres para construir la arena de Nizahl.
La estructura ovalada tenía dos plantas en el punto más alto y cada nivel se retranqueaba más que el anterior, como los peldaños de una escalera hacia el cielo.
La parte inferior de la arena, por donde salían los competidores, tendría unos trescientos metros.
Los asientos más bajos se elevaban por encima de los largos muros que rodeaban a los campeones, protegidos de las flechas o los cuchillos perdidos por una gruesa pantalla de cristal.
Cada reino tenía su propia sección, marcada en el nivel más alto por un pilar con sus cimeras talladas en la parte frontal.
La sección que había a la derecha pertenecía exclusivamente a las familias reales.
El supremo, la sultana Vaida, el rey Murib con su consorte y la reina Hanan estaban sentados en la parte de delante.
Tras ellos se encontraban los herederos y, tras los herederos, sus hermanos pequeños, primos y respectivas esposas.
Me fijé en el asiento vacío que había junto al del supremo y me centré en la tarea que tenía entre manos. Una última prueba.
La voz atronadora del presentador retumbó por toda la arena.
Diya y yo estábamos en los túneles esperando a que nos presentara.
Habló del primer Alcalah, de paz y unidad y de juntarse con el prójimo para celebrar lo mejor de nuestros reinos.
Un disparate absoluto e inquietantemente idéntico a los discursos pronunciados durante la Cumbre Sangrienta.
—Estas son las tonterías sobre honrar a los awalín y llevar la gloria a los reinos que se tragaba Mehti —murmuró Diya.
Goteaba agua en el húmedo túnel mientras el presentador se preparaba para llamarnos—.
Aunque hubiera logrado llegar a la tercera prueba, jamás se habría convertido en vencedor.
¿Cómo iba a ver a través de ilusiones inventadas cuando no era capaz de ver eso?
El presentador pronunció nuestros nombres y salimos ante una cacofonía de vítores y rostros exuberantes. Una mesa cargada de armas dominaba cada lado del foso. Habían dibujado una línea negra sobre el suelo, separando el lado de Diya del mío. Nos dirigimos a nuestras respectivas secciones.
El presentador brincaba junto a un bloque de hormigón para mantenerse alejado de la arena cambiante. En cuanto terminara de hablar, se escabulliría por una de las puertas que había debajo de la arena para esconderse.
—El día que tanto esperábamos por fin ha llegado.
Damos gracias a nuestras awalas por sepultarse junto con su malvado hermano Rovial.
Amaban a la humanidad tanto como para sacrificarse por ella y, a cambio, les presentamos a las campeonas más fuertes que los reinos pueden ofrecer.
Nuestra awala Baira creía en el potencial de la imaginación y las profundidades de la mente humana.
Para honrar a Baira, se les administrará a nuestras campeonas un elixir que les provocará vívidas alucinaciones.
Se verán a sí mismas luchando contra leones en las llanuras desérticas de Orban o esquivando a cazadores en la naturaleza indómita del Essam.
¿Podrán superar los desafíos del elixir antes de que la arena se hunda bajo sus pies o se despierte la otra campeona?
—El presentador levantó las manos—. ¡Pero esperad!
¿Veis los cuatro túneles que rodean a nuestras campeonas?
De uno de ellos saldrá una bestia mucho más aterradora que cualquier ilusión.
Si una campeona no se libera de la alucinación de Baira a tiempo para luchar contra la bestia, la arena será la menor de sus preocupaciones.
¡Nuestra vencedora tendrá que superar la amenaza ilusoria para enfrentarse a la auténtica!
El presentador cogió una bandeja. Un líquido esmeralda oscilaba dentro de dos frascos de cristal. Agarró las asas de la bandeja y alargó los brazos para que los frascos quedaran flotando entre nosotras.
—Si nuestras campeonas atraviesan la línea negra que veis ante vosotros, la naturaleza del combate cambiará. En lugar de conseguir el éxito venciendo a su oponente, solo podrán alzarse con la victoria en una pelea a muerte.
Apostaría hasta el último pelo de la cabeza rubia de Marek a que habían creado los elixires alucinógenos de forma que nos resultara casi imposible mantenernos en nuestro lado del foso.
Si en nuestra mente estábamos escapando de cazadores y leones, nuestros pies nos llevarían hacia delante de manera natural.
Rory me había hablado de ese tipo de elixires, de los venenos ligeros que servían para simular la muerte y las raíces que extendían para trastornar los sentidos.
Diya y yo levantamos los frascos. «Buena suerte», articuló mi contrincante.
El elixir no era tan dulce como sugería su color. Arrugué la nariz y dejé caer el frasco vacío sobre la arena. Diya se limpió la boca con una mueca.
—¿Ya empiezas a sentir que te elevas? —preguntó Diya.
—Es difícil de decir, puesto que soy bastante más alta que tú.
Puso los ojos en blanco y la interacción me recordó tanto a Sefa que tuve que apartar la mirada. Diya preparó una flecha en el arco.
—Tengo que practicar mi puntería. Tienes la cabeza grande, y preferiría no matarte si puedo evitarlo.
Las náuseas me atacaban entre un insulto y el siguiente. No distaba mucho de las primeras veces que practicaba la magia, cuando cualquier demostración me hacía lanzarme corriendo a por un cubo.
—Algo no va bien —farfullé. Mi magia no se había movido, pero las náuseas se expandieron y me atravesaron.
Sucedieron tres cosas rápidamente.
En primer lugar, Diya puso los ojos en blanco y se desplomó.
A continuación, una barrera brillante rodeó el foso, separándonos a Diya a mí de los túneles y el resto de la arena. Estallaron los gritos, pero no podía ver nada más allá de la barrera. Lo cual implicaba que desde fuera tampoco podían vernos.
Se me encogió el estómago. Caí contra la mesa, esparciendo las armas por todas partes. La arena giró.
Los elixires. Había magia en los elixires.
—Soraya —gruñí.
Soraya sabía que un ataque mágico directo sería repelido por la misma fuerza que distorsionaba sus hechizos de rastreo, así que había encontrado un nuevo modo de hacer que su magia se colara a través de mis grilletes: obligándome a ingerirla.
Finalmente, el mareo abrió las fauces y me consumió por completo.
Mi último pensamiento antes de estrellarme contra la arena fue uno triunfal. Arin lo había logrado. Los había atraído a una trampa diseñada por él mismo. Los Mufsidíes y los Orabi estarían frenéticos intentando romper la barrera antes de que Soraya pudiera matarme.
Sería su gran número final.
Me había arrastrado a un sueño. Un recuerdo, tal vez.
Estaba en la torre Bakir. A diferencia de la opulencia del Usr Jasad, la piedra caliza y los ladrillos de arcilla de la torre absorbían el color y la luz.
En el centro de la estrecha estancia, Niphran se paseaba de un lado a otro.
No era la Niphran apagada de mis sueños, sino la mujer auténtica.
Parecía fuerte, tenía los hombros enderezados y el pelo le caía en una cascada, recogido detrás de la cabeza.
Lo más sorprendente eran sus ojos: lúcidos y claros como no lo habían estado en años. Ojos negros de kitmer.
—¿Mamá? —susurré.
No me oyó. Me acerqué. El recorrido de Niphran alrededor de la habitación no se ralentizó. Apoyó las manos en la ventana y jadeó.
Fuera de la torre Bakir, las campanas del palacio resonaban y una masa de gente marchaba hacia la ciudad alta de Jasad. No pude observar el desgarrador paisaje de Jasad tal y como era en otra época. Se oyeron gritos desde el palacio.
Nos estaban atacando.
La puerta de Niphran se abrió y ambas nos dimos la vuelta. Al otro lado, había una Soraya adolescente.
—¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está Dawoud? ¡Están atacando el palacio! —chilló Niphran.
Soraya extrajo una daga curva del cinturón.
—El palacio por fin está en las manos adecuadas.
A través de la ventana, vi a gente trepando al tejado del palacio, gritando desde los minaretes. Estaban sacando a los sirvientes del palacio a punta de lanza, acobardados frente a sus refinados conquistadores.
Los Mufsidíes.
Niphran se tocó la sien y miró desolada alrededor de la habitación en busca de algo que pudiera usar para protegerse.
—¡El pilar de la cama! Pártelo por la parte más fina del reloj de arena —apremié. No reaccionó. Cuando intenté cogerlo yo, la madera me atravesó sin hacerme daño.
—Tengo la cabeza despejada por primera vez en años —murmuró Niphran—. Puedo volver a pensar.
Una cruel diversión cruzó el rostro joven de mi asistenta.
—Eso pensaba. Es el primer día en seis años que no te tomas tus «brebajes especiales». Quería que vieras el nacimiento del auténtico Jasad sin tener la mente confundida. Eres el único miembro de la realeza que todavía puede hacerlo.
Niphran y yo nos aferramos a frases diferentes de la declaración de Soraya.
¿Brebajes especiales?
—¿Su locura era… solo veneno?
¿Cómo era posible? Soraya había entrado a formar parte del servicio del palacio dos años antes de la Cumbre Sangrienta y la salud mental de Niphran se había deteriorado mucho antes de eso. Niyar estaba esperando a que Niphran se recuperara para nombrarla qayida y mientras tanto…