Capítulo treinta y uno #2
Ante el silencio de Arin, levanté la cara y lo encontré observándome fijamente con una expresión indescifrable.
Encogí los dedos en los bolsillos de la capa, reprimiendo el impulso de tocarlo.
Quería reírme, apartar la mirada, cualquier cosa que aliviara la presión.
Si dejase que se instalara, el frágil escenario sobre el que dábamos vueltas podría derrumbarse.
—Me alegra oírte pronunciar mi nombre sin que haya un peligro inminente —dijo Arin en voz queda. La batalla estaba perdida.
¡Idiota!, bramó Hanim . ¿De cuántas maneras puedes traicionarnos, Essiya?
A mí no me parecía una traición. Era como si hubiera estado vagando por el bosque durante una noche eterna y por fin llegara el amanecer.
Era la misma sensación que experimentaba al ver Mahair tras horas cazando ranas bajo la luz de la luna. El murmullo del Hirun a mi alrededor. La risa de Fairel y los golpes del bastón de Rory. Anclajes auténticos y sólidos que me sujetaban a la tierra.
Esbocé una sonrisa temblorosa.
—Pues lo usaré con más frecuencia.
Tras una vida entera huyendo, él representaba la vuelta a casa.
Se formaron anillos en el estanque a mi derecha y la tierra tembló.
Arin sonrió y cerró la mano enguantada alrededor de la mía para tirar de mí hacia delante.
Unos soldados salieron a trompicones de uno de los edificios de metal (complejos militares) y corrieron hacia el sur.
Estábamos detrás de ellos, fuera de la vista.
Ver a tantos soldados de Nizahl desaliñados, desprovistos de la rígida disciplina que conllevaba el entrenamiento, me hizo reír.
Al supremo no le haría gracia que presenciara algo así.
El comandante me había llevado a una aldea omaliana en las profundidades de la Ciudadela, a los complejos en los que se alojaban los nuevos reclutas de Nizahl.
—Misiones nocturnas —comenté—. ¿Alguno lleva una fregona en la mano?
Arin gimió y me soltó la mano. Encogí los dedos alrededor de su ausencia.
—No te quedes sola con mis guardias nunca más.
Reanudamos el paso. Ver a sus soldados parecía haberlo animado, hablaba con más libertad que nunca.
Me describió los oficios que debían aprender los soldados porque sus deberes iban más allá de la vigilancia y el combate.
Los reclutas rotaban entre los complejos y solo ascendían al ejército cuando se consideraba que habían demostrado una destreza excepcional en los entrenamientos y los gremios.
—¿Entrenas tú a los nuevos reclutas?
—Rara vez. Me tienen demasiado miedo. —Parecía descontento por un hecho que agradaría a la mayoría—. Se limitarían a obedecer.
Había perdido la cuenta de la cantidad de soldados que se habían inclinado ante Arin durante el paseo.
—¿Acaso un comandante no debería buscar obediencia?
—Debería ser una obediencia consciente, no instintiva.
Dimos la vuelta y emprendimos el camino de regreso a mis aposentos. Otro soldado se inclinó y resoplé.
—¿Has considerado teñirte el pelo? Así podrías caminar tres metros sin que te reconocieran.
Arin arqueó una ceja. Su cabello plateado relucía como si fuera una corona.
—¿Por qué debería evitarlo? Los únicos que no quieren ser reconocidos son aquellos que tienen algo de lo que avergonzarse.
La silueta de la Ciudadela apareció ante mí. El corazón y el alma de Nizahl. Dentro, Rawain estaría brindando por el éxito de su campeona en las pruebas, anticipando la gloria que traería a su reino.
—Sí, supongo que tienes razón.
El camino hasta la arena transcurrió en un silencio tenso.
Extendida entre unos vastos campos marrones, la arena se cernía sobre nosotros como una lacra en la tierra.
Para evitar la aglomeración de espectadores, los carruajes se detuvieron a medio kilómetro de la arena.
No se me había soltado el nudo de ansiedad del estómago desde que había salido de mis aposentos hacía una hora.
—Puedo ir andando el resto del camino.
—Está lloviendo —dijo Jeru.
Parpadeé deliberadamente para sacudirme el agua de las pestañas y comunicarle mis pensamientos sobre su astuta observación.
—Yo iré con ella. —Arin bajó suavemente del carruaje.
Wes y Jeru lo contemplaron boquiabiertos.
—Pero, su alteza, el resto de la realeza entrará en carruaje.
—El heredero tiene derecho a permitirse alguna falta de decoro —repuse.
Jeru me miró como si no pudiera decidir si me había vuelto loca yo o había sido él. Wes relajó los hombros con resignación. Parecía incluso divertido.
Arin avanzó a paso rápido. Los soldados se alineaban en el camino a ambos lados, lo bastante lejos como para proporcionarnos un poco de privacidad.
—Tengo soldados apostados en cada rincón de la arena. Vigilan cada entrada, cada salida y cada posible lugar en el que podría ocultarse un intruso. Van vestidos con los colores de los demás reinos y tienen instrucciones de no llevar armas que los identifiquen como soldados de Nizahl.
—Seguro que estás preparado —le dije.
—No quiero que te distraigas por temas de seguridad durante la prueba. Tu único objetivo es derrotar a la campeona de Orban. El resto me corresponde a mí.
Me encogí de hombros.
—Quizás sea mejor que los Mufsidíes o los Orabi se acerquen. Será más fácil para tus soldados reconocer a los asaltantes entre la multitud si intentan llegar hasta mí.
No tendría que haber dicho eso. Arin se giró y me bloqueó el paso. Una ira incandescente encendía sus hermosos rasgos.
—¡Otra vez no! Sylvia… —Se interrumpió y miró a los soldados—. ¡Giraos! —ordenó.
Se alejaron varios pasos y nos dieron la espalda.
La lluvia corría por el pelo de Arin y le empapaba el cuello del abrigo.
—Terminarás esta prueba sana y salva y te convertirás en la ganadora del Alcalah. No hay otro resultado aceptable. —El viento alejó las cenizas de su ira y reveló un temor que me robó el aliento—. No me pidas que cargue con el peso de tu muerte.
Tragando saliva para aliviar la sequedad de la garganta, respondí:
—No me he expresado bien. Tengo toda la intención de acabar esta prueba como una insufrible ganadora.
Arin enfatizó sus palabras con una mirada fulminante.
—Confía en tu instinto. Tu magia detectará la amenaza, aunque tú no lo hagas. Eres más fuerte que ellos. Estarás bien. —Parecía hablar tanto consigo mismo como conmigo.
Agité la mano e imbuí mi voz de una confianza que no sentía.
—Resérvame un baile en el Baile de la Victoria, alteza.
Me mostró una sonrisa pequeña y fugaz.
—Primero tendré que aprender a bailar.
Jadeé y me llevé las manos al corazón.
—¿Acabo de encontrar un defecto? ¿El magnífico comandante? ¿El noble heredero de Nizahl? Imposible. No puedo creerlo.
Arin suspiró.
—Ya es suficiente.
La arena se curvaba hacia arriba por los lados como si fuera un cuenco de paredes altas. Unas columnas negras y violeta rodeaban el recinto y una estatua de piedra del cuervo de Nizahl y las espadas se erguía sobre los invitados que iban llegando.
Señalé a Diya, que desaparecía bajo un toldo violeta.
—Tengo que seguir sola a partir de aquí. —Le hice una reverencia dramática a Arin, complacida al ver que la exasperación quebraba la tensión de su rostro.
Cada paso que daba para alejarme de él me pesaba más que el anterior.
Esta prueba representaba una amenaza de doble filo.
Aunque me daba la sensación de que le caía bien a Diya y de que ella podría dudar al asestar un golpe mortal, era la campeona más letal de todos los que habíamos participado.
Mientras tanto, Soraya seguía acechando en alguna parte, preparándose para matarme antes de que los Mufsidíes o los Orabi me secuestraran.
Había muchas probabilidades de que no lo volviera a ver.
Me di la vuelta. Arin estaba imponente contra las nubes esponjosas, con las botas relucientes por la lluvia y el abrigo levantado contra el viento. Permanecía quieto, viéndome marchar, a pesar de que la tormenta rugía a nuestro alrededor.
—Diles a tus guardias que se giren otra vez —dije. Apenas se oyó.
Arin alzó dos dedos y los dobló a un lado. Los guardias nos dieron la espalda por segunda vez. Corrí hacia él y me quité la capa. La sostuve en alto.
—¿Podrías cuidarla por mí?
Durante un agonizante segundo, estaba convencida de que se negaría y tendría que empalarme con la espada de Diya por la humillación.
Sin embargo, cogió la capa y se la colocó meticulosamente sobre el brazo.
—La trataré como si fuera mía.
—Mejor —dije. Desprovisto del eje de su odio, el cariño de su mirada me derretía—. La lana…
—Es un material difícil de lavar —terminó Arin—. Me acuerdo.
—Bien. —Sería un momento excelente para marcharme, pero mis pies seguían anclados al suelo.
Es que… se había acordado.
Se le deslizó una gota de lluvia por la mandíbula.
—¿Algo más?
—Voy a probar algo. —Enderecé los hombros—. No me apuñales.
Tenía la intención de acercarme con precisión, colocar los brazos en puntos prestablecidos y ladear la cabeza de forma milimétrica. Ambos estábamos recelosos, y Arin parecía disfrutar del contacto tanto como yo.
En lugar de eso, me abalancé sobre el heredero de Nizahl. Me recibió con un gruñido de sorpresa y me rodeó la cintura con los brazos. Era demasiado alto, así que mis pies quedaron colgando en el aire. Le pasé los brazos alrededor de los hombros.
Arin exhaló, me abrazó con fuerza y noté su cálida respiración en el cuello.
—Tengo un chiste sobre un heredero y una huérfana. Es tan ridículo que hasta tu firme estoicismo se quebraría —susurré. Hundí el rostro en su cuello—. ¿Te gustaría oírlo?
Su aliento me acarició la piel.
—Probablemente no.
—No importa. Es más gracioso en mi cabeza.