La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo treinta y uno
91%

Capítulo treinta y uno

Capítulo treinta y uno

T enía que reconocerle algo a Ni­zahl: era mucho más tranquilo que los otros reinos.

Como era el reino más reciente y el único que no tenía awal o awala al que honrar, las costumbres de Ni­zahl diferían bruscamente de las de los demás.

No había festivales, mercados ni celebraciones.

Una vez al año, los ni­zahlianos se reunían para ver a los soldados más jóvenes entrar en el ejército del comandante en una ceremonia especial.

Comían carne de caza, cereales y pan. Se trataba de una sociedad estrictamente jerárquica que valoraba mucho el respeto de quienes estaban por encima.

Para los ni­zahlianos, los lukubíes eran unos depravados, los orbanianos eran animales y los omalianos eran unos estafadores escandalosos.

No eran conscientes de que la esterilidad de su reino era su peligro.

Ni­zahl vivía como un depredador al acecho, conteniendo el aliento hasta que llegara el momento adecuado para atacar.

Jeru me acompañó hasta los aposentos de Diya para cenar. A Arin se lo llevaron por otra puerta en cuanto bajé del carruaje.

—Quizás te interese saber que su alteza el supremo no invitó a Vaun a su carruaje cuando se marchó de Omal.

Llamé a la puerta de Diya. No quería pensar en Dawoud mientras estuviera en el reino de su asesino.

—Bien.

No era tan tonta como para creer que había acallado por completo las sospechas del supremo Rawain, pero al menos la muerte de Dawoud había puesto en duda la veracidad de las afirmaciones de Vaun.

La cena trascurrió con tranquilidad. Diya inspeccionaba cada bocado de comida antes de llevárselo a la boca y miraba por la ventana mientras masticaba.

—Odio los pájaros —dijo mientras cortaba la paloma hervida que tenía en el plato—. Pero me encanta comérmelos.

Me había encariñado con la naturaleza beligerante de Diya. Era como un cactus con el que me gustaba pincharme el dedo. Me daba la sensación de que a la orbaniana Fairel le caería muy bien Diya. La joven pupila tenía un gusto horrible para la gente.

—¿Por eso no dejas de fulminar con la mirada la cimera ni­zahliana? ¿Te preocupa que algún cuervo baje a devorarte?

La campeona orbaniana partió el ala de la paloma en dos, carente de humor.

—Ríete todo lo que quieras. Sé que percibes la oscuridad que late en esta tierra. Esos cuervos me aterran. —Diya se estremeció y apartó el plato—. Deberías tener cuidado con los símbolos de poder. Tienen tendencia a crear su propia vida.

Diya me echó en cuanto terminamos de comer.

Volví a mi habitación entre la segunda y la tercera puerta que delimitaban las estancias de los campeones.

Un arreglo por no permitir que los campeones pasaran la noche en el hogar del supremo: seguíamos protegidos dentro del perímetro de la Ciudadela.

Pasé ante los jawayas vestidos con yalabías, esas prendas marrones y verdes que les llegaban hasta las sandalias.

Había soldados Ni­zahlianos rodeando mis aposentos, y sus uniformes almidonados contrastaban con las vestimentas de los orbanianos.

Mientras tanto, mi eterna incapacidad para dormir en lugares nuevos estaba esa noche en su mejor momento.

—Quiero dar un paseo por los alrededores —me quejé—. ¿Quién podría atacarme en la Ciudadela? No puedo dormir, Jeru.

Un Jeru inquieto se tiró de las puntas del pelo rizado. Llevaba casi una hora dándole la lata.

—¿Ayudaría que te golpeara la cabeza contra la puerta un par de veces?

Noté un hormigueo en el cuello. Los soldados que había detrás de Jeru hicieron una reverencia y despejaron el camino para que bajara una silueta alta.

—No me parece un buen consejo —comentó Arin, y Jeru se sobresaltó tanto que se atragantó con su propia saliva.

—Señor, yo… —Jeru se dio la vuelta con el rostro del color de una granada madura, pero Arin le restó importancia con un ademán de la mano.

—Coge la capa —me dijo Arin—. Voy a llevar a la campeona de Ni­zahl a dar un paseo por los alrededores.

La sorpresa atravesó fugazmente el semblante de Jeru antes de que se recompusiera. Supuse que Arin no tenía por costumbre acompañar a sus invitados por las instalaciones.

—Por supuesto, señor. Avisaré a los soldados para que abran la tercera puerta.

—Había asumido que te encerrarías en tus aposentos hasta mañana —comenté mientras me ponía la capa. Maldita sea, ¿dónde había dejado las botas?

Arin seguía mis movimientos frenéticos por la habitación con gesto divertido.

No había muchos lugares en los que pudieran haber acabado las botas.

La única decoración de la habitación era un retrato del supremo Rawain frente a la cama para asegurar una noche de pesadillas.

Aparecía apoyado en su cetro en una de las cámaras de la Ciudadela.

—Has oído los rumores —suspiró Arin.

—¿Los de que te encierras? Todos lo saben.

—Ah, se habían quedado sepultadas bajo el equipaje.

Si tuviera una pizca del instinto de Arin para el orden, llevaría una vida completamente diferente—.

Puedes admitirlo, no empeorará mi opinión sobre ti.

Preferirías estar a solas con tus mapas y una copa de esa horrible bebida de lavanda, ¿verdad?

Me giré con las botas perfectamente atadas y me encontré a Arin doblando con esmero la única ropa que había sacado del equipaje: el atuendo para la prueba.

Algo se hinchó en mi pecho al verlo. El surco en su entrecejo mientras alisaba las mangas, la manera en la que colocó la pila de ropa para que la viera bien.

Manejaba mis pertenencias con una consideración y un cuidado que en un primer momento había confundido con severidad y perfeccionismo inflexible.

Cuando me vio mirándolo, un suave rubor le tiñó la parte alta de las mejillas. Parpadeé y desapareció… Quizás había un efecto de la luz.

—No —dijo Arin.

—¿No?

—No, no desearía estar a solas con mis mapas y mi talwith. Estoy donde quiero estar.

Antes de que pudiera abrir la boca, salió de la habitación. Me envolví bien con la capa para protegerme del frío de la noche y me apresuré a alcanzarlo. Me despedí de Jeru con la mano, quien gruñó y se marchó pisando fuerte.

—Voy a extrañar discutir con tus guardias.

La tercera puerta se abrió de par en par ante nosotros, vigilada por soldados a cada lado. Se inclinaron cuando pasamos.

A pesar de la tensión por la prueba del día siguiente, Arin parecía más relajado de lo habitual.

—Te alegras de estar en casa.

Un mechón de pelo se le enganchó al borde de la sonrisa.

—Pues sí.

Estando tan cerca de la Ciudadela, entendí a qué se refería Diya con lo de la oscuridad que latía en ella.

Los pasillos que conectaban la torre principal con las alas eran estrechos y rectangulares y se extendían sobre nuestras cabezas como túneles al aire libre.

Incluso el viento que mecía la hierba parecía susurrar advertencias que no lograba descifrar.

Cada faceta de los terrenos de la Ciudadela era aterradora.

—El Baile de la Victoria se celebrará en esta ala —señaló Arin—. La que hay detrás es para las asambleas con los consejeros del supremo.

Luché por contener una carcajada. Aunque no sería evidente para la mayoría de la gente, Arin estaba de buen humor. Hablaba con soltura, y la tensión de sus hombros se había relajado levemente. Era una lástima que lo que a él lo reconfortaba tuviera el efecto contrario sobre mí.

—¿Y esa? —Señalé el ala que quedaba detrás de la Ciudadela, la única sin un cuervo alzándose entre dos espadas.

—Es el ala de la guerra —respondió Arin. Parte de la tirantez regresó a sus rasgos—. No ha entrado nadie desde el asedio. Cuando necesitamos intervenir para resolver disputas entre los reinos, usamos la tercera ala.

Fruncí el ceño con una pregunta en la punta de la lengua. ¿No sería más prudente usar el ala de guerra para disputas regionales si el objetivo era arbitrar eficazmente? ¿Qué mejor motivación podía haber para que los reinos enfrentados solucionaran sus diferencias que la perspectiva de una guerra?

—Tu sistema nimwa —comprendí. Nos alejamos de la Ciudadela y me alegré de perder de vista el hogar del supremo.

Hileras idénticas de edificios bajos y cuadrados de metal salpicaban el camino.

Los soldados que patrullaban hicieron una profunda reverencia al ver a su comandante—.

Si Ni­zahl entrara en un estado de guerra activo, el reclutamiento obligatorio volvería a estar vigente.

Las aldeas bajas tendrían que enviar a sus hijos a la Ciudadela.

Arin me miró fijamente.

—¿Cómo es que conoces el sistema nimwa?

Me mordí el interior de la mejilla.

—¿Qué más da por qué lo conozco? Creo que has creado un sistema fantástico.

Para mi deleite, Arin frunció el ceño ante el elogio. Por las profundidades malditas del Sirauk, el heredero de Ni­zahl estaba aturullado.

—No se lo puede considerar un sistema.

Conté con los dedos.

—Proporcionas a cada familia de las aldeas bajas una asignación de cereales, avena, patatas y arroz.

Cuantos más miembros tiene una familia, más alta es la asignación.

Un joven que mantenga a su familia está exento del reclutamiento, y si hay varios niños elegibles en una misma casa, la edad se eleva a veinte años.

Lo cual, por supuesto, significa esencialmente que todo el mundo está exento en las aldeas bajas.

Arin frunció los labios.

—Wes.

Le rocé el brazo cuando pasamos por delante del primer edificio metálico.

—Te preocupas por tu gente, Arin. No es algo de lo que avergonzarse. —La afirmación parecía más bien una confesión hecha para susurrarse en la solitaria oscuridad—. Algún día serás un excelente supremo.