Capítulo treinta #3
En lugar de esperar a que los Mufsidíes, los Orabi o Soraya movieran ficha, Arin pretendía atraerlos durante la tercera prueba.
Los guardias inventarían rumores sobre el deterioro de salud de la campeona de Orban y los difundirían entre los soldados, quienes harían que se expandieran por las aldeas altas.
Sefa y Marek cabalgarían hacia las aldeas bajas con unos cuantos soldados disfrazados, haciéndose pasar por soldados asediados del Alcalah.
Beberían en diferentes tabernas y, con la excusa de la inhibición por el alcohol, se quejarían de la poca seguridad que habría vigilando la tercera prueba en comparación con las de Omal y Orban.
Con la supuesta mala salud de Diya aumentaban mis posibilidades de ganar y, por lo tanto, de que me asignaran guardias personales para el resto de mis días.
Los grupos pensarían que así se les cerraba la ventana de oportunidades.
Y las difamaciones de Sefa y Marek sobre la falta de protecciones en la tercera prueba les proporcionarían un incentivo más para atacar.
—¿No sospecharán los grupos que pasa algo raro? Si han logrado evadirte durante tanto tiempo, dudo que un puñado de engaños los empujen a atacar —le había dicho yo.
—Ah, estoy casi seguro de que descubrirán la estratagema. —Arin se había abotonado hábilmente el abrigo mientras observaba a los sirvientes que corrían de la fuente a mi habitación en llamas—. Pero no querrán arriesgarse a que el otro grupo muerda el anzuelo y te capture en primer lugar.
El trayecto hasta Nizahl transcurrió en una nube de discusiones y cabañas frías. Sefa se ponía a tararear cada vez que intentaba hacerla entrar en razón y Marek se manchaba las manos de barro y me perseguía por toda la cabaña. Menudo par de idiotas.
Teníamos que llegar a Nizahl ese día. Para ahuyentar el miedo, cogí uno de los mapas de Arin y lo desplegué sobre mis piernas. Lo examiné durante un buen rato, tratando de descifrar las marcas ininteligibles.
—¿Has empezado a pintarrajear en tu tiempo libre? —pregunté entornando los ojos al ver las V y los nombres garabateados. Recorrí con el dedo un puente que debía de ser el Sirauk.
Arin no me pidió ver el mapa.
—Son las montañas.
Arrugué la frente. El movimiento del carruaje me empujó contra la ventana.
—¿Cuáles?
Cientos de montañas rodeaban los reinos, teóricamente con vistas a mares y tierras desiertas.
Teóricamente, porque había menos de cinco personas que hubieran completado el viaje de ida y vuelta a las montañas.
A pesar de su vastedad, en los mapas apenas se dibujaba un rápido garabato sobre su ubicación general.
—Todas —respondió Arin.
Apoyó el tobillo sobre la rodilla y extendió los papeles sobre la forma triangular de su regazo. Levantó la mirada ante mi silencio.
—¿Tienes un mapa de las montañas? —pregunté débilmente—. ¿Un mapa detallado?
La expresión de Arin sugería que creía que me había golpeado la cabeza contra la puerta del carruaje demasiadas veces.
—Tengo varios, pero les falta mucho para estar terminados.
Sentí que algo me oprimía el corazón. Me había resultado natural reconocer la brillantez del heredero, pero en algún momento indeterminado había llegado a admirarla y a olvidar que esa mente incomparable estaba al servicio de un reino despiadado.
—Jamás tuvimos oportunidad contra vosotros, ¿verdad? El asedio de Rawain no terminó nunca porque te tiene a ti para acabar con el último de los jasadíes. Aunque tuviera mil fortalezas, Jasad seguiría condenada.
La expresión de Arin se cerró. Una fría cautela que había desaparecido el tiempo suficiente como para que su regreso resultara alarmante se apoderó del heredero.
—Puedo eludir muchas cosas —dijo Arin—. Pero hasta yo podría fallar ante mil fortalezas.
A pocos kilómetros de la Ciudadela, Ren desvió el carruaje de Sefa y Marek hacia el sur.
Solo los campeones y los invitados pertenecientes a la realeza tenían permitido entrar en los terrenos de la Ciudadela y, de esos pocos, ninguno podía pasar la noche dentro.
La realeza se alojaría en las aldeas altas y la prueba tendría lugar por la mañana.
Al concluir el Baile de la Victoria la noche siguiente, todos deberían justificar un propósito si querían permanecer en el reino.
La hospitalidad no se encontraba entre las limitadas virtudes de Nizahl.
Sefa y Marek empezarían esa misma noche con su parte del plan.
Tras disfrazarse, sembrarían rumores sobre la seguridad de la tercera prueba por las aldeas bajas.
Deseaba que Sefa y Marek pasaran la noche en las habitaciones de los campeones conmigo, pero se hallaban entre la segunda y la tercera puerta de la Ciudadela, demasiado cerca de la realeza de Nizahl y de gente que podría llegar a reconocerlos.
No los vería hasta después de la prueba. Me esperarían en el carruaje durante el Baile de la Victoria. Nos marcharíamos con una brigada de soldados nizahlianos y, si ganaba, con los guardias que me concedería el triunfo.
—Sabemos cuidar de nosotros mismos —me aseguró Sefa.
Permití que Marek me diera un ligero abrazo y me obligué a mover los brazos para propinarle unas palmaditas en la espalda.
—Confía en ti misma —murmuró. Cuando me separé de él, vi que tenía la mirada fija en el carruaje de Arin—. En nadie más.
Mi preocupación permaneció mucho después de que desapareciera su carruaje.
Me recordé a mí misma que habían vivido como ladrones y vagabundos antes de llegar a Mahair…
Se las arreglarían una noche más. Siempre y cuando Sefa no se detuviera a ayudar a unos cachorros en apuros y acabara en el maletero de una carreta.
Uno de los mapas de Arin cayó a mis pies cuando el carruaje viró a la derecha. Me asomé por la ventana y vi que la naturaleza del Essam desaparecía y daba paso a una tierra lisa.
Los soldados se desplegaron a nuestro alrededor.
Apareció la primera de las tres imponentes puertas negras.
Eran imposiblemente altas y se perdían entre la neblina que se extendía bajo la luna.
Un cuervo forjado en acero brillante alzaba el vuelo entre dos espadas entrechocadas en la entrada.
El símbolo de Nizahl se partió en dos cuando se abrió la puerta.
Mi inquietud aumentó mientras cruzaba las dos puertas siguientes y contuve el aliento conforme el carruaje avanzaba.
La Ciudadela se elevaba ante nosotros en una espiral cilíndrica de hierro y acero.
El pico afilado atravesaba el cielo como si castigara a las nubes por atreverse a subir tan alto.
Varias patas de metal se extendían desde la aguja principal, conectadas a las siete amenazantes alas de la Ciudadela.
Era como una araña de destrucción lista para saltar.
Unas enormes cimeras violeta y negras brillaban en el pico de cada ala.
Las siniestras miradas de los siete cuervos seguían a los más temerarios mientras se adentraban en las fauces de la bestia.
—Bienvenida a Nizahl —dijo Arin.