La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo treinta #2
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Capítulo treinta #2

Ambos nos quedamos paralizados. Me llevé las yemas de los dedos a los labios sin atreverme a creer que hubieran sido capaces de pronunciar unas palabras tan horribles. Unas palabras que podían amordazarme y apresarme casi tan rápido como mi magia.

—Tu magia es poderosa, Essiya. Yeddo Niyar y tita Palia podrían intentar robarte una parte.

Diles que no. Enfréntate a ellos si es necesario.

—Niphran me apartó los rizos de la cara y jadeó por el esfuerzo de estar fuera de la cama—.

Voy a contarte una larga historia, pero no puedes compartirla con nadie. Ni con Dawoud. Ni con Soraya.

La minería mágica era un mito. Una historia tan peligrosa y con tanto potencial de desatar el caos que hasta pronunciar esas palabras era motivo de castigo.

Había ido perdiendo importancia con el tiempo, puesto que los únicos que recordaban la leyenda llevaban mucho tiempo muertos u olvidados.

O eran mujeres locas encerradas en la torre Bakir.

Me clavé las uñas en la palma de las manos. Los espejos de mi cabeza se estaban quebrando. Mis recuerdos se desbloqueaban en pedazos, en fragmentos inconexos que me harían sangrar al recomponerlos. Fairel había roto el primero y no se habían detenido desde aquel momento. ¿Cuántos quedaban?

Ahogué un jadeo cuando Arin me atrajo hacia sí. Le pasé las manos por la espalda. El heredero temblaba.

—Menuda mentirosilla —susurró en voz baja y ahogada—. Jasadí exasperante. Aprecio demasiado tu lengua como para verla arrancada de tu cabeza. Nunca vuelvas a decirme esas palabras. Ni a mí ni a nadie. ¿Lo entiendes?

Me apartó y me sacudió por los brazos. Me castañearon los dientes. La desesperación le había endurecido la voz.

—¡Dime que lo entiendes!

Abrí los ojos como platos. Había conseguido asustar al hombre más impasible de todos los reinos.

—Lo entiendo.

Me soltó. Me senté sobre los talones para poner distancia entre nosotros. Dawoud se cernía sobre mis pensamientos como un sudario negro. No podía apartar la mente de él el tiempo suficiente para examinar los fragmentos del espejo que habían llevado a Arin a tal estado.

Nos miramos el uno al otro durante un momento cargado de tensión. Quería presionarlo para obtener respuestas, pero la vehemencia de su reacción me había desconcertado. ¿Qué sabía Arin?

Le tenía cariño a mi lengua, así que tendría que llevar a cabo la investigación lejos del heredero de Ni­zahl.

Hablé en voz demasiado alta, ansiosa por borrar esa expresión de conmoción del rostro de Arin.

—Todavía no han atacado. Los Muf­sidíes ni los Orabi. Tampoco Soraya. ¿Y si esperan hasta después del Alcalah? ¿A que se hayan ido tus soldados?

Arin cerró los ojos por un breve segundo. Cuando volvió a abrirlos, había desaparecido cualquier rastro de incertidumbre o tensión.

—Sobre eso…

Arin me ayudó a levantarme y eché un vistazo al caos de la habitación. No había fuerza mortal por sí sola que pudiera causar tales daños, y estaba todo demasiado roto para arreglarlo de nuevo. Apestaba a magia.

Arin llegó a la misma conclusión. Le dio una patada a un trozo de armario llameante y lo envió contra las almohadas caídas.

Prendieron y el fuego saltó al colchón. Probablemente, alertaría a los sirvientes omalianos cuando las nubes de ceniza hubieran cubierto los escombros.

Podría decir que había caído un farol o una vela, y los sirvientes lo creerían porque era Arin de Ni­zahl y el comandante no prendía fuego a habitaciones en otros reinos.

—¿Otra teoría?

—Mejor. —Arin sacó una túnica que todavía se podía aprovechar del armario y me la pasó—. Un plan.

Una flota de carruajes pintados en una extensa gama de colores rodeaba el palacio de Omal al amanecer.

Había comenzado el éxodo a Ni­zahl para la tercera prueba, con varios contingentes partiendo inmediatamente después de la segunda.

Entre ellos, Vaun y el supremo Rawain, quien debía recibir a los invitados de la Ciudadela cuando entraran en Ni­zahl.

En el frío infernal, salté de un pie a otro junto a dos carruajes de color canela.

Sorn, el heredero de Orban, había acariciado su llamativo carruaje verde y marrón y le había preguntado a Arin si los colores de Ni­zahl no eran de su gusto, a lo que este había respondido: «Si me tienden una emboscada por el camino, no será por la pintura de mi carruaje».

Hasta Diya había reprimido una sonrisita burlona al ver la vergüenza de Sorn.

—Pronto habrá un mercado —comenté. Mi aliento se condensó en volutas blancas.

Me cerré la capa. Sefa frunció el ceño al ver el cuello raído por las polillas.

Me habían dado montones de capas lujosas que ponerme y no le gustaba que siguiera aferrándome a la andrajosa de siempre—.

Ayudad a Rory con el puesto. Aseguraos de que esté junto a la fuente o tendrá un berrinche.

—Ah.

Sefa miró a Marek y este suspiró.

—Sylvia, vamos contigo.

Entorné los ojos deseando que se echara a reír de repente.

—Qué broma tan peculiar.

—No es ninguna broma. Te acompañaremos. Su alteza nos sorprendió ayer fuera antes incluso de que entráramos en el palacio —explicó Sefa—. Estábamos esperando a que nos pidieras que fuéramos contigo. ¿Por qué no lo has hecho?

—¿Por qué? —espeté—. Por la falda sagrada de Dania, ¿habéis perdido todo el sentido común? El alto consejero está en Ni­zahl. A Marek lo buscan por agresión y por evadir el reclutamiento. ¡No vais a entrar en Ni­zahl en ninguna circunstancia!

—Sí que vamos a hacerlo —replicó él.

Me giré para comprobar que estuviéramos delante del palacio de Omal y no en un sueño extraño.

—¡Marek, llevas luchando por esto desde el principio! Sé que su alteza puede ser extremadamente persuasivo, pero podemos lograr lo que tenemos que lograr sin vosotros. Si esto es por el… episodio de anoche, es poco probable que se repita, y no tenéis por qué…

—¡Por las tumbas malditas, Sylvia, no tienes que hacerlo todo sola! —Marek se pasó una mano por el pelo—. ¿Por qué te cuesta tanto creer que hayamos decidido venir sin que nadie nos arrastre de la oreja?

—Idiotas imprudentes. ¡Podemos llevar a cabo el plan de Arin sin vosotros! Estaré bien.

—Volveremos a Mahair contigo o no volveremos —afirmó Sefa. Bajó la voz y miró a nuestro alrededor con disimulo—. Compramos glamures a un vagabundo de Orban que nos aseguró que le había pagado a un jasadí para que los encantara.

Levanté los brazos en alto.

—Los glamures no funcionarán con la gente que conoce vuestros verdaderos rostros de cerca. —Como el alto consejero, por ejemplo.

—Por eso el comandante ha ordenado que nos envíen a las aldeas bajas. Marek proviene de las ciudades militares y mi madre es noble, así que no corremos el riesgo de que nos reconozcan en las provincias sureñas de Ni­zahl.

Arin salió del palacio seguido por sus guardias.

Saludó a Felix con la cabeza e intercambió unas pocas palabras con la reina Hanan.

Mi primo y mi abuela paterna lo observaron mientras se acercaba hacia nosotros.

La oscura mirada de Felix me deleitó. Habíamos frustrado sus planes.

No se atrevería a atacarme en el reino de Arin y, tras la debacle con las muñecas, Vaida no confiaría en él ni para servirle agua.

Todas sus esperanzas de venganza dependían del resultado de la tercera prueba.

Mi mirada se cruzó con la de la reina Hanan. Busqué los rasgos de un padre al que nunca había conocido en el anciano rostro de la mujer. El brillo eternamente cansado en los ojos de la reina de Omal se desvaneció. Frunció el ceño y aparté la vista con rapidez.

Al llegar al carruaje, Arin vio mi expresión atronadora y se giró hacia mis compañeros.

—Yo no los he obligado —aclaró adivinando el motivo de mi ira—. Jeru, prepara los caballos. Tomaremos la ruta del sur. Diles a los soldados que se mantengan dentro de nuestro radio, pero que nuestros caminos no converjan. Sefa y Marek, vuestro carruaje irá delante del nuestro.

—Espera, tengo… —Mis objeciones quedaron ahogadas por un frenesí de actividad cuando los jinetes saltaron sobre sus caballos y los treinta soldados de Ni­zahl emprendieron el trayecto para alejarse del palacio.

—No se ha referido a ti como «el chico» —dijo Sefa en un fuerte susurro mientras se subía al carruaje. Marek la siguió poniendo los ojos en blanco.

Con una maldición, me metí en el carruaje. No tendría la oportunidad de hablar con Marek y Sefa hasta que nos detuviéramos en la primera cabaña. Para entonces, ya sería demasiado tarde para cambiar algo.

El sol asomaba por el este y un palmo de luz rojiza se desplegaba tras el palacio de Omal. Pasamos junto a las puertas cristalinas, cuyos contornos relucían en la mañana naciente.

—Sabías que aceptarían venir si les decías que era por mí —lo acusé cuando llevábamos una hora de viaje.

Por fin habíamos entrado en el bosque Essam.

La imagen de los árboles nudosos amenazaba con catapultarme a revivir el paseo de la noche anterior con Dawoud en mis brazos.

Tragué saliva, luchando contra el instinto de desechar el recuerdo.

Era un impulso que me resultaba tan natural como respirar.

Él se merecía ser recordado, aunque eso me hiciera desear haber muerto con él.

«Somos de donde venimos». Dawoud era Jasad para mí. Era amor, calidez y compasión desinteresada. Anclé su recuerdo y lo fijé en la tierra inhóspita de mi mente. Una parte de mí suspiró, aliviada.

—No les pedí nada. —Arin había extendido su pergamino en cuanto el carruaje había empezado a alejarse del palacio y marcaba cosas meticulosamente por todas partes—. Les comuniqué mi intención de atraer a los grupos y les dije que eran libres de decidir su destino.

El plan se había gestado en la locura de nuestra última noche en Omal.