La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo treinta
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Capítulo treinta

Capítulo treinta

L a noche estaba a punto de cernirse sobre Dar al Mansi. Salí poco a poco de debajo del cuerpo de Dawoud. Cuando oscureciera por completo, hordas de guardias patrullando atacarían a las criaturas que quedaran en la aldea.

Observé el rostro inerte de Dawoud. Esto lo había hecho el supremo Rawain. Había metido a Dawoud en Dar al Mansi para que yo lo matara. Para él no éramos más que animales, juguetes de usar y tirar.

Y yo era su campeona.

La rabia enfrió el dolor que aullaba en mi pecho.

Me agaché e, incluso sin los meses de entrenamiento, no me habría costado levantar a Dawoud en brazos.

A pesar de que lo habían torturado y le habían hecho pasar hambre, Dawoud nunca se había inclinado ante Ni­zahl.

Había permanecido orgulloso hasta el final y había muerto como todos los demás jasadíes de Dar al Mansi.

Sin embargo, a diferencia de ellos, él no se quedaría morando en el hogar de los olvidados.

Llevé a Dawoud por el tramo del bosque Essam que separaba Dar al Mansi del resto de Omal. Vi luz de faroles y movimiento entre los árboles. La patrulla ya estaba marchando.

El Essam se despejó y un estruendo me recibió a mi llegada.

El público clamaba desde dos laderas opuestas y estiraba el cuello para intentar ver el estrecho rellano de tierra que había entre ellas.

Me vitorearon cuando me adentré en el sendero, a pesar de que los que estaban abajo se quedaron callados al ver al hombre muerto en mis brazos.

El presentador crispó el rostro en señal de confusión a medida que me acercaba. Atisbé tras él. El supremo Rawain y los demás miembros de la realeza estaban delante, rodeados de guardias. Evité mirar al supremo Rawain y a su hijo.

Jeru y Wes aparecieron por los costados mientras el presentador se fijaba en Dawoud y en mi estado de desnudez.

Al Anqa’a se había llevado mi túnica enganchada en una garra y debajo de ella solo llevaba una amplia banda blanca que me cubría los pechos, pero dejaba al descubierto mi vientre y mis hombros. Carraspeó.

—¿Has…? Eh…

Deposité a Dawoud con cuidado en los brazos de Jeru y Wes sin mirarlos a los ojos. Ellos lo cuidarían. Se asegurarían de llevarlo a algún lugar al que los carroñeros no pudieran llegar.

Tiré al suelo el dedo del nisnás y me desenganché la extremidad arácnida del dulhaz del muslo.

—Un dedo de nisnás. Una pata de dulhaz. Un jasadí. Tres monstruos. Tres trofeos. —Sonreí y el presentador dio un paso atrás—. Adelante. Anúnciame.

—Sylvia —dijo Jeru con la voz ronca. Lo miré y el soldado ni­zahliano palideció.

El presentador se giró hacia la multitud reunida.

—¡La campeona de Ni­zahl se une a la campeona de Orban y pasa a la tercera prueba!

Pasé por delante de él; por delante de Jeru, Wes y el hombre muerto en sus brazos; por delante de la realeza.

No me detuve a contemplar la satisfacción en el rostro de Rawain ni la irritación en el de Vaun.

Entré en el carruaje de los campeones con Diya y las ruedas crujieron cuando el vehículo se puso en movimiento.

Nos mantuvimos calladas hasta que llegamos al palacio. Diya se quitó la colcha que le cubría la espalda y me la lanzó al regazo.

—Que no vean nada más que la mirada de tus ojos —dijo.

Entumecida, me pasé la colcha por los hombros. No me interceptó ningún sirviente cuando entré al palacio y ningún guardia me cuestionó. Subí las escaleras flotando y aturdida. En la intimidad de mis aposentos, dejé que la colcha cayera al suelo.

¿Duele más cuando tus fracasos tienen nombre?, susurró Hanim. ¿Duele más poner cara a las personas a las que has decepciona do?

Los cajones de la mesilla de noche traquetearon y se estrellaron contra la pared opuesta. Los grilletes me palpitaban en las muñecas en carne viva, pero yo no sentía el dolor.

Podrías no encontrarte ningún obstáculo y aun así buscar una excusa para darle la espalda a tu gente, dijo. Dawoud está muerto. Tu familia está muerta. Soraya nunca estuvo de tu parte. ¿Quién te queda?

El armario voló hacia el diván y volcó cajas de vestidos meticulosamente empaquetados. Las mantas se rasgaron y la estructura de la cama se quebró haciendo que cayera al suelo. Había llamas bailando sobre la alfombra y trepando por la pared.

Dawoud había articulado mi nombre antes de clavarse la daga en el pecho. Un nombre que había ahogado y enterrado en lo más profundo de mi ser; un nombre que tenía que haber sido reducido a cenizas junto con el resto de Jasad.

Durante mucho tiempo, pensé que el nombre de Essiya llevaba la muerte a dondequiera que fuera. Pero oír a Dawoud pronunciándolo… Había olvidado lo que significaba ser real para alguien. Me había sentido más completa en esos pocos minutos que en once años. Ni siquiera yo sabía ya quién era Essiya.

La puerta se abrió en el momento en que explotaron varias almohadas y una lluvia de plumas cayó sobre las llamas danzantes.

Se me erizó el vello de la nuca y cuando me giré vi al heredero de Ni­zahl cerrando la puerta.

El fuego lamía el colchón y sumía la habitación en un resplandor anaranjado. Desde que había entrado en el palacio, notaba algo húmedo goteándome por la barbilla, y me sequé las mejillas con aire distante.

—¿Sabes que no recuerdo cuándo fue la última vez que lloré? Hará unos seis o siete años. —Unas grietas aparecieron en el espejo. El cristal estalló y los fragmentos llovieron sobre el armario destrozado. Atrapé una lágrima del rabillo del ojo y la examiné con atención—. No dejan de brotar.

—¿Entonces pretendes derribar el palacio de Omal? —preguntó Arin con tono casual, como si los objetos que volaban por la estancia no fueran más relevantes que motas de polvo.

—No soy tan codiciosa. Me bastará con esta mitad. —El frontón triangular de la ventana cayó en pedazos de hormigón blanco.

Una ventaja de haber vivido durante meses con el heredero de Ni­zahl era que me había familiarizado con los sutiles cambios desu expresión.

—¿Cómo se llamaba?

En mi lado de la habitación, todo se levantó por los aires y se estrelló contra la pared opuesta.

—Calla —gruñí.

Arin no podría sujetarme esta vez. No permitiría que volviera a romper el bendito vacío.

Se sacudió el serrín del abrigo y extinguió algunas llamas con las botas mientras se acercaba.

—¿Qué era para ti?

—Te lo estoy advirtiendo. —En lugar de florecer con mi indignación, la magia empezó a chisporrotear.

Arin me inmovilizó contra la pared con los brazos a los lados de mi cabeza. Solo podía ver un azul pálido, sólido e inquebran­table.

—Lo llevarán a Jasad —dijo Arin. Me agarré el pecho negando con la cabeza—. Lo prepararán para enterrarlo siguiendo las costumbres jasadíes.

—Basta, basta —sollocé. Lo empujé por los hombros.

—Lo enterrarán en un lugar en el que el césped sigue creciendo. —La voz de Arin se coló en mi cabeza. Una fuerza firme y cauterizante que se abrió paso a través de la herida—. Plantarán una higuera para honrar su memoria.

Mis grilletes se aflojaron al mismo tiempo que el abismo de mi interior se ensanchaba.

Intenté bloquear la imagen, pero se desplegó ante mí de todos modos.

Dawoud, lavado por unas manos amables y envuelto en sábanas blancas.

Los ritos fúnebres susurrados en resar. Una higuera floreciendo junto a él cada primavera.

Arin me sujetó al deslizarme despacio por la pared.

El heredero de Ni­zahl me sostuvo contra su pecho mientras mi cuerpo se sacudía por los sollozos y me deslizó hacia el suelo lentamente.

Lloré como no lo había hecho desde la Cumbre Sangrienta, cuando terminó mi primera vida.

Apretada contra el hijo del hombre que me lo había arrebatado todo.

—No soy una asesina. —Sollocé junto al cuello de Arin—. No soy un hacha que blandir en cualquier dirección. Él se merecía algo mejor que esto. Se merecía algo mejor que yo.

En aquella aldea, todos se merecían algo mejor. Que el supremo Rawain hiciera daño a los jasadíes no era ninguna sorpresa, pero ¿a su propia campeona? Había matado y enterrado a Hanim para evitar este destino.

Arin no contestó. Unos brazos fuertes se estrecharon a mi alrededor. Era real. Arin era real, Dawoud era real y yo no era más que un fantasma en el cuerpo de una cobarde.

Unas manos enguantadas me enmarcaron el rostro y tiraron de mí hacia atrás. La férrea compostura de Arin flaqueó al observar mi semblante lloroso. Había una ferocidad en él que no había visto nunca.

—Mírame, Suraira. —Un feroz desafío irradiaba del heredero de Ni­zahl—. No tienes que hacer esto. Corre. Coge un caballo y llega todo lo lejos que puedas.

Parpadeé.

—¿Q-qué?

—No te perseguiré. Tengo propiedades ocultas en todos los reinos. En el bosque Essam. Son tuyas. Tómalas. Sé libre.

Arin me agarraba con tanta fuerza que me dolía, lo cual contrastaba con sus palabras.

Observé su rostro. ¿Cuál de los dos había perdido la razón?

—Ni un burro al que hubieran golpeado seis veces en la cabeza me sugeriría un plan tan poco razonable. ¿Te estás burlando de mí?

Arin me contempló hasta que empezó a doler. Me deslizó un pulgar enguantado por el pómulo.

—¿Qué atractivo puede tener la razón ante tus lágrimas?

Lo miré. Los sedosos mechones de cabello plateado que le caían alrededor de las orejas.

La cicatriz que desafiaba la muerte. La forma de su boca.

Una boca a la que había visto sembrar el terror en los ojos de los hombres y doblegar el destino siguiendo su voluntad inquebrantable.

Una boca letal y venenosa. Una que se curvó bajo el peso de mi mirada.

«¿Por qué se convocó la Cumbre? Antes de que impulsara la Guerra de Jasad, antes de convertirse en la Cumbre Sangrienta… ¿Por qué se reunieron los reinos?».

—El malik y la malika de Jasad eran mineros de magia.