Capítulo veintinueve #4
Al Anqa’a se sacudió y la daga cayó al suelo. Entornó los ojos pequeños y relucientes. Me impulsé para salir de entre los escombros. Una garra afilada me perforó la pantorrilla y me arrastró fuera del estrecho callejón. Intenté agarrarme a algo y solo conseguí arrancar raíces y arañar rocas.
Al Anqa’a abrió el pico y desplegó las alas sobre mí. Vi un impresionante abanico de colores más deslumbrante que cualquier amanecer o atardecer que hubiera presenciado.
Me retorcí bajo la inquebrantable opresión de sus garras, dejando un rastro de sangre.
De repente, Al Anqa’a volvió a rugir y me soltó, de manera que tracé un arco en el aire.
Tras ella, estaba Dawoud con las manos en alto y los labios en movimiento.
Le brillaban los ojos con un resplandor dorado y plateado.
Al Anqa’a se tambaleó en el cielo y la poderosa ráfaga de viento que agitó sus alas desequilibró a Dawoud.
—¡Dawoud, para! —grité. Necesitaría cada pizca de su magia para escapar de la patrulla que rodeaba Dar al Mansi. No podía malgastarla toda con Al Anqa’a.
El sudor le perlaba la frente y se le acumulaba en las marcadas arrugas.
—Essiya, acaba con esto —dijo Dawoud. Cojeé hasta mi daga y la limpié contra mi muslo—. Sabes lo que quiere Rawain.
Esa vez fui yo la que lo miró sin comprender.
—No voy a matarte —gruñí.
La parte sensata de mí sabía que fallar la prueba de Rawain supondría el fin de todos mis planes. El fin de los designios de Arin. Sin embargo, había sobrevivido hasta ahora siendo consciente de las cargas que podía soportar, y matar a Dawoud no estaba entre ellas.
Al Anqa’a derribó la pared de una tienda y los ladrillos salieron volando a nuestro alrededor. La magia de Dawoud no aguantaría mucho más. Mis grilletes se estrecharon, impulsados por el miedo.
Él no podría aguantar, pero yo sí.
Me miré los grilletes, que me apretaban más que nunca.
Al Anqa’a intentó atacar a Dawoud y falló por pocos centímetros. Levanté los brazos en el aire con los grilletes palpitando mientras mis poderes se precipitaban hacia Al Anqa’a. La criatura chilló y sus alas de cristales crepusculares tintinearon. Una niebla opaca cubrió el cielo.
Dawoud contempló con admiración al pájaro que gritaba, pero, cuando se giró hacia mí, la sorpresa se apoderó de sus rasgos.
—¿Qué te pasa en los ojos?
Fruncí el ceño y parpadeé rápidamente. Los brazos me temblaban por el esfuerzo de mantener a raya a Al Anqa’a.
—No… No han cambiado. No hay ningún brillo dorado o plateado. —Me estudió más de cerca—. ¿Dónde está la magia en tus queridos ojos de kitmer?
—Los grilletes —espeté—. Mis poderes fluyen a través de los grilletes, no de mi cuerpo. Dawoud, tienes que huir. Por favor. No aguantaré mucho más y la patrulla estará cerca de Dar al Mansi.
Dawoud se puso mortalmente pálido. Se alejó tambaleándose y observando mis muñecas con más terror del que le reservaba a Al Anqa’a. ¿Serían los efectos de haber empleado tanta magia?
—¿Cómo es posible que aún estén ahí? ¿Cómo? —jadeó—. Ay, mi querida Essiya. Ay, no. ¿Qué te ha pasado?
«Tienes la capacidad y el poder para ser peor que todos lo que te preceden».
—Dawoud. —Me levanté mientras Al Anqa’a se estrellaba contra la barrera. Cada golpe de magia me iba deslizando hacia atrás—. ¿En algún momento quemé tu colcha preferida?
Una expresión peculiar atravesó el semblante del jefe de personal del Usr Jasad. Era la mirada de alguien que creía que tirar de la cuerda equivocada haría que el cielo entero se derrumbara. Una mirada que reconocía de mi infancia. Frunció sus gruesas cejas.
—Tendría que haber dejado que la sacaras al patio —murmuró.
Soraya tenía razón.
Espejos. Mis recuerdos eran fragmentos, reflejos de lo que necesitaba que fueran para sobrevivir. Su dolorosa confesión trajo de vuelta a mí el día que quemé su colcha. El estruendo resonó por todo mi cuerpo y mis huesos.
Essiya no era mejor que Sylvia. Siempre había estado rota. Siempre había sido una egoísta.
Sylvia solo era el reflejo de las peores cualidades de la chica a la que había enterrado.
En un arrebato de ira, Al Anqa’a atravesó la barrera de mi magia. Una lluvia de chispas doradas cayó desde la barrera quebrada. Cerró las garras alrededor de mi cuerpo y habría jurado que mis pies se despegaban del suelo.
Su sujeción flaqueó cuando le di una patada. Una garra se clavó en la espalda de mi túnica como si fuera un gancho. Me quedé colgando hacia abajo mientras la tela se rasgaba lentamente. Al Anqa’a agitaba las alas, luchando por elevarnos contra la fuerza de mi muro mágico.
En el suelo, Dawoud cogió la daga. Me miró fijamente con lágrimas derramándose por un rostro que en una época me había resultado más querido que el de mi propia madre.
Dawoud movió la boca y me di cuenta de lo que pretendía hacer un instante antes de que se clavara la daga en el corazón.
—¡No! —grité.
Al Anqa’a chilló cuando la barrera estalló con un estruendo que hizo temblar el cielo.
Chispas doradas surcaron el aire como estrellas fugaces.
Dawoud se desplomó y yo levanté los brazos para quitarme la túnica y caer al suelo.
La daga se había metido dentro de Dawoud en el mismo punto en el que Soraya me había apuñalado a mí.
Al Anqa’a voló hacia el este, abandonando una presa que presentaba más problemas de los que valía la pena asumir.
—Tu yeddo Niyar estaría orgulloso de ti —murmuró Dawoud cuando caí de rodillas junto a él.
Le apreté la herida con las manos temblorosas y él gimió—.
Tendría que haberles hecho caso cuando decían que estabas viva.
No me atreví. Pensar en ti sola durante tanto tiempo mientras nosotros…
—Tosió, y unas gotas rojas le salpicaron la barbilla—.
Tus grilletes no tenían que permanecer ahí tanto tiempo. Nadie debería estar solo tanto tiempo.
—Pues no me dejes. —La desesperación convirtió mis palabras en una plegaria.
La sangre brotaba entre mis dedos y se me calentaron los grilletes al intentar convocar cada pizca de magia que poseía. Mis poderes tenían que actuar como fuera. Dawoud no moriría en el suelo en Dar al Mansi. No sería una vida jasadí más reclamada por esta aldea.
—No tendría que haber dejado de buscarte. —Apoyó la mano en la mía y noté su palma callosa y fría sobre mis nudillos. Me estremecí ante el contacto y los agudos ojos de Dawoud se entornaron—. ¿Qué te pasó, Essiya? ¿Dónde estabas?
Mi magia se rompió en vano a nuestro alrededor.
—Hanim —dije entre dientes. Hablaría, aunque solo fuera para evitar que ese hombre testarudo lo hiciera—. Me mantuvo cinco años atrapada en el Essam.
Mi intento de hablar para que se relajara fracasó estrepitosamente porque trató de levantarse. La sangre le corría por el pecho.
—¿La qayida Hanim? —El poco color que le quedaba desapareció de su rostro, dejando un semblante gris y horrorizado—. Esa traidora miserable. ¿Te secuestró? Ella… ella nos arruinó a todos. Soraya. Essiya, ¿sabes lo de Soraya?
—Dawoud, por favor, estate quieto —supliqué.
—Hanim la trajo al palacio. A nuestra casa.
Ella la recomendó a tus abuelos porque… —Parecía que el rencor era lo que mantenía despierto a Dawoud, aunque se le cerraban los ojos—.
Ellas lo planearon todo. Pero Hanim… —Se estremeció en lo que pretendía ser una risa—.
Soraya tendría que haber sabido que no debía confiar en la fidelidad de una traidora.
—Ellas no me importan —insistí—. Quédate quieto.
Dawoud sonrió con los labios blancos.
—Mi pequeña y determinada Essiya —murmuró—. Morir sabiendo que estás viva es todo lo que podría haber deseado.
Perdí la batalla contra mi corazón.
—Quédate, por favor. Por favor. Tengo muchas cosas que contarte.
He sido aprendiza de un hombre llamado Rory.
Un boticario. Y apenas toleraba esa materia con mis instructores, ¿te acuerdas?
Pero él me enseñó a curar el cuerpo por dentro y por fuera.
Me llevó ante una mujer llamada Raya. Ella me recuerda a ti, solo que es más rígida.
Me convertí en su pupila y me trató con amabilidad.
—Me castañeaban los dientes, que temblaban junto al resto de mi cuerpo.
La respiración de Dawoud se ralentizó. El ataque de mi magia contra Dar al Mansi se evaporó.
Dawoud se estaba muriendo.
Limpiándome la sangre de las manos, me coloqué tras él y apoyé su cabeza en mi regazo. Le pasé los dedos por el pelo, acariciándole el cuero cabelludo como hacía él conmigo cuando tenía una pesadilla.
—Estoy aquí. No me iré —le dije, y seguí repitiendo las mismas palabras mucho después de que su pecho se quedara inmóvil y su cuerpo se enfriara.