Capítulo veintinueve #3
Los rasgos del hombre se derritieron mientras su cuerpo empezaba a marchitarse. Unas piernas bovinas, peludas y alargadas reemplazaron a las humanas y de su torso surgieron seis largas y curvas patas de araña. Brotaron tres cabezas de su cuello en expansión y se colocó una arriba y dos más abajo.
—Dulhaz.
La única criatura que Hanim no se había atrevido a convocar. Esquivé las puntas afiladas de sus patas de araña y pisé la más cercana. Crujió, y el chillido del dulhaz me perforó los oídos. Corté la extremidad que se acercaba por la derecha.
Otra pata me sacudió los pies. El mundo se volcó y me golpeé la cabeza contra el árbol.
Un dolor cegador me explotó en la sien y un montón de cristales rotos amortiguó mi caída.
Un lodo viscoso goteaba de sus dientes, más afilados que cuchillos y que rechinaban ante mi rostro.
Me levanté de un salto, desgarrándome las mangas de la túnica con los cristales.
El dulhaz se abalanzó sobre mí. Alcé la mano y cedí finalmente a las exigencias de mis poderes.
La criatura gimió mientras sus cabezas empezaban a separarse y una sustancia blanca y viscosa manaba de las heridas.
Chasqueé los dedos y las cabezas se rasgaron en direcciones opuestas, dividiendo el cuerpo en tres.
Cercené la parte inferior de una pata y me la até alrededor del muslo con un retal de la colcha abandonada. Me burlé de las cabezas temblorosas del dulhaz agitando el sonajero de bebé donde esperaba que estuviera su rostro.
—Lo único débil que va a morir en esta casa eres tú.
Tras comprobar el cielo sombrío en busca de Al Anqa’a, corrí a toda velocidad junto a la hilera de tiendas y salté sobre cráteres repletos de nidos de munban y ollas deslustradas.
Al ver la imponente sombra de Al Anqa’a, me precipité por una estrecha grieta que separaba lo que una vez fue una carnicería de un grupo de árboles jóvenes.
Miré por encima del hombro al rodear el borde.
Una pared mullida me arrojó al suelo e hizo volar mi hacha. Entorné los ojos para adaptarlos a la penumbra. Se me escapó un grito antes de que pudiera contenerlo.
Un zulal ondulaba en torno al cuerpo de Mehti.
Solo asomaba su cabeza del estrecho abrazo del gigantesco gusano.
La muerte había nublado unos ojos que brillaban con malicia hacía apenas unas horas.
El zulal palpitaba alrededor del campeón de Omal y succionaba la humedad de su cuerpo en su espiral mortífera.
Cuando el gusano terminara, dejaría atrás un cadáver disecado y arrugado y se escabulliría para buscar su próxima víctima.
Mi hacha había caído parcialmente bajo el zulal. Me arrastré hacia ella y extendí los dedos todo lo que pude. Como no llegaba al mango, me acerqué un poco más.
El zulal dejó de retorcerse abruptamente alrededor del cuerpo de Mehti.
¡Por las tumbas malditas! Abandoné el hacha y eché a correr mientras la mitad superior del gusano blanco se desenrollaba con un repugnante ruido de succión.
No miré atrás para ver si se deslizaba hacia mí.
Saqué la daga que llevaba oculta en la túnica y su ligereza supuso un desagradable contraste con el satisfactorio peso del hacha.
Cuando Al Anqa’a terminó su círculo, me separé del edificio.
No muy lejos, los árboles volvían a formar sus agrupaciones naturales donde acababa Dar al Mansi y empezaba el bosque Essam.
Desde ahí, había quince minutos de caminata para llegar hasta el lugar en el que las masas esperaban el regreso de los campeones.
Me abrí paso por un jardín de flores mientras las suelas de mis botas acumulaban barro y pétalos enmohecidos.
Cuando llegué a la frontera, no me había topado con ninguna otra criatura.
La perspectiva de volver a por el zulal y ver el rostro cetrino de Mehti horrorizaba a mi sentido común.
Tenía que haber alguna otra criatura cerca de la frontera, ¿verdad?
Oí un crujido a la derecha y me giré. Levanté la daga y flexioné el brazo para prepararme. Un golpe certero y acabaría con la segunda prueba para siempre. Un hombre apareció entre la línea de árboles, desaliñado y cojeando. Mis dedos se tensaron alrededor del mango. ¿Otro dulha?
El hombre alzó la barbilla y contempló el entorno con la mirada vidriosa.
En un primer momento, no lo reconocí.
Los años no lo habían tratado bien. Los fuertes brazos morenos que me bajaban de los árboles y me colocaban sobre sus hombros se habían marchitado. Su frente altiva estaba plagada de arrugas, y parecía necesitar todas sus fuerzas para mantener la cabeza erguida.
Retrocedí cuando su mirada orgullosa se encontró con la mía.
Dawoud, jefe de personal de Niyar, el hombre que me traía pasteles a escondidas de la cocina, que pasaba sus escasos momentos libres escuchándome hablar de mi día, que me enseñó el mejor modo de trepar a una higuera, estaba en Dar al Mansi.
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Él también me había reconocido.
Si me hubieran arrojado a un barranco de inmundicia, si me hubiesen grabado los pecados de cincuenta vidas en la piel, no me habría sentido más sucia de lo que me sentía en ese momento.
—¿Eres real? —pregunté. Me temblaba el agarre de la daga.
—Essiya —susurró, y el sonido que se escapó entre mis labios no parecía humano.
Dawoud corrió hacia mí. El instinto de consuelo venció a su deterioro físico. Me aparté de él.
—¿Cómo es que estás aquí? —inquirí con la voz ahogada—. ¿Cómo es que estás vivo? —Se me pasaron cosas horribles por la cabeza y me subió el sabor de la bilis a la garganta—. Dime que no estás con ellos, Dawoud. Dime que no te envían los Mufsidíes o los Orabi.
—¡Claro que no! —Su antiguo yo resonó en su voz ofendida—. No me he cruzado con ninguno de los dos grupos en un año.
—Entonces, ¿cómo?
Dawoud suspiró.
—Un grupo de soldados nizahlianos me capturaron en Orban hace tres meses. El alto consejero de Rawain estaba al tanto del papel que desempeñaba en Jasad y encontró métodos innovadores para sacarme información.
Al comprenderlo, fue como si una lluvia helada cayera sobre mí. Me llevé una mano a la boca y me alejé de Dawoud con un nudo en el estómago. Era prisionero del supremo Rawain. Lo habían liberado en el bosque Essam, cerca de Dar al Mansi, pese a saber que era jasadí.
Todo ese tiempo había estado en lo cierto. Vaun había sembrado la duda en la cabeza del supremo Rawain. Había dejado que los guardias me convencieran de que Rawain no confiaría en nadie que no fuera su hijo. Y, en la mayoría de los asuntos, no lo haría.
Pero los jasadíes no eran como los demás asuntos.
Dawoud frunció el ceño y resucitó el fantasma de un analista antaño brillante.
—Si no me matas, el supremo pensará que eres jasadí —dijo Dawoud—. Me pregunto cómo supo que tenía que enviarme a mí. No soy el único prisionero.
Cuando me quedé quieta y callada, Dawoud suavizó la voz.
—He pensado en ti cada noche. Cuando me enteré de lo que había pasado, de lo que habían hecho, no podía concentrarme en nada que no fueras tú. La discusión que habíamos tenido por tu vestido, ¿sería la última? Estabas muy enfadada conmigo, pataleaste el suelo y te escondiste en tu árbol.
—No me gustaban los volantes dorados. —No podía respirar.
—Pensaba: «Essiya no. Ella no. Cualquier otro».
El dolor me abrasaba el pecho.
—Lo lamento, Dawoud. Lo lamento muchísimo.
Nunca tendría que haberme visto así.
—Te llamaban Sylvia —dijo—. Los guardias. Decían que eras la campeona de Nizahl.
La vergüenza que me atravesó me quemó más que el sello de Vaida; me abrasó como si hubiera metido la mano entre las llamas crepitantes. Lo dijo con claridad, sin una pizca de crítica en la voz, pero sus palabras me hicieron pedazos.
Sylvia. La campeona de Nizahl, murmuró Hanim. Tú misma lo elegiste.
—Tenía que hacerlo. Era la elección más razonable…
más lógica —balbuceé, plenamente consciente de la preocupación que se reflejaba en el rostro de Dawoud.
¿Qué aspecto debía tener farfullando para mí misma, cubierta de polvo y sangre, equipada con trofeos de monstruos?
La hija de Niphran asediada por un nuevo tipo de locura—.
¡No podía ayudarlos! No puedo. No tengo nada que ofrecer.
Mira a nuestro alrededor. ¿Cómo podría haber detenido todo esto?
No sabía que estuvieras vivo… ¿Cómo iba a saberlo?
Podrías poseer toda la magia del mundo y seguirías dándole la espalda a Jasad, dijo Hanim.
Me hundí las manos en el pelo y agité la cabeza como un perro intentando espantar a una mosca molesta.
Antes de que Dawoud pudiera responder a mis desvaríos, un grito sacudió la tierra. Demasiado tarde, distinguí la larga sombra que estaba sobre nosotros. Al Anqa’a se lanzó en picado y me abalancé sobre Dawoud al tiempo que la criatura cerraba las garras donde había estado él instantes antes.
—Toma esto. —Le puse la empuñadura de la daga en la mano y me saqué la que llevaba en la bota mientras me levantaba—. ¡Vete! ¡Mantente pegado a los edificios!
Dawoud miró la daga sin comprender nada.
—¿Crees que voy a dejarte luchar sola?
Al Anqa’a chilló y deseé fervientemente que la multitud que esperaba al otro lado de Dar al Mansi pudiera oírla. Que supieran que Dar al Mansi, a pesar de ser una aldea olvidada, nunca dejaría de exigir que la escucharan.
Le di la vuelta a la daga y mantuve la mirada fija en Al Anqa’a mientras plegaba las alas para zambullirse de nuevo.
—Soy más que capaz de luchar sola.
Las alas de cristal tintinearon con el viento cuando Al Anqa’a se lanzó hacia mí.
Me deslicé de lado conforme se acercaba, con la daga apuntando hacia arriba.
Preparé los brazos manteniendo la daga firme en lo alto.
Al Anqa’a gimió cuando la daga atravesó su parte inferior carente de plumas.
Sus garras me atraparon por el hombro y me balancearon.
Me estrellé contra el lateral de una casa en ruinas.