La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintinueve #2
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Capítulo veintinueve #2

Al Anqa’a era la única criatura a la que no mataban cuando finalizaba la prueba.

Le habían cortado las alas para asegurarse de que solo pudiera volar en círculos bajos y examinaba la aldea bajo ella con los ojos brillantes en busca de cualquier señal de movimiento.

Exhalé cuando batió las alas y describió un círculo hacia la izquierda.

Me lancé entre los árboles huyendo de cualquier espacio abierto.

Una vez que Al Anqa’a se fijaba en su presa, no había modo de escapar de sus garras.

Rodeando un grupo de cardos, me topé con Dar al Mansi en todo su inquietante esplendor.

Unas gruesas enredaderas verdes cubrían la tierra como venas abultadas y trepaban por los muros de las tiendas medio derruidas y los escombros.

Árboles adultos brotaban de edificios bajos pulverizando las paredes exteriores con el tronco.

Vida humana reclamada por la naturaleza salvaje.

El espacio entre los árboles se alargaba a partir de ese punto, lo cual implicaba que tendría que mantenerme pegada a las paredes para ocultarme de Al Anqa’a.

Corrí del árbol hasta un carruaje volcado en medio del camino.

Las náuseas aumentaban con cada paso que daba hacia Dar al Mansi.

No sabía si era porque mis grilletes estaban reaccionando a los restos de la magia que albergaba el lugar o simplemente porque mi estómago no soportaba el hedor de la descomposición.

Agachada tras la rueda del carruaje, evalué la distancia que tendría que atravesar para llegar a la tienda más cercana. Al Anqa’a sobrevolaba la plaza en círculos. Me encogí hecha un ovillo.

Un chasquido gutural surgió a mi izquierda.

De lo que podría haber sido una botica salió la inconfundible silueta de un nisnás cojeando.

Había oído historias sobre esas criaturas macabras, pero no eran nada comparado con la realidad.

Si hubiera dejado a Timur en el suelo del Ayume, habría acabado convertido en un nisnás, vulnerable a la magia siniestra del bosque.

El nisnás arrastraba tras de sí un brazo, más largo que el resto de su cuerpo deforme.

Donde tendría que haber estado el otro brazo colgaba un saco traslúcido de sangre que se movía lentamente hacia mí.

Media pierna sobresalía del centro de su torso, y el nisnás me miró con el único ojo amarillo que tenía en la cabeza bulbosa.

Unos dedos rechonchos formaban una especie de collar alrededor de su cuello.

Una piel amarilla le cubría la boca y lo dejaba incapaz de emitir cualquier sonido más allá de un gorgoteo ahogado.

La descripción de Wes le hacía más justicia.

«Un nisnás es lo que sucede si colocas un cuerpo mortal en descomposición en un cuenco de hierro y lo machacas con la mano del mortero», había dicho.

El nisnás se arrastró hacia delante con una velocidad sorprendente.

Al Anqa’a trazó un círculo sobre la plaza y luego otro ignorando al nisnás.

Supliqué que el ave se marchara volando a otra parte antes de que me tocara elegir entre arriesgarme a estar en un espacio abierto o el nisnás.

Cuando el horrible hedor del nisnás me llegó a las fosas nasales y pude distinguir la piel arrugada de su rostro, Al Anqa’a viró bruscamente y se alejó de la plaza con una ráfaga de viento.

Me abalancé a un lado justo cuando el brazo colgante del nisnás se lanzó hacia mí.

Me levanté, blandí el hacha y la clavé en el saco de líquido que tenía por brazo.

Se oyó un gemido gorgoteante mientras la sangre y el pus se derramaban sobre la tierra.

El nisnás se deslizó hacia mí apoyándose en muñones y huesos.

El hacha impactó en su cabeza hinchada y cortó los dedos que le salían del cuello.

Aunque la cabeza se le mantenía unida al cuerpo solo con un fino tendón marrón, el nisnás no aminoró el paso.

Agitó el brazo contra mis piernas y me hizo caer al suelo.

—¡Aparta! —grité apuñalando a la criatura. Intenté conjurar pensamientos para convocar mi magia, pero parecía reacia a participar.

Finalmente, le corté partes suficientes al nisnás para poder librarme de su agarre. Los pedazos temblaron en el suelo y empezaron a unirse de nuevo ante mis ojos. Aferré uno de los dedos que se retorcían y me lo metí entre los nudos de la trenza para inmovilizarlo.

El hacha goteaba icor mientras corría. Tenía la ropa chamuscada donde me había tocado el nisnás, y el lodo que le cubría el cuerpo corroía la delgada tela. Me detuve rápidamente para limpiarme la suciedad de aquellas zonas en las que el lodo me había rozado la piel.

Corrí como una cucaracha durante más de un kilómetro, zigzagueando entre edificios derrumbados y matorrales descuidados. La sombra que proyectaba Al Anqa’a me avisaba de su llegada con antelación suficiente y me encogía cada vez que pasaba.

Cuando volvió a girar, me agaché en una puerta abierta.

Los restos de un hogar familiar crujieron debajo de mí.

Un árbol gigantesco se alzaba en el centro de la casa abriéndose paso entre las ruinas.

Un sonajero de bebé colgaba de una de las ramas, y vi una cuna a juego destrozada bajo las raíces del árbol que había atravesado el suelo como una piedra caída en el agua.

¿Qué habrían hecho Ni­zahl y los demás reinos a Jasad para que estos aldeanos prefirieran una muerte así a una invasión?

¿Qué tipo de horrores habían infligido a las casas de los jasadíes para que ser consumidos por el bosque les pareciera una alternativa más compasiva?

No habían unido sus poderes para repeler a los soldados, sino para destruir la aldea según sus propias reglas.

El cristal crujió cuando me adentré en el monumento de la muerte. ¿Qué aspecto tendría Jasad si este era el resultado en una aldea insignificante?

Para ellos, huir no era una elección, dijo Hanim. Ni­zahl había liderado el ataque contra sus tierras una vez y no iban a permitir que los expulsaran de un segundo hogar.

Cogí un retal arrancado de una colcha colorida. Habían bordado el cuerpo ágil y felino del kitmer, con las alas doradas e incluso la cabeza emplumada. Seguían aferrándose a Jasad a pesar de que su reino llevara mucho tiempo desaparecido.

—Mis disculpas por el desorden —dijo el hombre que había apoyado contra el tronco—. No esperaba visita.

Dejé caer el pedazo de tela. La sorpresa se transformó en alarma y levanté el hacha buscando el agujero más cercano en la pared en el que poder meterme. Me maldije a mí misma por adentrarme tanto.

El hombre que se acercaba a mí no tenía nada de especial. Podría haber sido un comerciante parlanchín, un noble lascivo o un vagabundo. Sus facciones eran demasiado anodinas, como si un artista hubiera esbozado los rasgos básicos de un rostro humano y hubiera olvidado rellenar el resto.

—No necesitas eso. —Señaló mi hacha con amabilidad—. No con toda la deliciosa magia que puedes usar en su lugar.

Me quedé helada, y se rio al ver mi expresión.

—¿Creías que no la olería? Hace mucho que no pruebo magia. Llevaba tiempo buscando dar un bocado y se me ha presentado un festín.

—¿Qué eres? —Levanté el hacha entre nosotros mientras me alejaba.

—Algo con hambre —respondió—. Algo famélico. Lo entiendes. También capto tu hambre. —Se movió hacia mí y no reac­cionó cuando alcé aún más el hacha a modo de advertencia. Suspiró—. Prefería comer magia lukubí cuando todavía tenían. Los jasadíes son demasiado problemáticos.

—No tengo magia para alimentarte. Lo que estés oliendo proviene de esta habitación. —Miré hacia la puerta. Unos pasos más. Luchar en una casa cerrada atravesada por un árbol no era una gran garantía de éxito.

—Tonterías. Tienes una magia madura. Fragante. —Inhaló profundamente—. Mucho mejor que cualquier cosa que poseyeran estos idiotas miserables.

Me estaba provocando. A pesar de que era plenamente consciente, dejé que mi ira se encendiera de todos modos.

—Para estar tan famélico, pareces tener energía para una abundante cantidad de estupideces.

Sus rasgos se desvanecieron por un instante, como si su rostro hubiera desaparecido de la existencia momentáneamente. Cuando regresaron, lo hicieron con una mueca de desprecio.

—Me harté en Jasad mientras ardía. Nada se compara con el sabor de la magia usada en momentos de desesperación.

Me sacié en las ruinas del reino y nadie se molestó en detenerme.

—Dio otro paso en mi dirección—. Me alimenté con la magia de la heredera de Jasad antes de abandonar su cuerpo frío.

Su magia era amarga y me dejó un regusto horrible. Como la propia Niphran.

Mi agarre del hacha flaqueó.

—¿Tú… tú la mataste?

—¿Yo? Querida, los de mi especie ni siquiera pudimos entrar en Jasad hasta que la fortaleza se derrumbó. La pobre Niphran ya estaba muerta en su torre solitaria cuando llegué.

—¡Calla! —grité. Aunque notaba la presión de la puerta en la espalda, no era capaz de convencer a mis piernas de que se movieran—. No difamarás a la heredera de Jasad en esta aldea.

—Pero esto es Dar al Mansi, ¿verdad? —ronroneó—. ¿Y quién había más olvidado que Niphran?

Mis grilletes eran como tenazas ardientes, la magia latía al ritmo de mi rabia. Ensanchó las fosas nasales y abrió su mirada reptiliana.

—Ah —murmuró, y se relamió los labios.

Ya me había hartado de su parloteo. El hacha lo alcanzó en el estómago y le hizo un profundo corte en el vientre. Sus entrañas tendrían que haber caído al suelo. Ni se inmutó.

—Me habría gustado alimentarme del malik y la malika. Incluso de la pequeña bastarda de Niphran. Pero tuve que conformarme con gente como esta. —Señaló la casa destrozada—. Una lástima que el reino más débil también fuera el que más tiempo mantuvo la magia.

Mis poderes rugieron y mis brazos se movieron con una velocidad sobrenatural para clavarle el hacha en la garganta. La arranqué de la maraña de tendones y músculos.