Capítulo veintinueve
Capítulo veintinueve
P ara la segunda prueba, tuvimos el privilegio de ser escoltados en carruaje hasta el punto de partida.
Diya presionó la frente contra la ventana contando en voz baja cada árbol por el que pasábamos.
Mehti gestionaba el estrés del mismo modo en el que gestionaba todo lo demás: con exceso.
Primero no dejaba de parlotear sobre las bailarinas del festival del día anterior y después se embarcó en una descripción sobre el basterma que había comido envuelto en un pollo asado.
Mehti levantó los pies para colocarlos entre nosotras y resopló cuando Diya se los apartó.
—En mi pueblo, los niños cuentan historias sobre Dar al Mansi. Uno se ofreció a cambiarme su roca cuando íbamos al colegio si me atrevía a adentrarme en sus dominios.
—¿Lo hiciste? —preguntó Diya a regañadientes. Mehti era entretenido a su peculiar manera, y yo disfruté de la distracción y de escuchar algo que no fuera el traqueteo de las ruedas del carruaje.
—Era una roca muy bonita. —Resopló, y cruzó los brazos sobre el pecho—. Los otros niños estaban impresionados.
—¿Qué más da? —Diya se giró de nuevo hacia la ventana—. Dar al Mansi solo es peligroso durante el Alcalah. Las criaturas capturadas permanecen en cárceles nizahlianas el resto del tiempo.
A diferencia del bosque Ayume, Dar al Mansi carecía de corrupción en su núcleo. Apodado «el hogar de los olvidados» por la aldea enterrada en su interior, Dar al Mansi era una adición nueva al Alcalah. La preparación para esta prueba le había provocado mucha tensión a Arin.
Dos años después de la Cumbre Sangrienta, unos grupos de jasadíes que huían del asedio de Rawain se habían topado con la solitaria aldea omaliana.
En el mapa de Arin, Dar al Mansi conectaba con Omal en forma de reloj de arena.
Dar al Mansi se encontraba abajo, entre el bosque Essam y Omal en la parte de arriba.
La aldea ya estaba abandonada cuando los jasadíes la encontraron, entregada a la naturaleza por sus antiguos ocupantes.
Los bocetos que me había dado Arin al comienzo del entrenamiento mostraban imágenes de jasadíes instalados allí felizmente sin molestar a nadie, reviviendo la tierra que los rodeaba con sus poderes.
El siguiente boceto a carboncillo mostraba las fuerzas de Nizahl y de Omal avanzando con sigilo por el Essam y cercando la aldea por todos los costados.
Los jasadíes de Dar al Mansi sintieron la invasión y unieron su magia para atraer el bosque Essam hacia la aldea.
Brotaron árboles dentro de las casas, nidos de munban reemplazaron los suelos de las tiendas y una tierra fangosa se expandió sobre el terreno rocoso.
Con la magia agotada por tal despliegue de poder, los jasadíes no pudieron defenderse.
Los académicos creen que ordenaron al bosque Essam que cubriera la aldea con la esperanza de confundir a los soldados.
Me había pasado horas estudiando los bocetos que me había dado Arin y había llegado a la conclusión de que los jasadíes estaban al tanto de su destino cuando emplearon la magia.
Les pareció aceptable. Permitir que Nizahl y Omal les destruyeran un segundo hogar no lo era.
Una arboleda sobre una ladera boscosa separaba Dar al Mansi de otras aldeas omalianas. Cualquier criatura que los campeones no pudieran exterminar quedaría para los soldados.
—¿Qué trofeos queréis? —preguntó Mehti—. En el último Alcalah, un campeón salió con la cabeza de un nisnás, una pluma de Al Anqa’a y una cola de viroli. A mí me gustaría intentar cortar un trozo de zulal si hay alguno.
—Pues yo quiero un trofeo de las tres criaturas más fáciles de matar —dijo Diya—.
Como si salir de esa aldea con vida no fuera un reto suficiente.
¿Un zulal? ¿Vas a hacer enfadar a un gusano más ancho que el Hirun y tan alto como los árboles del Essam con la esperanza de que el público te vitoree con más fuerza cuando salgas?
Solo tenemos que conseguir tres pruebas de lo que matemos y eso es lo que voy a hacer.
—¿Dónde está tu espíritu competitivo? —Mehti hizo un puchero—. El vigor combativo de la awala de Orban debería reflejarse en su campeona.
El carruaje se balanceó y se tambaleó de un lado a otro. Diya miró a Mehti por encima del hombro, lo cual era todo un logro teniendo en cuenta que medía la mitad de su tamaño.
—Esta prueba celebra a tu demente awala, no a la mía. Dania no se andaba con criaturas salvajes.
—¿Entonces cómo llamáis a los jawaya?
Pasé el dedo por el pomo de la puerta del carruaje. La segunda prueba era la que más me aterraba. Me costaba más ignorar la realidad de mi traición cuando caminaba por un cementerio repleto de mi gente como campeona de Nizahl.
—La patrulla omaliana está esperando en el bosque Essam para acabar con cualquier criatura que se escape de Dar al Mansi —dije silenciándolos a ambos. No había hablado desde que el carruaje había abandonado los terrenos del palacio—. Me pregunto si los soldados nos atacarán a nosotros.
—¿Por qué narices iban a hacerlo? No somos monstruos —contestó Mehti horrorizado.
«Tampoco lo eran los jasadíes», estuve a punto de responder.
—¿Qué es lo que nos hace diferentes? Vamos a entrar en esa aldea a matar y mutilar. Entre monstruos y humanos, ¿qué es lo que inclina la balanza?
Mehti pareció aún más escandalizado ante mi pregunta. Diya frunció los labios con aire reflexivo.
El carruaje se detuvo con una sacudida.
—¡Campeón de Omal, baja! —exclamó el conductor.
A diferencia de en el Ayume, nos dejaron en puntos de partida distintos para la segunda prueba.
Mehti infló el pecho y se frotó las manos con entusiasmo—.
Una buena cacería es justo lo que necesito para reponerme de una conversación tan aburrida.
¡Por Kapastra! —Se apeó del carruaje de un salto y le dio un puñetazo en el lateral.
Diya y yo lo observamos mientras revisaba con fervor las armas que le habían proporcionado.
—Elegir —dijo Diya. Ante mi expresión de desconcierto, cruzó los brazos sobre el pecho—.
La capacidad de elegir es lo que inclina la balanza.
Los monstruos no tienen elección en su maldad, pero los humanos elegimos deliberadamente.
Mis padres decidieron vender a mi hermana pequeña a los jawaya.
Se autoconvencieron de que no tenían más remedio; ¿cómo podían abandonar su próspera ciudad por una aldea invadida por vagabundos?
Intercambiaron a mi hermana por un techo más alto y unas paredes más bonitas.
Los jawaya nos la devolvieron en pedazos.
Castigué a mi madre y a mi padre por cada parte de mi hermana que me tocó enterrar.
—Cuarenta y tres puñaladas para cada uno —recordé—. Espero que vivieran lo suficiente para sentirlas todas.
Diya sonrió débilmente.
—Yo también puedo tomar decisiones.
El carruaje frenó con un ruido sordo.
—¡Campeona de Orban, baja!
Diya se detuvo en la puerta.
—Intenta no morir. Odiaría tener que escuchar los quejidos de Mehti por tercera vez.
Parpadeé.
—¿Por qué, Diya? ¿Es una oferta de amistad?
Evaluó la distancia que la separaba del suelo.
—Pues muere. —Saltó.
Me estremecí de la risa. Ignoré al conductor que farfullaba y asomé la cabeza por la ventanilla cuando el carruaje reemprendió la marcha.
—¡Pero acepto!
El cochero chasqueó las riendas y Diya desapareció entre los árboles. Levanté la barbilla buscando el sol en el cielo nublado. En los túneles lo había extrañado más de lo que creía.
—¡Campeona de Nizahl, baja!
Respiré profundamente y salté del carruaje.
El cochero no me miró una segunda vez y espoleó enseguida a los caballos en dirección opuesta a Dar al Mansi.
Una capa de rocío cubría las armas que habían dejado en la base del árbol.
Los inviernos omalianos no eran el escenario ideal para una prueba que dependía de la agudeza visual y auditiva.
Una niebla tenue nos envolvía. Finos rayos de sol asomaban por el cielo gris. Escuché atentamente por si oía algún movimiento y me pareció que el silencio era demasiado profundo para ser natural.
Examiné las armas. Las instrucciones de Arin eran claras.
Dos armas que pudiera guardarme en la ropa y una para llevar encima.
Elegí una daga curva con su vaina y me la escondí entre los pechos.
Me había envuelto los senos y las costillas con una tela apretada precisamente para esto.
El pobre Wes se puso colorado durante el entrenamiento cuando me negué a guardarme la daga en la cintura y me la metí en la túnica.
Me introduje un segundo cuchillo más corto en la bota.
Me mordí el labio inferior dudando entre el hacha y la lanza. Había practicado de manera casi exclusiva con la lanza. Su peso me resultaría familiar, y era el arma predilecta de Arin.
Pasé la uña por la hoja afilada del hacha. Demasiada comodidad en la batalla también era un peligro.
Un grito desgarrador sonó sobre mí. Me lancé al suelo y me acurruqué bajo el árbol más cercano.
A través del manto de ramas esqueléticas observé con asombro cómo Al Anqa’a era liberada sobre Dar al Mansi.
Desplegó unas alas del tamaño de carruajes.
La escasa luz se reflejaba en sus plumas de cristal, que se difuminaban con los colores del crepúsculo, un degradado de impresionantes tonos naranjas y rosas se fundía en sus alas y terminaba con unas plumas de puntas grises.
Curvó unas garras largas como un hombre y más afiladas que una espada.