Capítulo veintiocho #2
Mi curiosidad eligió ese inoportuno momento para hallar satisfacción. Giré los cojines de las sillas de Vaida y rebusqué entre los huecos del diván.
—¿Hubo un tiempo en el que Marek quisiera algo más que amistad contigo?
Sefa frunció los labios antes de buscar por debajo de las almohadas apiladas sobre la cama de Vaida.
—Sí, y ese tiempo pasó. Lo he animado a conocer a alguien en Mahair, a construir una vida con una compañera que agradezca su pasión y devoción. —Se agachó bajo la cama y yo fui a comprobar el baño. Cuando salimos, continuó—: Se niega.
—Te seguirá allá donde vayas. Tener una relación con otra persona haría tambalear su compromiso contigo —señalé.
Sefa dejó escapar un suspiro mientras abría las puertas del segundo armario, adyacente a la cama. Había una docena de vestidos de color marfil colgados en su interior.
—Llevamos demasiado tiempo dependiendo el uno del otro.
Él cree que permitirse amar a alguien rompería su afecto por mí.
Yo no sé cómo demostrarle que no me debe la vida.
—Sefa admiró el dobladillo de un delicado vestido de seda.
Me miró mientras abría una almohada y metía el brazo dentro—. ¿Estas cuestiones son nuevas para ti?
Le di la vuelta a otro cojín y lo coloqué de nuevo en el asiento.
—Antes no me correspondía preguntar.
—¿Y ahora sí? —inquirió Sefa con una sonrisa. Revisó los artículos del tocador de Vaida y derribó tanto perfumes como polvos—. Por si te sirve de algo, siempre te ha correspondido preguntar.
Dejé de abrir las almohadas de Vaida. Sefa siempre hacía eso. Me ofrecía su corazón como si nada. Pensaba que la facilidad con la que lo entregaba era un defecto, pero Sefa… era tacaña con las confesiones. Simplemente había elegido confiar en mí en particular una y otra vez.
—¿Sylvia? ¿Qué pasa? —Sefa se apartó de la mesa y se dejó caer en el diván a mi lado.
Essiya, me advirtió Hanim.
Tragué saliva con la garganta seca.
—Tenías razón.
—¿Sobre qué? —preguntó con el ceño fruncido. Observó mi mirada abatida. Cuando lo comprendió, se quedó boquiabierta—. Ay, Sylvia, no.
Las palabras salieron con la fuerza de la sangre que brota de una arteria cercenada.
—El heredero… me enfurece, Sefa. Nunca había conocido a un hombre tan paranoico y jamás podré adivinar qué horrores alberga su mente.
¿Sabías que come con la mano derecha si está de buen humor y con la izquierda cuando no?
¿Por qué me acuerdo de algo así? Y si me toca, no…
no… —Metí la daga en la almohada y rasgué en diagonal la superficie aterciopelada.
No soportaba mirar a Sefa—. Es el comandante de Nizahl.
Debería arder de odio cada segundo que paso en su presencia.
—No me hables de lo que deberías sentir —dijo Sefa. Sus ojos marrones se clavaron en los míos sin juzgarme en absoluto—. Dime lo que sientes de verdad.
¿Cómo podía explicarle que no tenía palabras?
Las palabras… eran el último de mis problemas.
Estaban mis ojos, que se sentían atraídos hacia él en cuanto entraba en la habitación.
Estaba mi corazón, que latía al doble de velocidad cuando él se hallaba cerca.
Pero lo peor de todo era que no podía admitir ante Sefa que el heredero de Nizahl me hacía sentir yo misma…
y yo misma no era alguien a quien podía permitirme el lujo de conocer.
La voz de Vaida resonó desde fuera.
—¡Ya viene! —exclamó Sefa entrando en pánico.
—Al armario rojo. ¡Ya! —La empujé desde el diván y esperé a que cerrara las puertas para saltar por encima de la cama. Cerré el armario blanco y me sumí en la oscuridad justo cuando se oyó ruido en la puerta.
—Este reino miserable puede resultar insuficiente en todos los demás aspectos, pero los festivales omalianos… —Hipó—. No se quedan nada cortos.
Por su andar inestable, la sultana no se había cortado con los vinos de Omal. Una segunda silueta dio un paso al frente y reconocí el contorno de sus anchos hombros antes de que hablara.
—Ten cuidado —dijo Arin.
Vaida tropezó con una silla y se estrelló contra el heredero. Se sujetó en su pecho y pareció desconcertada al ver que le agarraba las muñecas con el guante y las apartaba. Vaida frunció el ceño.
—¿Esto es por lo de ayer? Fue un malentendido. ¿No me crees? —Se puso de puntillas. Entorné los ojos y aguanté el equilibrio como pude contra las puertas del armario.
—¿Nunca te has preguntado cómo seríamos juntos, Arin? —murmuró—. ¿Jamás haces nada por el puro placer de hacerlo? Seguro que sí. No existe un control tan perfecto.
Solo podía ver el perfil de Arin, y capté un destello de sus rasgos implacables. Permaneció impasible ante la mujer más hermosa de todos los reinos, descendiente de la mismísima Baira.
—Mi control dista mucho de ser perfecto —repuso—. Pero es bastante mejor que el tuyo.
En un único movimiento, Arin presionó los dedos en un punto del cuello de la sultana y le giró la cabeza a un lado.
Vaida puso los ojos en blanco. Me cubrí la boca con ambas manos mientras él sostenía el cuerpo inerte de la sultana y lo dejaba sobre la cama.
Volví a respirar cuando vi que el pecho de Vaida se movía. Solo la había dormido.
Arin se acercó a la mesilla de noche de Vaida. Pasó la mano por detrás y se detuvo a mitad de camino. Quedaba casi fuera de mi vista, pero lo vi enderezarse y sacarse una cajita del bolsillo.
Ha conseguido en un minuto lo que tú y tu inútil compañera no habéis logrado en veinte, dijo Hanim.
Había encontrado el sello. ¿Qué iba a hacer con él?
Le hablé de él de pasada el día que le describí la oferta de Vaida. No debería sorprenderme que incluso un breve comentario sirviera como catalizador del siguiente plan de Arin.
Se guardó la cajita en el bolsillo de nuevo y devolvió el sello a la parte trasera de la cómoda. Arin se detuvo de camino a la puerta e inclinó la barbilla.
¡Te está oyendo, idiota!, me regañó Hanim.
Me cubrí la nariz y la boca con un vestido de Vaida. Arin recorrió el armario con la mirada, manteniéndola allí durante un breve instante que hizo que me invadiera el pánico. Exhalé cuando se dio la vuelta y abrió las puertas de la habitación.
—La sultana se ha caído al quitarse los zapatos y se ha golpeado la cabeza —dijo.
—¡Ay, no! ¿Debería ir a buscar al médico del palacio? —preguntó la guardia.
—Solo le dolerá un poco la cabeza y tendrá algo distorsionados los recuerdos de la velada —respondió Arin—. Te recomendaría que fueras a por hielo. De inmediato.
—Por supuesto —aceptó la guardia. La puerta se cerró tras ellos. Conté hasta diez antes de abrir el armario. Sefa me siguió al instante apartando los vestidos a un lado.
—¿Has visto lo que le ha hecho al sello?
—Lo ha presionado contra una especie de material de modelaje —respondió—. ¿Cómo sabía dónde lo había escondido Vaida? —Tiró de la mesa hacia delante. Miré a Vaida y comprobé que dormía profundamente.
—Se conocen desde pequeños. —Gruñí mientras me agachaba detrás de la cómoda—. Parece que Vaida es una mujer de costumbres.
El anillo colgaba de un clavo en la parte trasera del tocador. Lo alcé, victoriosa…, pero lo dejé caer porque un calor abrasador me quemó los dedos.
—¿Qué pasa? —Sefa se dispuso a recoger el anillo, pero en cuanto su mano entró en contacto con el metal, la retiró con un chillido—. Está protegido contra nosotras.
—¿Cómo ha podido él presionarlo contra el molde?
Sefa intentó cogerlo con el bajo de su vestido, pero la tela se ennegreció y se chamuscó.
—¿Quizás sus guantes le proporcionaban algún tipo de protección?
Apreté los dientes sintiendo el irrefrenable impulso de estrangularlo.
—O ha hecho exactamente lo mismo que con la gaiba. La magia pasó a través de él como un colador y debió de suponer que toleraría la agonía el tiempo suficiente para presionarlo contra el molde y devolverlo.
—Es una buena suposición. —Sefa frunció el ceño al ver el anillo sobre la alfombra.
—No es una suposición —gruñí—, sino una teoría. Él no es el único que puede tenerlas.
El poder de la muñeca se había roto al tocar mis grilletes. Si creía en las palabras de Soraya y estos resistían los hechizos de rastreo más poderosos, era posible que anularan la magia del sello el tiempo suficiente para llevarlo a nuestra ala.
—Date prisa, la guardia no se quedará mucho tiempo más en las cocinas —digo Sefa.
Lograr que el anillo se mantuviera en equilibrio sobre mis muñecas sin tocarlo resultó hazaña más complicada de lo que me esperaba.
A juzgar por el ceño fruncido de Sefa, pensaba que había perdido la razón.
Ella solo podía ver que el anillo descansaba en la parte interior de mis muñecas y no tenía explicación de por qué no me chamuscaba la piel.
Con la mano hacia arriba y los dedos apuntando al suelo, lo equilibré como pude sobre el grillete derecho.
—Bien, bien —suspiró Sefa—. Yo iré delante y despejaré el camino hasta nuestra ala.
Probablemente, Marek esté esperando al doblar la esquina.
—Comprobó una vez más que el anillo no me hubiera quemado la piel para tranquilizarse y salió por la puerta dejándola entreabierta para que yo pudiera abrirla de una patada.
Di un paso hacia la puerta y luego otro. El anillo se tambaleó. Intenté mantener la muñeca lo más plana posible. Casi había llegado a la salida cuando oí la voz.
—Te aconsejo que no des ni un paso más —dijo.
Estuve a punto de dejar caer el anillo. Darme la vuelta sin que se me resbalara por la muñeca me llevó unos segundos agonizantes.
La sultana se incorporó y me miró fijamente con dos orbes blancos en lugar de ojos. No me cabía la menor duda de que esa cosa erguida y sonriente que había sobre la cama no era la sultana.
—¿Eres… Baira? —pregunté con la voz ahogada.
La cosa rio y echó la cabeza de Vaida hacia atrás.
—Ay, querida, no. Pero fue ella quien me fusionó con su sello, y me temo que debo insistir en que se lo devuelvas a su legítima heredera.
No había pasado por todo eso solo para que un gul sin forma me frustrara los planes. Sin apartar la mirada de la criatura, retrocedí arrastrando los pies.
Entre una respiración y la siguiente, la cosa que vestía el cuerpo de Vaida se materializó delante de mí. El anillo se tambaleó sobre mis muñecas y cayó en algún lugar entre nuestros cuerpos. Estaba demasiado cerca, compartíamos el aire. Le brillaban los ojos lechosos.
—Ya casi está —canturreó—. Lo intentaron una y otra vez, pero tus decisiones nunca cambiaron. ¿Quién iba a saber que esta vez tendría éxito?
Su curiosidad infantil se desvaneció y me encogí ante la despiadada amenaza que se reflejó en el rostro manipulado de Vaida.
Los opulentos aposentos omalianos desaparecieron a nuestro alrededor y la voz de la criatura resonó en una caverna oscura y voraz.
Una magia antigua me oprimía los costados y se me clavaba en la piel.
Con la certeza de los condenados al hacha del verdugo, supe que no era una magia que los simples mortales estuvieran destinados a presenciar.
Era el primer canto del primer pájaro que fue empujado del nido extendiendo las alas con cautela para volar.
El primer trueno que asoló un cielo inquieto.
Las aguas que se movían bajo los awalín que descansaban en sus tronos debajo del Sirauk, vivos gracias a su magia y atrapados por culpa de ella.
Yo era un mosquito revoloteando hacia la superficie del sol, ardiendo por el simple hecho de volar.
—El sello de Baira es solo para sus sultanas. No vuelvas a quebrantar su mandamiento.
La cosa regresó remilgadamente a su anterior posición y, con una última sonrisa para mí, puso los ojos en blanco. Vaida se desplomó en la misma postura en que se encontraba antes de incorporarse.
Se oyeron pasos en la puerta y oí la voz de Marek intentando engatusar a la guardia. Desconcertada, le di una patada al anillo para esconderlo bajo la cómoda y recé por que Vaida pensara que lo había tirado del clavo durante su ebrio estupor.
Salí. Marek sostenía el rostro de la guardia en sus manos y le tapó la visión periférica mientras yo me escabullía por el pasillo.
—¿Dónde está? —preguntó Sefa cuando doblé la esquina—. ¿Ha empezado a quemarte?
Me masajeé los grilletes, sacudida por el eco de poder que esperaba para devorarme en el vacío cavernoso.
—Sí, así ha sido.