La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

Capítulo veintiocho

L a noche anterior a la segunda prueba me escabullí del festival que se celebraba en la ciudad palaciega con Sefa y Marek pisándome los talones.

La realeza tenía su propia sección para el festival, rodeados de guardias en el terreno y vigilados por más guardias en los tejados.

Me mantuve a cierta distancia del supremo Rawain y Vaun, quienes observaban la bulliciosa celebración con el mismo desagrado.

Los mercaderes que habían instalado puestos alrededor de la enorme plataforma de madera habían pintado lo que vendían en el frontal de sus tenderetes.

Ningún miembro de la realeza comió, por supuesto, pero vi a Mehti lanzándole una bolsa de monedas a un mercader tras un tenderete con un pollo dibujado.

En la plataforma elevada tenían lugar combates, como sucedió en Mahair, intercalados con actuaciones de danza y teatro.

Recrearon la conversación que mantuvieron los awalín alrededor de la mesa de roble mientras nuestros ancestros debatían si debían enterrarse con Rovial.

Representaron la batalla final entre los hermanos, su caída desde el Sirauk hasta las tumbas que los esperaban abajo.

Kapastra destacaba como la heroína, la más valiente en el plan de las hermanas.

Como el festival se celebraba por todo el pueblo, la música iba cambiando a medida que uno se alejaba.

Ya había escuchado los tonos dulces de una cítara y una rápida canción de cuna omaliana tocada con un laúd.

Había visto a hombres agitando palos mientras danzaban al ritmo de un tambor tubluh.

Los mercaderes omalianos que habían acudido desde las ciudades centrales habían quedado relegados a las afueras del festival.

Tomé un sorbo de mi jugo de azúcar de caña esquivando la falda arcoíris de un hombre que giraba bailando la tanura.

Un anciano mercader me saludó desde el suelo con las piernas encogidas bajo su delgada silueta.

Tenía la mercancía colocada sobre una manta y los brillantes colores me llamaron la atención.

—¿Llevas dinero? —le pregunté a Wes.

Cuando asintió, me arrodillé para inspeccionar los artículos más de cerca.

Había pulseras de cuentas y tobilleras tejidas mezcladas con anillos de todos los tamaños y formas.

En una esquina de la manta, polvorienta porque era la parte que arrastraba por el suelo, un collar de cuerda trenzada me cautivó.

Teñida de un negro irregular, la fina cuerda sostenía un colgante.

Le di la vuelta y vi el interior de medio higo.

Las semillas eran diminutas cuentas doradas conectadas por venas bordadas de color violeta y rosa.

El exterior del higo era púrpura con un delineado dorado.

Pasé el pulgar por la parte frontal afelpada.

—¿Cuánto cuesta?

Le di el doble de lo que pedía. No iba a ser tacaña con el dinero de Ni­zahl, y Arin compensaría a Wes. Me metí el colgante en el bolsillo.

—Tienes un gusto horrible —comentó Jeru.

La calle se curvaba de repente hacia abajo, haciendo que los guijarros rodaran a los lados.

El corazón me latió con fuerza cuando distinguí a una mujer de cabello negro rizado desapareciendo entre la multitud.

Mirara donde mirase, veía destellos de Soraya por toda la exuberante ciudad.

Tanto los Orabi como los Muf­sidíes podían estar presentes en el festival.

Me rodeaban como depredadores alrededor de un cervatillo herido, esperando para estar más cerca cuando me cedieran las piernas.

Me esforcé por calmar los nervios centrándome en la tarea que tenía entre manos.

Regresamos al escenario principal y la multitud de juerguistas.

Las bailarinas que subían al tablado vestían trajes de gasa que intentaban asemejarse a las rochelyas.

Una tira de tela les rodeaba los pechos y las caderas, representando el largo cuello de la criatura.

Una falda corta se ensanchaba a la altura de su cintura.

Llevaban el pelo recogido para mostrar los dientes de la rochelya, sujetos tras sus nucas para completar el sensual atuendo.

Desnudas excepto por las partes que cubrían las rochelyas, la aparición de las bailarinas distrajo por igual a la realeza y a los guardias.

Sefa, Marek y yo nos marchamos cuando empezaron con su sinuosa danza del vientre. Los guardias omalianos del palacio me reconocieron y nos permitieron entrar libremente. Tenía la sensación de que, si hubiéramos intentado lo mismo en Orban, los jawaya habrían frustrado nuestros planes.

—¿Sabéis dónde está el dormitorio de Vaida? —le pregunté a Marek.

Los sirvientes subían y bajaban por las escaleras preparando las habitaciones para los miembros de la realeza y nobles ebrios que llegarían hasta ellas dando tumbos.

—Tercera planta, ala este. Reconoceré su puerta por la guardia que haya ante ella.

Marek y Sefa habían amanecido con dolor de cabeza por la mañana, pero no se encontraban mal. Se negaron a hablar de lo que les había mostrado la gaiba y disfrutaron de mi descripción del contraataque de Arin en la cena.

Mientras yo malgastaba el día paseando por los jardines con los demás campeones y acicalándome para el festival, ellos se habían estado preparando para lo de esa noche.

Hasta el momento, el plan se había desarrollado con un sorprendente éxito.

Sefa le había preguntado a un guardia omaliano dónde podía dejar el vestido de la sultana para la noche y él le había indicado la dirección adecuada.

Marek se encargaría de distraer a la única guardia que estaba vigilando mientras Sefa y yo registrábamos la habitación de Vaida.

En cuanto a qué hacer con el anillo después de robarlo, Sefa me había ofrecido una solución sorprendente.

Al parecer, Marek y ella no habían perdido el tiempo en Orban esperando mientras yo completaba la primera prueba.

Habían regresado de su viaje a las aldeas de Orban con un hechizo garabateado por un pequeño boticario.

El hechizo estaba marcado con tres rayas y Sefa me había explicado que representaban la cantidad de magia que emplearía un jasadí al usarlo.

Yo le había preguntado: «¿Tres sobre qué?

», y había recibido un silencio atónito como respuesta.

Cuando robáramos el sello y lo usáramos como trueque para conseguir protección, el hechizo debía, en teoría, impedir que Vaida incumpliera su promesa. No se enteraría de que se lo habíamos lanzado a menos que intentara hacernos daño, en cuyo caso perdería el hilo del pensamiento.

Los sirvientes no nos prestaron demasiada atención conforme nos acercábamos, y solo quedaban unos pocos guardias en el ala de Vaida observando con envidia lo que sucedía al otro lado de la ventana del final del pasillo.

Al llegar al pasillo en el que se encontraba la habitación de la sultana, Sefa y yo nos escondimos en la esquina.

Había una guardia lukubí apoyada en la puerta de Vaida, ajustándose los cordones del chaleco con aire distraído.

Marek se alborotó el pelo, se desató los cordones superiores de la túnica y pasó pavoneándose junto a nosotras.

El rostro de la mujer se iluminó al ver a Marek.

Lo reconoció del Palacio de Marfil. Él le mostró una sonrisa traviesa y le pasó un brazo por detrás de la cabeza para murmurarle algo al oído.

Ella soltó una carcajada. Al ver a Marek usar el atractivo que le resultaba tan natural, no pude evitar sentir envidia.

Mi personalidad no se prestaba a aventuras románticas, por fugaces que fueran.

O eso creía. Los acontecimientos recientes parecían indicar lo contrario.

Pero mientras Marek podía estar desangrándose por seis puñaladas y, aun así, tener energía para encandilar al ser vivo más cercano, yo había estado a punto de romperme el tobillo intentando evitar a Arin esa mañana.

No entendía las reacciones que estaba experimentando, así que hice lo que mejor se me daba en momentos de tormento interior: ignorarlo todo.

Un gritito de alegría me trajo de vuelta. La guardia le daba palmaditas en el pecho a Marek con la mano libre mientras él le besaba los dedos uno a uno. Por el suspiro exasperado de Sefa, comprendí que no se trataba de su primer encuentro con el encanto armamentístico de Marek.

La guardia enganchó los dedos en la cintura de Marek y tiró de sus caderas para acercarlas a las suyas.

Él le capturó los labios en un beso subido de tono.

Usó sus amplias manos para levantarla contra la pared y ella le envolvió la cintura con las piernas, despeinándole el cabello dorado y mordisqueándole la oreja.

Marek la agarró por los gruesos muslos y la cargó hacia atrás mientras guiñaba un ojo en nuestra dirección y abría una puerta aleatoria de una patada para meterse dentro.

Me enderecé y seguí a Sefa a la puerta abandonada de Vaida.

—¿Deberíamos… interferir?

Sefa cerró la puerta detrás de nosotras.

—Seducir a mujeres hermosas no es un gran sacrificio para Marek. Deja que se diviertan.

Los aposentos de Vaida eran el doble de grandes que los míos y reprimí un gemido. Había incontables lugares en los que podría esconder un anillo. La brisa que entraba por la ventana abierta transportaba la suave melodía de la música del festival.

—Yo me ocupo del lado derecho y tú del izquierdo. —Abrí el cajón del tocador y apareció una montaña de ropa interior roja—. ¿Marek hacía esto a menudo cuando ibais de un pueblo a otro?

Sefa rebuscó en la mesilla de noche de Vaida abriendo cada uno de los cajones.

—Constantemente. Parecía que no podía evitar llamar la atención dondequiera que fuéramos.

—¿Te molesta? —Abrí las puertas del armario en busca de algún joyero secreto.

—¿Por qué iba a molestarme? —Sefa se movió al lado opuesto de la mesilla de noche—. Que a mí no me interesen esos temas no implica que espere lo mismo de Marek.